El otoño del sistema
Los coletazos de un verano infernal se juntan estos días con los primeros efectos visibles del otoño. Las hojas caídas, los tonos cálidos y el adormilamiento de la clorofila del otoño astronómico parecen coincidir con los efectos de otro otoño, marcado también por ciclos, pero menos dados a la poesía: el otoño capitalista.
En 1902 un economista, sociólogo y profesor universitario alemán llamado Werner Sombart acuñó el término Spätkapitalismus, o lo que es lo mismo, capitalismo tardío. Con ese mismo nombre, 70 años más tarde, otro alemán, Ernest Mandel, publicó su propia interpretación sobre el estado del sistema económico en el que nos movemos, aunque añadió un matiz más para rebautizarlo como la tercera edad del capitalismo. Es curioso que sea precisamente la tercera edad la que ponga cara a la última sacudida del sistema.
El caso de Maricarmen ha sacado a flote los efectos de algunas de las características del capitalismo tardío que explicaba Mandel. Este hablaba de la industrialización de las esferas no industriales. Describía cómo el capitalismo mercantiliza sectores antes ajenos a la producción masiva: agricultura, servicios, el ocio o el consumo cultural… Y hoy también derechos básicos como la sanidad, la educación o la vivienda. Mandel escribió esto antes de que las hipotecas basura o los fondos buitre formaran parte de nuestro día a día.
Los efectos nocivos del capitalismo tardío son evidentes para muchos, pero no para todos. La lógica de mercado no se limita al terreno productivo, ha colonizado la vida cotidiana y las relaciones humanas. Por eso muchos, estos días, juzgan el desahucio de Maricarmen desde un prisma en el que no cabe la empatía. Porque cuando la rentabilidad se convierte en la lógica suprema, la ética no es más que un obstáculo para el enriquecimiento. Y quien defiende esos valores es un perdedor o un soñador insensato. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay desde su atalaya contable?
Pero el capitalismo tardío no perdona e incluso quienes viven embriagados por su lógica mercantilista sin gozar de grandes fortunas sufrirán sus efectos. No hace falta recurrir a teorías económicas, tan solo hace falta mirar a tu alrededor. Es Madrid la que se ha alzado contra la especulación porque allí hace tiempo que ya no hay quien viva. Pero la ola ya nos ha alcanzado a todos. ¿Cuánta gente a tu alrededor no encuentra un alquiler decente? ¿Cuántos con trabajo estable y buen sueldo no encuentran un piso al que poder optar? Ya hay inmobiliarias en Zaragoza vendiendo pisos por teléfono a empresas que llaman de Madrid y no han pisado la capital aragonesa. Ya hay vecinos teniendo que dejar las casas donde han vivido las dos últimas décadas porque las ha comprado un fondo.
A ratos parece que el otoño esté llegando también a nuestra democracia. ¿Cómo explicar si no la desfachatez de que desde algunas instituciones del Estado se tache de radicales y bárbaros a cientos de jóvenes acampados pacíficamente en una plaza defendiendo la idea revolucionaria de que se haga cumplir la Constitución?