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Cosas que los hombres podemos aprender del fenómeno satisfayer

Hay muchísimas mentiras evidentes que mantenemos disfrazadas de verdades con sentencias tipo “es natural”, “de sentido común”, “lo normal”, “siempre fue así”... Esas coletillas con las que se tira de rango para cerrar debates cuando se acaban los argumentos. Estrategias discursivas que te encuentras tanto en grupos de adolescentes como entre profesionales altamente cualificados. Doy fe. Claro que, a veces ocurre, la realidad es más cabezota incluso que la ideología y le da por destapar patrañas. 

Se me antoja que algo así ocurre estos días con el famoso satisfayer, ese cacharrito con apariencia de rasurador de vello, de artilugio para masajes o complemento de videojuegos. Pero no, la cosa está diseñada, cuentan que con éxito, para facilitar el placer sexual de las personas con clítoris. Y de paso, que no es poco, contribuye a derribar algunos mitos del imaginario machirulo: Por un lado, miren por donde, las mujeres tienen deseo sexual y no es sinónimo de perversión. Su sexualidad no está dirigida al placer masculino, por más que el porno mainstream (hay otros) se limite a reproducir planos en los que practican felaciones o son penetradas por falos sin rostro. 

El eficaz facilitador orgásmico no tiene forma de pene. Ya ven, el placer sexual femenino no depende de genitales masculinos, totalmente prescindibles. Hasta resulta innecesario cualquier sucedáneo que lo reproduzca. Exactamente igual que con la penetración. Hay sexualidad más allá del coito. Habrá que investigar. 

De paso, el artilugio nos presenta al clítoris, el órgano más sensible de los cuerpos con vulva, con más de ocho mil terminaciones nerviosas placenteras y que no está en el interior de la vagina, no. Googlea y verás. 

Claro que al aparatejo le han salido detractores y detractoras. A los masculinos se les huele de lejos el miedo a sentirse desplazados, a perder protagonismo. Como si la masturbación fuera una práctica excluyente de la sexualidad compartida o solo cosa de hombres, creencia que parte de la misma raíz del mito que otorga a los varones la exclusividad del deseo sexual. 

De pequeños nos decían que los juguetes había que compartirlos. De grandes, lo mismo. Es igual de recomendable y gratificante. El uso de estos recursos en los encuentros sexuales abre interesantes ventanas al juego y la exploración mutua a las que vale la pena alongarse. 

Otras voces denuncian que se trata de un objeto de consumo. No en vano fue éxito de ventas en el pasado Black Friday, esa orgía consumista globalizada. Por supuesto que lo es aunque, se me ocurre, eso depende más del contexto económico en el que habitamos que de la mercancía en sí misma. En una economía centrada en las personas, en su bienestar y felicidad, se podría pensar que los recetara la sanidad pública de forma gratuita. Mucho me temo que aún no hemos llegado a eso. 

No faltan quienes subrayan que al uso de estos aparatos les falta la piel de otra persona. Obvio, ¿no?, como a cualquier masturbación que se precie. Respiren, que ni siquiera las más felices con el invento han propuesto que esto sustituya a nada ni a nadie. Algo que, por otra parte, no deja de ser una opción libre e individual. Allá cada cual. 

Hay quienes alertan de altos riesgos de adicción. En esto coincide con casi todo, con el tabaco, el alcohol, las drogas no legales, el deporte, los videojuegos, los móviles, la televisión, el trabajo... No por esto desarrollamos todos los vicios posibles. En ocasiones ninguno. La clave estará, apunto, en donde depositemos la responsabilidad de las adicciones, si en los objetos de deseo o en nuestra falta de habilidades para gestionar los anhelos, entre otras muchas variables. 

También alertan del supuesto peligro de los orgasmos rápidos y la frustración que podría generar no alcanzarlos en la sexualidad compartida. De eyaculaciones precoces sabemos los hombres un rato, ¿a que sí? Con el tiempo descubrimos que hay momentos para todo, que los ritmos los marca cada cual en cada ocasión, que la velocidad puede ser apetecible pero no la norma. 

Obviedades que el muy machista sentido común nos ha hecho olvidar y que en ocasiones es preciso airear para resetearnos. Recordar que cada cual, independientemente de su identidad de género y orientación, es libre de vivir su sexualidad y su cuerpo como, cuando y con quien le apetezca. Incluso en solitario. 

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