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¿Por qué le llaman concordia cuando quieren decir silencio y olvido?

Antonio Somoza

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Días pasados, en el marco de un homenaje municipal a Francisco Espinosa Jiménez, primer presidente de la Asociación contra el Silencio y el Olvido de Málaga, el alcalde de la ciudad no perdió la ocasión de reivindicar la concordia como referente a salvaguardar en el antiguo cementerio de San Rafael.

En función del discurso que lanzó, parece que en la mente del alcalde va tomando cuerpo la idea de que el Centro de Interpretación,que se está construyendo a escasos metros de donde se ubicaban las fosas también se dedique a homenajear la “concordia”. Es conveniente recordar que de esa fosas se exhumaron los restos de 2.840 republicanos asesinados durante la guerra y la postguerra. Según los documentos oficiales, los fusilados en aquel lugar entre febrero de 1937 y marzo de 1948 fueron casi 4.500 –once años de crímenes impunes dan para mucho-, pero “sólo” se recuperaron esos 2.840 que hoy en día reposan bajo la pirámide levantada en el lugar

Yo fui miembro fundacional de la Asociación y permanecí como socio hasta que concluyó la exhumación de restos. Hace, cosa de dos años, ya jubilado, volví a asociarme porque pienso que en estos momentos de vuelta de la extrema derecha estamos más obligados que nunca con quienes fueron asesinados y silenciados y contra quienes añoran el fascismo, aunque se disfrace con palabras tan sugerentes como “concordia”.

Para los que no sean de Málaga es preciso recordar que la exhumación de las fosas del cementerio de San Rafael se acometió con un acuerdo entre el gobierno central, la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de la ciudad. Las dos primeras administraciones estaban dirigidas en aquel momento por gobiernos del PSOE, pero en la capital gobernaba el PP con Francisco de la Torre como alcalde. Hace 20 años dio un apoyo leal y sin condiciones al proceso de exhumación de las víctimas del franquismo, algo muy raro en aquellos momentos, incluso en ayuntamientos gobernados por la izquierda. También aceptaba que el parque que se iba a levantar en los terrenos del antiguo cementerio se dedicara a “La memoria” y que el centro de interpretación explicara las fosas y la mayor exhumación de España hasta la fecha.

Francisco de la Torre sabe bien que no tenemos ni rencor ni espíritu de venganza; sirva como muestra la frase de Melchor Rodríguez que elegimos para coronar la pirámide con los nombres de todos los abandonados en las fosas comunes: “Se puede morir por la ideas, pero nunca matar por ellas”

Hace unos años el alcalde de Málaga comenzó a hablar de “concordia”. Creo que fue uno de los pioneros en utilizar este término que posteriormente fue utilizado por su partido y por VOX para nombrar unas leyes que se oponían a las leyes de Memoria Democrática. En paralelo, Francisco de la Torre fue incrementando su alusiones a ese término y comenzó a acusar a los que no recibimos con algarabía su “concordia” de actuar con rencor. Él sabe bien que no tenemos ni rencor ni espíritu de venganza; sirva como muestra la frase de Melchor Rodríguez que elegimos para coronar la pirámide con los nombres de todos los abandonados en las fosas comunes: “Se puede morir por la ideas, pero nunca matar por ellas”.

Se refirió el señor alcalde, en varios momentos de sus dos intervenciones, a la necesidad de incluir a todos los muertos de la guerra en el memorial de San Rafael, como si los asesinados en la etapa republicana no hubieran tenido nunca un reconocimiento y eso es falso. Como bien sabe el alcalde -se refirió a ello de pasada- los vencedores de la guerra tuvieron sus homenajes y sus memoriales antes incluso de que acabara la guerra, en pleno centro de la ciudad, en la catedral. Allí quedaron inscritos sus nombres sin que nadie reclamara nunca que se ampliara la lista con los olvidados. Nadie, reclamó concordia, ni el propio Francisco de la Torre que fue presidente de la Diputación en el Tardofranquismo. Nadie.

También tuvieron los “caídos por Dios y por España” su propio relato de la historia, elaborado al dictado de la “Causa General”, y difundido durante décadas entre todos los españoles ocultando y tergiversando lo que había supuesto la República, en la Historia de España.

Los familiares de los represaliados en la zona republicana fueron recompensados con dinero, con propiedades y con puestos de trabajo lo que les permitió capear de las hambrunas de la posguerra, especialmente las de los años 1941 y 1946, mientras se seguía asesinando a republicanos y sus familias se morían de hambre, porque se les negaba la posibilidad de trabajar por ser “familia de rojos”.

Cuando los seguidores de la dictadura rendían homenaje a su caídos, nadie, absolutamente nadie, les recordó que había que desechar el rencor

Cuando los seguidores de la dictadura rendían homenaje a su caídos, nadie, absolutamente nadie, les recordó que había que desechar el rencor, es más continuaron asesinando a miles de compatriotas sometidos a unos juicios farsa que arrastraron por el barro la dignidad de la Justicia de este país. Nunca se les alertó, ni se les alerta, sobre los peligros del rencor. Sólo a los familiares de los olvidados, de los que nunca tuvieron reparación se nos exige una templanza y una piedad que jamás se les sugirió a los que llenaron el país de sepulturas.

En cuanto a la concordia, tampoco estoy de acuerdo con la utilización que hacen del término las derechas españolas. La palabra proviene del latín con-cordis, que se traduce literalmente como “unión de corazones”. Para que se produzca una verdadera unión es preciso que los corazones se encuentren en un mismo nivel. Es imposible que latan al mismo ritmo cuando a uno está en un altar y el otro abandonado en una cuneta. La concordia no se alcanza por decreto. La concordia es un acto de voluntad que requiere una actitud activa de las personas en discordia. Pero antes de plantearse siquiera superar las heridas es imprescindible que todos conozcamos lo que realmente pasó. Luego llegará el momento de la concordia y de que cada uno decida si quiere concordar o simplemente exige respeto por su dolor.

Antes de plantearse una concordia habría que saber qué cuerpos fueron trasladados al valle de Cuelgamuros a espaldas de sus familias; cuántos malagueños fueron asesinados los primeros días de la entrada de los sublevados en los pueblos y en la capital sin juicio y sin levantar acta; cuántos fueron los asesinados en la carretera de Almería por el fuego de los buques de guerra o por las balas de los aviones italianos, alemanes y españoles que hostigaban a los civiles que huían; cuántos fueron capturados en Motril y qué destino sufrieron; cuántos fueron asesinados y enterrados en fosas como la del Carrizal en Órgiva o en otros pueblos de la Alpujarra. La mayor parte de estos datos nunca los conoceremos, bien porque no quedó rastro de ellos en ningún archivo, bien porque fueron convenientemente destruidos en el ocaso de la dictadura.

Pero hay muchas más cosas que habría que investigar y rescatar del olvido antes de cerrar las heridas y hacer posible esa concordia que pregonan las derechas. El propio Papa, en su visita a Madrid, ha hecho hincapié en el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias, una reivindicación que había sido enarbolada en muchas ocasiones por los obispos de este país. Y nadie parece acordarse de tantos y tantas niños y niñas españoles, hijos de republicanos, anarquistas, socialistas o comunistas que fueron educados en principios y valores contrarios a los de sus padres. Y se hizo en todo el país con la colaboración entusiasta de la Iglesia, la misma Iglesia que defiende hoy justo lo contrario de lo que realizó ayer y, por su puesto, sin pedir perdón ni mostrar arrepentimiento.

¿Se puede avanzar en la concordia sin antes recuperar el buen nombre y el buen hacer de tantos maestros y maestras que fueron asesinados, encarcelados o depurados por soñar con educar en libertad a sus alumnos?

¿Se puede avanzar en la concordia sin antes recuperar el buen nombre y el buen hacer de tantos maestros y maestras que fueron asesinados, encarcelados o depurados por soñar con educar en libertad a sus alumnos?

¿Se puede avanzar en la reconciliación al mismo tiempo que se oculta la labor que realizaron miles de presos republicanos internados en campos de trabajo esclavo, mientras que unos cuantos se enriquecían con su sufrimiento?

¿Se puede hablar de perdón, mientras desconocemos los trabajos de Vallejo Nágera con presas malagueñas y, sobre todo, los efectos que tuvieron esos trabajos en el asesinato de jóvenes y en el robo masivo de niños? ¿Y que decir de la labor miserable que desempeñó el patronato de la Mujer en las tareas de sometimiento de la población femenina a los esquemas machistas y patriarcales de los vencedores de la guerra?

¿Tenemos que olvidar el expolio y el pillaje que se legalizó al abrigo de leyes tan arbitrarias como la Ley de Responsabilidades Políticas?

¿Tienen que seguir renunciado todos los que se jugaron la libertad o la propia vida en la lucha contra la dictadura y por la democracia y que, aún hoy, siguen sin obtener amparo de una justicia que parece más preocupada de ocultar sus vergüenzas corporativas que de amparar a la ciudadanía que sufrió represión por actos que jamás debieron ser considerados delitos?

Por mucho que se empeñe el alcalde, la palabra “concordia” es utilizada como señuelo para hacer digerible unas leyes totalmente indigestas. Las leyes de PP y VOX buscan el silencio y el olvido aunque lo disfracen de concordia. Uno de los primeros objetivos de las leyes que defienden PP y VOX es recuperar el relato de la guerra y del franquismo que realizó la dictadura; echar otra paletada de tierra o de cal sobre los asesinados que han sido abandonados en fosas comunes y ocultar definitivamente a sus asesinos. ¿Cree alguien realmente que se puede llamar concordia a las maniobras para impedir que haya una respuesta verdadera a todas las preguntas de los párrafos anteriores?  

Y no lo digo sólo yo. Lo dijeron el Relator Especial y el Grupo de Trabajo sobre desapariciones forzadas de la ONU en un informe publicado en 2024 en el que alertan de que las leyes de concordia “pueden acarrear límites al acceso a la verdad sobre el destino o paradero de las víctimas” y “pueden invisibilizar las graves violaciones de derechos humanos cometidos durante el régimen dictatorial franquista”.

No podemos callar, ni olvidar: “Contra el Silencio y el Olvido” fue el nombre que adoptó nuestra asociación. Más de 20 años después muchos mantenemos aquellos principios: ni odio, ni olvido, ni silencio. Pienso que la concordia, la verdadera concordia, esa que aproxima los corazones, sólo es posible por voluntad libre de víctimas una vez que se hayan aclarado los hechos y los crímenes, que la dictadura se afanó en enterrar y que las leyes que promueven ahora PP y VOX tratan de seguir ocultando. Se lo digo, SIN RENCOR, así en mayúsculas.

Antonio Somoza Barcenilla es periodista jubilado y autor del libro “Crónicas de la Barbarie”, algunas de las cuales ha publicado en elDiario.es Andalucía