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Uno de los animales televisivos más cotizados de esta sociedad líquida, dominada por el consumo, es el hombre/mujer-orquesta. Tertulianos capaces de debatir sobre el IPC, la crisis arancelaria entre Estados Unidos y China o la no-foto de la Reina Sofía con sus nietas en la Catedral de Palma. Atletas de la palabra que pasan de un tema a otro con la misma agilidad con la que un niño cruza un riachuelo saltando de piedra en piedra. La misma volatilidad de los mercados volcada en la opinión. Como en cualquier oficio,  hay quien lo hace con fundamento y solvencia, y quien aprovecha la oportunidad para exhibir sus dotes de charlatanería y prestidigitación.

Trileros que empalabran la realidad a su modo, conveniencia e intereses  desde primera hora, justo al término de los telediarios matinales. Algunos de ellos vienen sosteniendo de forma tramposa que detrás del presunto no-máster de Cristina Cifuentes y de los supuestos chanchullos de la Universidad Rey Juan Carlos subyace la obsesión enfermiza por la titulitis. Yo sostengo que el problema es justo el contrario: el desprecio absoluto al conocimiento; a la educación como ascensor social y lanzadera a la igualdad de oportunidades; a la universidad como creadora de pensadores y pensamiento críticos; en definitiva, a la meritocracia frente al nepotismo.

Todo esto en un país tan clientelista como el nuestro, donde una cola interminable de frecuentadespachos, presumen de haber estudiado en la llamada Universidad de la Vida sin que el rubor les tiña las mejillas (que diría una novelista del XIX). Esa en la que puedes graduarte como consejero, director general u obtener cualquier otro puesto de confianza sin enseñar siquiera el título de EGB. Siempre me he preguntado cuántos de esos autodidactas vitales y vitalicios se dejarían extirpar un tumor por un cirujano que haya estudiado Medicina y aprobado el MIR en la Universidad de la Vida; cuántos viajarían de Canarias a Madrid con un piloto que haya hecho las prácticas de vuelo en ese centro de educación superior; o cuántos irían a juicio con un abogado que se haya empollado el callejero en lugar del Código Penal.

Decir que el problema de fondo es la titulitis no es simplemente un diagnóstico erróneo, es insultar la inteligencia ajena. Vivimos en un país –nos olvidamos fácilmente- que ha encabezado la fuga de cerebros durante la crisis y cuya economía ha expulsado del sistema a numerosos jóvenes sobrecualificados. Seis de cada 10 lo son, según Asempleo. Esos que se quedaron en España y que se vieron obligados a tunear sus currículos –no como han hecho algunos de nuestros políticos (me da igual las siglas)- sino para gozar de alguna oportunidad laboral. Lo hicieron eliminando títulos de grado, postgrado, doctorados o idiomas que se habían ganado a pulso. Nadie les había contado que, presuntamente, algunas universidades abrían periodos de rebajas con másteres a precios de saldo para clientes que quisieran engordar currículos anoréxicos.

El verdadero problema, en definitiva, es la caraduritis. El desprecio al conocimiento que adquirimos con esos títulos. La indiferencia hacia el talento y el mérito de una sociedad preocupantemente berlusconizada, que menosprecia a un investigador de base e idolatra al tronista, al superviviente o al granhermano. Una sociedad que detesta las Humanidades, sobre todo la Filosofía argumentando la falta de salidas profesionales. ¿De qué sirven Platón, Kant, Steiner o Lledó, braman los defensores de los MBA? Ahí va la respuesta: para empoderarnos; para ser críticos; para castigar la corrupción; para exigir una mejor sanidad y educación públicas; para entender el mundo;  para saber qué papeleta depositamos en la urna; y sobre todo para detectar a esos ilusionistas, vendedores de pompas de jabón con forma de opiniones sesudas, que intentan castigar a los que estudian; a los que atesoran títulos y conocimiento; a los que leen y aprenden idiomas o teatro del XX o hacen sus tesis doctorales sobre Descartes o Pope. Esos prestidigitadores saben que la educación y el conocimiento son una forma de resistencia. La utilidad de lo inútil, que diría el filósofo Nuccio Ordine. La única forma (es suya la frase) de hacer a la humanidad más humana.     

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