Terapia forestal
A diferencia de la mayoría de las formas de vida, los árboles gozan del don de la inmovilidad, o casi. Sólidos, firmes, duraderos, estables… parecen diseñados para la eternidad. Los árboles desconocen la fugacidad, la transitoriedad o la inquietud porque representan todo lo contrario: constancia, permanencia, fidelidad, quietud, invariabilidad… Por si las características anteriores no fueran suficientes, los árboles son, en el ámbito natural, lo más parecido que hay a un hogar al que regresar. Lugares que brindan seguridad, refugio, alimento y estabilidad a los animales, hongos, epífitas, líquenes y microorganismos que los frecuentan o parasitan. Esos rasgos no impiden ni dificultan su desarrollo, es más, contribuyen al mismo porque la mayoría de estas relaciones son consentidas y resultan beneficiosas para ambas partes. Los árboles son mucho más que ellos mismos, son edificios habitados, ecosistemas en miniatura, estructuras diseñadas para albergar huéspedes permanentes o de paso. Al igual que los arrecifes coralinos, fomentan, son fuente de vida y se comportan como auténticos pioneros porque constituyen la vanguardia de la colonización. Ellos son los primeros en llegar y los responsables de habilitar y preparar el terreno para la llegada de otras especies. También son los últimos en irse y los encargados de cerrar la puerta porque su longevidad puede extenderse a lo largo de varios miles de años, durante decenas de generaciones humanas, como sucede en los casos de Old Tjikko, un ejemplar de abeto rojo (Picea abies) ubicado en Suecia cuya edad estimada supera los 9.500 años, Gran Abuelo, un alerce (Fitzroya cupressoides) chileno de 5.400 o, el más famoso de todos, Matusalén, un Pinus longaeva que crece en las montañas de California que rebasa los 4.800.
Memoria del lugar y lugar de memoria, los árboles reflejan y desafían al espacio y al tiempo porque guardan memoria del uno y el otro, inmortalizándolos en sus anillos de crecimiento, y, al mismo tiempo, logran trascenderlos porque mientras sus raíces se entierran en el suelo, sus copas apuntan y se elevan más allá del cielo hasta alcanzar la dimensión en la que habitan los dioses y las leyendas.
Tal vez por esas u otras razones que ignoramos, algunos sistemas públicos de salud entre los que sobresale el nipón, pero que también incluye al finlandés y al coreano del sur, han comenzado a prescribir y recomendar a los usuarios de sus servicios una terapia que los japoneses han venido en llamar shinrin yoku, que traducido significa baño o inmersión (yoku)en el bosque (shinrin). La expresión fue acuñada en 1982 por un técnico de la Agencia Forestal de Japón llamado Akiyama Tomohide. Inicialmente, su iniciativa no buscaba promover la salud de la población nipona sino dar a conocer los bosques del interior del país, incrementar las visitas a los mismos y fomentar el contacto de la población urbana con la naturaleza. Sin embargo, las bondades fisiológicas y psicológicas detectadas en los practicantes de esta disciplina comenzaron a suscitar el interés y la atención de la comunidad científica. Desde entonces, el estudio académico de sus beneficios ha sido liderado por la Universidad de Chiba y alguno de sus titulares. El más destacado entre todos ellos Yoshifumi Mayazaki, autor de numerosos textos y de uno, al menos, traducido al español: Shinrin-Yoku: Baños curativos de bosque.
A día de hoy, los paseos, guiados por especialistas, que discurren por el interior del bosque y van acompañados de ejercicios aeróbicos y de respiración cuentan con una legión de seguidores, al menos, en Japón. Las cifras señalan la existencia de entre 2 y 5 millones de usuarios, más de 65 centros acreditados por la Shinrin Therapy Society y una cincuentena larga de senderos forestales dotados de puestos de supervisión y control.
Las investigaciones y chequeos llevados a cabo sobre el terreno por la Nippon Medical School de Tokio y otras instituciones oficiales han puesto de relieve que la práctica regular del shinrin-yoku incide favorablemente en algunos indicadores fisiológicos y biosanitarios. Su efecto se aprecia en el control de los niveles de cortisol y adinopectina, la regulación de la presión sanguínea y el ritmo cardiaco, la mejora del sistema inmunológico y de la actividad del sistema nervioso simpático o el aumento del flujo de hemoglobina a la corteza prefrontal. Por no hablar de la serenidad, bienestar o sosiego que esta experiencia inmersiva proporciona a las personas que padecen problemas de salud mental, virtudes que, por otra parte, eran de sobra conocidas por los monjes budistas y shintoistas que se retiraban a las montañas a meditar.
Nadie sabe a ciencia cierta a qué responde, cómo se desencadenan o cuáles son los mecanismos que explican los efectos positivos que acabamos de mencionar. Algunos investigadores los atribuyen a las sustancias aromáticas y volátiles (fitoncidas y terpenos) liberadas por los árboles y suelos forestales; otros, con su aptitud para regular el medio forestal y que éste se adapte a nuestras necesidades y otros, por último, con sus virtudes mediadoras y de acogida, su capacidad para devolvernos, aunque sea esporádicamente, a la naturaleza.
España también cuenta con interesados y especialistas en los baños de bosque. Las asociaciones más activas son la Asociación Baños de Bosque (https://xn--baosbosque-u9a.es/) y el Instituto del mismo nombre (https://www.xn--institutodebaosdebosque-4hc.com/) y el Forest Therapy Hub (https://foresttherapyhub.com/es/inicio/). Su función es hacer realidad la utopía soñada por Thoreau: sumergirse en el bosque para vivir deliberadamente.