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Construir un nido para salvar un paisaje: la lucha por recuperar la carraca europea en el Bajo Aragón

El serrín cae sobre la mesa mientras un destornillador aprieta el último tornillo. Es el paso final para que unas tablas de madera se conviertan en una pequeña caja, con una abertura circular en uno de sus laterales. No parece gran cosa. Sin embargo, quienes la construyen saben que, dentro de unos meses, puede convertirse en el hogar de una de las aves más bellas y amenazadas del Bajo Aragón: la carraca europea (Coracias garrulus).

Cada primavera, esta ave de plumaje azul eléctrico y unos 15 centímetros, recorre miles de kilómetros desde el África subsahariana hasta la península ibérica. Un camino que viene haciendo durante siglos, pero cuyo destino hacia el Bajo Aragón había comenzado a cambiar hace unos años.

El abandono de espacios como granjas o casas de campo tradicionales, y la pérdida de chopos o almendros viejos, han ido dejando a las carracas sin cavidades y huecos naturales donde poner sus huevos. Por ese motivo, la migración a esta zona de Aragón estaba dejando de tener sentido para la carraca.

Consciente de esta realidad que las cifras avalan, el ornitólogo Luis Bolonio ha puesto en marcha en Aragón el proyecto 'CasaCarraca', una iniciativa que se sufraga con recursos propios y que está implicando a vecinos, escolares, voluntarios y amantes de la naturaleza participando en la construcción de 36 casetas refugio de madera con un objetivo común: que la carraca encuentre un lugar donde criar cuando regrese al Bajo Aragón de su largo viaje desde África.

La implicación de quienes conocen el territorio

El proyecto ha iniciado la instalación de 36 cajas nido repartidas por distintos enclaves del Bajo Aragón Histórico, especialmente en zonas próximas a las Saladas de Alcañiz y otros espacios donde todavía persisten algunas parejas reproductoras de carraca. Cada ubicación es el resultado de un estudio llevado a cabo previamente para aumentar las posibilidades de éxito, y forma parte de un plan mucho más amplio que incluye censos, seguimiento de ejemplares y acciones de divulgación. Y es que, como asegura el ornitólogo: “La que tenemos en la comarca es una población en una situación muy frágil, muy vulnerable y que en poco tiempo se podría extinguir”.

La carraca tiene una particularidad que comparte con otras aves: no construye su propio nido, por lo que depende de los agujeros abiertos por los pájaros carpinteros o de las cavidades en edificios para cobijarse. Cuando desaparecen los árboles viejos o se rehabilitan las masadas sellando todos sus huecos, la especie pierde automáticamente sus lugares de reproducción.

Por eso las cajas nido se han convertido en una herramienta tan eficaz. Están fabricadas en madera y diseñadas específicamente para la especie, reproduciendo las condiciones que antes ofrecía el propio paisaje. Los primeros resultados ya invitan al optimismo: buena parte de las primeras cajas instaladas antes de la llegada de las aves fueron ocupadas durante la misma temporada de cría.

Un proyecto sin premio ni financiación que sale adelante con recursos propios

'CasaCarraca' no pretende limitarse a colocar refugios artificiales. La iniciativa va más allá y pasa por implicar a agricultores, ganaderos, cazadores, propietarios de fincas, centros educativos y asociaciones locales. Porque la filosofía del proyecto entiende que la conservación solo es posible si nace desde el medio rural, contando con quienes más lo conocen, lo mantienen y lo habitan.

Este proyecto también pone de manifiesto otra realidad habitual en el medio rural: muchas iniciativas nacen antes de contar con financiación. 'CasaCarraca' es un buen ejemplo de ello. La idea no logró acceder a las ayudas a las que optó a través de un vídeo que los niños y niñas del CRA Alifara grabaron para presentar el proyecto y conseguir así salvar de la extinción a esta especie, como ha sucedido en Guadalajara.

“Después de que los programas de desarrollo local no contestaran a nuestros mensajes, decidimos seguir adelante con la iniciativa, pagándola nosotros”, explica el ornitólogo. La falta de recursos públicos no frenó la puesta en marcha de algo que muchos ya habían integrado en su lista de “debe al pueblo”. Y eso es, precisamente, lo que ha sacado adelante 'CasaCarraca', que el entorno más próximo ha hecho suyo el proyecto.

A pesar de la precariedad en los recursos, hay “algo bonito” en esta historia. “La gente ha empezado a preguntar cómo colaborar, así que ahora estamos pensando cómo poner en marcha algún mecanismo, por ejemplo, de micromecenazgo”, que permita la viabilidad de 'CasaCarraca', añade Bolonio. También “hay empresas interesadas en financiar el proyecto, al menos parcialmente”, apunta, y la asociación ecologista aragonesa ANSAR va a donar 10 cajas nido para instalar el próximo año. Casi sin buscarlo, a esta iniciativa se le abre una ventana con vistas al futuro, en un lugar donde no la había buscado. Y mientras estos futuros apoyos llegan, hay uno que es ya una realidad tangible y vital.

Se trata del impulso de los escolares del CRA, que están participado en la construcción y decoración de varias cajas nido, y también en su instalación. Mientas construyen las casas prenden cómo vive la carraca, por qué necesita estos refugios y qué papel desempeñan los paisajes agrícolas tradicionales en la conservación de la biodiversidad. Al mismo tiempo que unos sujetan los tornillos y otros pintan los listones, también descubren que proteger la naturaleza puede empezar con un gesto tan sencillo como lo es el construir un pequeño nido. Una caja de madera que puede llegar a salvar de la extinción a un ave que forma parte del paisaje y de la tradición del Bajo Aragón y el Bajo Martín.

Símbolo de un problema mucho mayor

El descenso de la población de carraca es el “símbolo de un problema mucho mayor”, asegura el ornitólogo Luis Bolonio. Cuando desaparecen los árboles viejos, las construcciones del campo quedan vacías, los barbechos se reducen y los insectos escasean, no solo se pierde una especie, el paisaje rural se empobrece. Por ello, fabricar una caja nido es mucho más que un trabajo de carpintería. Es una forma de devolver al paisaje un hogar que atrae vida.

Lejos de ser un investigador de laboratorio, Bolonio conoce el mundo rural desde dentro. Fue ganadero de cabras en extensivo en el Alto Tajo antes de especializarse en conservación de la biodiversidad. Más tarde trabajó durante años en África Occidental desarrollando proyectos de cooperación vinculados al desarrollo rural y la convivencia entre las personas y la fauna salvaje. Hoy preside la asociación CEBIME (Conservación y Estudio de la Biodiversidad en Medios Esteparios) y participa en diferentes investigaciones sobre aves esteparias y conservación del territorio.

Su historia con la carraca comenzó hace más de dos décadas en Guadalajara. Allí comprobó que apenas sobrevivían unas pocas parejas reproductoras y decidió actuar. La solución parecía sencilla: construir cajas nido que sustituyeran los huecos naturales desaparecidos, pero detrás de aquella idea había mucho más que carpintería.

Había censos, seguimiento científico, colaboración con agricultores y propietarios de fincas, restauración del hábitat y un convencimiento que Bolonio repite siempre que habla del proyecto: conservar una especie significa conservar también el paisaje que la hace posible. Los resultados terminaron dando la razón al equipo porque donde apenas quedaban unas pocas parejas reproductoras, la población comenzó a recuperarse hasta convertirse en uno de los principales ejemplos de conservación de la carraca en España; salvando a esta especie de la extinción en esa zona.

A las puertas de la extinción en el Bajo Aragón

El primer censo provincial de carraca europea realizado por CasaCarraca en la comarca del Bajo Aragón en 2025 dibujó un escenario preocupante. El estudio localizó cuatro subpoblaciones distribuidas en 12.169 hectáreas y censó un total de 17 parejas reproductoras en toda la provincia de Teruel. De ellas, 11 se concentran entre el Bajo Aragón y el Bajo Martín, donde se encuentra el 65 % de la población turolense, mientras que las seis restantes viven en el entorno de la Laguna del Cañizar. Además, el trabajo permitió identificar por primera vez dos subpoblaciones desconocidas hasta ahora, en la Huerta de Gaén y en los Llanos del Regallo-Vañimala.

Los datos recogidos por el equipo de Bolonio muestran también la rapidez con la que la especie está retrocediendo en esta zona. En los últimos años han desaparecido al menos seis parejas reproductoras en el Bajo Aragón, lo que supone un declive del 35 %. En cinco de esos antiguos nidos hoy crían cernícalos vulgares, una señal de que las cavidades siguen siendo útiles, pero ya no reúnen las condiciones que necesita la carraca. A ello se suma otro problema de fondo: la desaparición sinuosa, pero sin freno hasta ahora, del pito real ibérico; el pájaro carpintero que excava los huecos naturales de los que depende la carraca para reproducirse.

A día de hoy, solo dos parejas de carraca siguen utilizando este tipo de cavidades naturales; el resto ocupa edificios rurales muy deteriorados o intenta criar en construcciones modernas con orificios inadecuados que no garantizan el éxito de la reproducción para estas aves.

Con este diagnóstico sobre la mesa, CasaCarraca ya ha diseñado una hoja de ruta para los próximos años. El plan contempla instalar 60 nuevos nidales para consolidar las tres subpoblaciones del Bajo Aragón y el Bajo Martín, ampliar el censo hacia la ribera zaragozana del Ebro, conectar las distintas poblaciones mediante nuevos puntos de reproducción, estudiar con emisores GPS los hábitos de alimentación de la carraca y analizar la situación del pito real ibérico, considerado una especie clave para la supervivencia del primero. Todo ello acompañado del mantenimiento de los nidos y de un seguimiento continuado de la población.

Un trabajo ingente que, hasta ahora, ha sido posible poner en marcha gracias al alumnado y el profesorado del CRA Alifara, y al resto de vecinas y agricultores que han apostado por salvar a un pájaro azul turquesa y anaranjado construyendo nidos con el fin de que éste siga eligiendo surcar el cielo de Teruel para ver nacer a sus crías.

Un trabajo manual con madera, tornillos y alambre que va más allá de fabricar un nido. Lo que los vecinos del Bajo Aragón están intentando es demostrar que con colaboración y un buen guía, pueden llegar a conseguir que una parte de la memoria natural de la zona, vuelva a encontrar razones para regresar a su comarca cada primavera.