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Ejercicios espirituales

Una de estas personas, un engendro suyo, resultó ser alguien que de niño había estado viviendo en La Palma, cuando sus años oscuros; callado, fue a comprar un revolver y le vació todo el cargador sobre los genitales, menos una bala, que dejó para sí mismo.

Estamos, otra vez, en el año sesenta y siete, en el año del bolígrafo verde, y unos meses después del episodio de la señorita en bikini y sentada en el asiento del columpio ¡Qué largo y cansino me resultó aquel año de mis desgracias, en el que toda España cantaba ¡Me lo dijo Pérez’!

Había la costumbre, una semana antes de la Semana Santa, de llevarnos, en manada, a todos los cursos del instituto a la iglesia, a hacer ejercicios espirituales. En ellos, nos enseñaban, aún más, a odiar a nuestros cuerpos, a seguirnos sintiendo pecadores, a cargar con la culpa, a incrementarla (como la deuda Griega), a tener miedo a la muerte, a las llamas del infierno, a temer a un Dios tremendamente justiciero, violento e irascible. Más de lo mismo ¡Qué deformación tan grande del Evangelio, que solo es un mensaje de amor incondicional! ¿En manos de qué personas ha estado el mensaje de Jesús?

A Dios solo se le encuentra en estados de inocencia, y la inocencia era lo que más nos machacaban, por activa y por pasiva. Estos seres, estos enseñantes, jugaban a la contra, jugaban a que nunca encontrásemos a Dios, jugaban a que nos hiciéramos ateos, o desertores.

Inocente me hallaba yo, aunque sonriendo (¿por qué la inocencia no puede sonreír?), en uno de los primeros bancos de la iglesia, cuando el cura, el del bolígrafo verde, el mismito, se dirige a mí, y me dice que suba al altar, y al llegar a él, explotó violentamente a cachetadas contra mi cara hasta cansarse, creo que aquel abuso duró como unos diez minutos; yo aguanté firme y sin llorar, aguanté como Mohamed Alí en el cuadrilátero, en Kinzaza, Zaire, ante George Foreman; cuando ya estaba harto, cansado de pegarme, me dijo que me fuese a la sacristía a esperarlo, que allí iba a continuar el trabajo. En ella no estuve ni un segundo, subí por unas escalerillas pendientes que daban a su casa, y desde allí, me fui a la calle, incrédulo de lo que me había ocurrido, a ver si podía coger aire. La terrible soledad que se siente cuando te ocurre una cosa como esta, y no tienes a dónde acudir, aunque mi madre nunca consintió que nos maltratasen, pero aún así, cómo se lo iba a decir, porque si te pegaba el cura, o si lo hacía el maestro (¡No sé qué derecho tenían!), por algo sería, en este caso mío, por estar sonriendo inocentemente. Y si se lo decía ¿qué iba a hacer? ¡Este cura era muy propenso a ataques, o a explosiones de cólera y violencia!

Cuando llegó a la sacristía y se dio cuenta de que no lo estaba esperando para él continuar con su trabajo, subió a su dormitorio, cogió el bolígrafo verde que tenía en la mesa de noche con una mano, y con la otra le empezó a dar cachetadas, como había hecho conmigo; cuando se cansaron sus manos, lo tiró al suelo, donde le empezó a dar patadas hasta que, extenuado, cayó en la cama.

En el combate al que me refería hace un momento, de Alí contra Foreman, Alí tenía enfrente un contrincante de mucha mayor envergadura que él, muchísima más. Alí, que su vida está llena de inteligencia, como el hecho de negarse a ir a la Guerra del Vietnam, sabía que la única manera de ganarle a Foreman era bailarle delante de él, para que corriera, le diese puñetazos y cansarlo. Alí aguantó una soberana paliza por parte de Foreman, esperando al último asalto. En este asalto, Alí sale fresquito a la pelea, ante un Foreman cansado. Alí lo caza de un gancho y lo clava en la lona. A aquel hombre tan colérico y violento, tan fuera de lo que representa, el repleto mensaje de amor de Jesús, un engendro suyo, lo iba a abatir también sobre la lona

Unos años después, estaba en quinto curso de bachiller, un viernes por la noche, subía por la cuesta que va a dar a las escaleras que nos llevaban a la Plaza de San Francisco. Iba, como era costumbre ese día, por la noche, al Cine Parque de Recreo, donde proyectaban Irma La Dulce, dependiendo de si me dejaba entrar el portero, o no, pues la película era de Tres RRR, o de mayores de dieciocho. Por aquella cuesta, el cura bajaba, se acercó a mí, me dijo que había hecho mal una serie de cosas conmigo (no os he comentado todas, que no fueron pocas), que Dios ya lo había perdonado, que lo perdonase yo, por favor. Le respondí que tratase de perdonarse a él mismo, que el perdón mío no tenía tanta importancia, todavía andaba algo dolido con él. Me pidió perdón, lo perdoné, aunque me había convertido durante un tiempo en una especie de apestado para familias y profesores de marcado acento católico romano, mejor dicho: católico palmero.

Llevaba años sin verlo, cuando me lo encontré aquella noche, portaba barba, pelo largo, y vestía como los progres de Madrid. Yo casi no lo conocí cuando lo vi venir hacia mí aquella noche, en parte porque estaba bastante olvidado de él, y en gran parte porque no se parecía mucho ¡Hasta físicamente! Nos volvimos a ver al poco tiempo, antes de su marcha hacia una comunidad de teólogos de la liberación en El Salvador. Me había invitado a comer, y yo acepté. Me dijo durante la comida que había estado en Madrid alojándose en un colegio mayor, y haciendo una larga terapia psicoanalítica con un psiquiatra de la izquierda, que había conocido en la sala de espera de la consulta a una monja, que ella iba a venir con él a Centroamérica. Me comentó lo que yo no vi que ocurrió en su cuarto, con el bolígrafo verde, después de haberme dado aquella brutal paliza y me dijo que lo seguía guardando como el símbolo de una carga, de algo que había hecho mal, y me volvió a pedir perdón. Le contesté que ya lo había perdonado una vez, que no hacía falta que me lo dijese más veces, y que el franquismo acabó y estaba acabando con muchas de las alegres neuronas de la gente de este país. Me escribió durante un tiempo desde El Salvador, se casó, y tuvo dos hijos mellizos, niño y niña; al niño le puso mi nombre. En la última carta que me escribió desde allí, un poco después de que asesinasen a Monseñor Romero, con el que trabajaba, me dijo que los paramilitares habían pasado por su comunidad y que le robaron el bolígrafo verde que siempre tenía en su mesa de noche. De Centroamérica fue con su familia a La India, donde conoció el tantra, práctica milenaria con la que se llega al espíritu, a la iluminación, por medio de la sexualidad. Se hace sacerdote de estos conocimientos, con los que ayuda a muchas personas a recuperar su felicidad perdida, felicidad que tanto arrebató él. Una de estas personas, un engendro suyo, resultó ser alguien que de niño había estado viviendo en La Palma, cuando sus años oscuros, lo reconoció detrás de aquella su otra personalidad; callado fue a comprar un revolver y le vació todo el cargador sobre los genitales, menos una bala, que dejó con destino para sí mismo.      

Aquel viernes, cuando me lo encontré yendo yo al cine, después de su metamorfosis, al llegar al Parque de Recreo, el portero, Antonio el del Queso, estaba de buenas y me dejó pasar al frescor que desprendía Irma La Dulce, la tierna comedia de Blake Edwards, en donde Shirley Maclaine que interpretaba a una prostituta parisiense, Irma, me dejó ver sus pechos, los primeros que vi en el cine. Tengo el DVD de la película, lo veo una o dos veces al año, y siempre cuando contemplo la escena de los senos, me da la impresión de que los veo con la misma frescura que la primera vez.

En agosto del año pasado tuve que ir a un evento de vinos en el Palacio de Congresos de Maspalomas, hice noche en el Gran Hotel Maspalomas. Me ocurrió lo que nunca pensé que me ocurriese en esta vida, estaba en el ascensor del hotel con Shirley Macclaine, Demi Moore y Jessica Lange, que rodaban una película en Gran Canaria. Los pocos segundos que duró aquella compañía triestelar los dediqué, sin desviar la atención, a contemplar los ojos de Shirley, yo sentí los suyos en los míos, que leyeron la cantidad de veces que he visto mi película preferida de ella, que había soñado con los senos de Irma, que de vez en cuando lo sigo haciendo, y que no me creía lo que embelesado estaba contemplando, a mi adorada Irma La Dulce, la de las medias verdes, del mismo color que el bolígrafo de mi abuelo, fuera de la cárcel del celuloide. La puerta del ascensor se abrió, me miró con la inocencia que lo hacía Irma, se llevó el dedo corazón a sus labios, lo besó y tocó mi frente con él, en el lugar del Ajna Chacra, al mismo tiempo que me decía con tono de una madre venida del Universo: “Chuchú”.

Abrazos por El Lado del Corazón. Salud y Alegría Interior.

Las Cosas Buenas de Miguel

 

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