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Borrarse de la calle

De pronto un día se borra uno de la calle. Y no sabes por qué. Nadie lo sabe, pero lo cierto es que dejas de ser para los demás, dejas de existir a pesar de seguir siendo un ser vivo sólo que nadie te ve; nadie sabe de ti, y únicamente aciertan a decir frases inconexas, frases hechas como “hace tiempo que no la veo”, “hace siglos que no sé nada de ella”, “hace un tiempo que nadie la ve por la calle”. Y así mil frases más, como si la calle fuera un órgano de precisión que valorara la vida y la muerte de los demás; como si la calle fuera un registro de personas y de hechos computables. La calle como encuesta, la calle como determinación, la calle como modelo de perfección incluida la vida humana. Por eso, el día que alguien te borra de la calle (“hace mucho que no la veo, ¿sabes algo de ella?”) debes dar por cierto que estás muerta.

De la calle te puedes borrar tú o pueden borrarte los otros. Depende del deseo mezquino de los enemigos o de tu predisposición a desaparecer voluntariamente. Tengo amigos que se borraron un día y murieron años después en su casa encerrados y solos como querían. Como ratas, algunos; como ángeles solitarios otros, porque eso también depende de tu condición. Tengo amigos que la sociedad borró por su cuenta sin contar con ellos; simplemente un día les dio por decir a vecinas y comadres o a gente de mal querer que esa persona debía ser borrada por razones políticas o por razones y criterios personales, y así se hizo. Borrada y fuera. Ya nadie volvió a interesarse por ella, a seguir sus avatares, a comentar sus incidencias. En pocos días ni una huella. Porque así es la vida: te ven y te encomiendan a sus comentarios, a sus juegos, a sus costumbres; no te ven y creen que ya no eres, que has desaparecido de sus corrillos para siempre; que has pasado a mejor vida o andas aquejada de algo peor, alguna enfermedad innombrable de esas que exigen averiguaciones, interrogantes y la lectura urgente de partes médicos que resucitan el interés general o la condolencia excesiva; esa que hiere y molesta por igual y que obliga a mucha gente a guarecerse del sol y las miradas inquisitivas; las mismas que te obligan a responder si estás bien o mal, mejor o peor que ayer, si duele, si no duele, si tienes miedo a morir o no lo tienes.

Alguna vez te borran por decreto y te obligan a no pisarla por razones declaradas de bien común o porque se consideran contagiosas las salidas. El ciudadano se recoge en sí mismo y piensa que la orden obedece a una razón superior, aunque parezca inexplicable. Y, en ocasiones, se declaran estados de alarma o de emergencia, o de búsqueda y captura contra alguien o contra todos y las calles se convierten en una especie de animal peligroso donde uno puede encontrar enfermedades e, incluso, la muerte. Y una, que no tiene miedo a morir, ni al sol, ni a las preguntas de la muchacha que vende las flores en la pequeña plaza, sale a la calle, revolotea entre los vendedores del mercado, pregunta por el precio de las mandarinas y baja hasta el mar para que sepan todos que está viva, que no va a morirse ni hoy ni mañana; que la calle es suya y ella es de la calle, de las almas bondadosas que transitan por ella y de las cosas extraordinarias que encuentra en su camino; razones suficientes para saber que nadie puede borrarla de esas piedras ni ahora ni nunca. Ella sabe que no hay enfermedad por muy proclamada que sea que pueda borrar sus huellas ni las huellas de los otros que viven con ella y que se hacen extensivas a casi todo el planeta donde habitan las buenas gentes. Y que un día, no muy lejano, pasadas semanas y meses quizá, volverán las calles a recobrar la vida que un día tuvieron. Volverán los niños a correr por las plazas que jalonan la pequeña ciudad donde ella habita, y volverán a escucharse los sonidos de las pisadas y las voces que ahora parecen apagarse para siempre.

 Elsa López. 30 de abril 2020

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