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La verdad en el periodismo

Todos nos creemos en posesión de la verdad y consideramos que nuestros argumentos son los únicos y válidos frente a los del resto. Cada palabra, cada frase, cada pensamiento tiene ese objetivo. Quien actúa así, niega la propia verdad con el fin de construir otra, acorde con sus intereses, que en realidad es una gran mentira.

Hace unos días, el periodista Alfonso Armada dijo que los profesionales de su sector deberían estar el servicio de la verdad, describiendo los hechos tal y como suceden y sin posicionarse a favor o en contra de lo acaecido, así como no caer en la trampa de los planteamientos ideológicos, que siempre conducen a una distorsión clara de lo que sucede ante sus ojos. Este nivel de pureza es muy difícil de conseguir porque no existe ningún medio que sea objetivo al cien por cien, como tampoco ningún periodista que actúe así, cosa que igualmente no interesa porque la información es poder: quien la controle, hará lo propio con una parte de la sociedad.

Esa verdad informativa siempre nos ha sido esquiva. Es cierto que nos libera, pero muchas veces hace tanto daño que es mejor ignorarla o tratar de ocultarla a toda costa, de ahí que surja la tergiversación, la manipulación, la distorsión y otras formas de actuar sobre ella para lanzar un determinado mensaje a la población, en función de quién controle el canal de comunicación y de la situación sociopolítica del país. No digo que los periodistas sean unos embusteros compulsivos porque su profesión es fundamental y esencial para que podamos conocer muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor, a partir de las cuales tomamos decisiones, que cincelan nuestra personalidad y que nos conducen por un determinado camino. No obstante, sí reconozco que muchos se han arrodillado inexorablemente al medio que les da de comer, garantizando con cada párrafo que escriben que se cumplan las pautas de una dirección que establece jerárquicamente de lo que hay que informar y cómo hacerlo en cada momento.

Precisamente, esa circunstancia es la que determina que a esos periodistas no se les permita actuar con la libertad que en principio se les presupone y ellos acaban amoldándose a lo que deben o no expresar. Los medios de comunicación responden ante sus anunciantes, que sustentan buena parte del coste económico de la edición, pero sobre todo a la línea política e ideológica del grupo empresarial al que pertenecen. Esto ya determina que dichos profesionales cubran las noticias para darlas a conocer luego desde la perspectiva que las niegue o las acreciente, todo con el objetivo de afianzar su línea editorial. Por eso, la verdad se manipula, convirtiéndose en algo maniqueo.

Al final de la cadena estamos nosotros, los consumidores de esa información, que también necesitamos héroes y villanos, acordes con la ideología y la política que profesamos. Por eso, muchas veces infravaloramos la veracidad y la sinceridad como cualidades que determinan, a su vez, la honestidad y calidad de un periodista, que las pierde desde el mismo momento en que se somete a las directrices de un determinado medio.

Cuando ese profesional se entrega de esa manera, los hechos ya no se cuentan tal y como suceden, sino con pretensiones, lo cual conlleva que surjan esas distorsiones, que conducen a una especie de totalitarismo de la verdad. Decir esta última es tan difícil como encontrarla y compartirla.

Aun así, hay otros que anteponen esa ética y su dignidad por encima de todo, aunque eso conlleve su despido laboral porque no están dispuestos a redactar crónicas y reportajes que garanticen un incremento en la contaminación de la mentira informativa que respiramos a diario. Cuando eso sucede, se quedan solos en el camino, cargando con esa verdad sobre sus conciencias y cerrándoseles multitud de puertas, pero salvando el escollo que supone el lodazal del descrédito.

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Publicado el
29 de octubre de 2019 - 14:20 h

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