El largo regreso de Ofelia
El pasado 29 de octubre de 2026, a las 19:30, Isabel Santos Gómez, directora del Museo Insular de La Palma, e Isabel Concepción Rodríguez, técnica restauradora del Cabildo Insular, llegaban al aeropuerto de La Palma procedentes de Tenerife. Llevaban consigo tres tubos de aproximadamente un metro de longitud que contenían tres pinturas de Gregorio Toledo (Villa de Mazo, 1906-Madrid, 1980). Con aquel viaje culminaba una historia que había comenzado ochenta y cuatro años antes y que había llevado las obras desde La Palma a Madrid, de allí a Venezuela y posteriormente a Chile, antes de emprender su regreso a Canarias.
Las pinturas habían pertenecido a Ofelia Calero Toledo, sobrina del artista, fallecida en Santiago de Chile en 2023. Ofelia nació en Villa de Mazo, en 1924, pocos meses después de que su tío Gregorio Toledo abandonara La Palma para ingresar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Durante los años siguientes, la vida del pintor transcurrió lejos de su isla natal, a la que solo regresó en esporádicas visitas durante su etapa de estudiante, hasta que volvió durante un periodo más prolongado en el verano de 1942.
Aquel regreso se produjo en circunstancias difíciles. Tras el fracaso del proyecto de restauración de las vidrieras de la catedral de Toledo, Gregorio Toledo y su familia atravesaban una situación de grave penuria económica y buscaron refugio en La Palma, donde fueron acogidos por los padres y hermanos del pintor.
Durante aquella estancia en Villa de Mazo, Toledo pintó el retrato de su sobrina Ofelia, que tenía entonces diecisiete años. La joven posó para el cuadro en la casa familiar de sus abuelos, en La Polvacera, con la mirada fija, por indicación de su tío, en la casa de don Toco, un vecino que vivía frente a la vivienda familiar. Ofelia recordaría muchos años después cómo su tío Goyo le permitía descansar de vez en cuando, bajando la mano que mantenía levantada durante las sesiones de posado.
El cuadro, titulado Ofelia, aunque también conocido como La bordadora, representa uno de los momentos decisivos en la evolución artística de Gregorio Toledo. La figura de la muchacha, de una belleza serena, encarna un ideal estético que el pintor desarrollaría en su obra posterior. El retrato, un óleo sobre lienzo de 100 × 71 centímetros, marca el comienzo de lo que puede considerarse su segunda manera o estilo definitivo.
La estancia del artista en La Palma fue finalmente más breve de lo previsto. En julio recibió, con retraso, la noticia de que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando le había concedido la Pensión Conde de Cartagena para estudios en el extranjero, por lo que tuvo que regresar precipitadamente sin apenas tiempo para despedirse de algunos de los suyos a los que nunca volvería a ver, entre ellos su madre.
Ofelia, por su parte, seguiría el camino de tantos jóvenes palmeros que, en aquellos años, buscaron un futuro al otro lado del Atlántico. En 1949 emigró a Venezuela con su marido, Julio Méndez, y su hija Julita. Allí nacerían posteriormente María de las Nieves (Niney) y Elia Celsa.
La familia se estableció en el país sudamericano y, tras muchos años de trabajo, consiguió alcanzar una situación económica desahogada. En 1956, Ofelia y Julio regresaron a España para una estancia de ocho meses. Durante aquel viaje visitaron Madrid, donde se reencontraron con Gregorio Toledo y su familia. Junto con el pintor y su hijo José María, entonces un joven de dieciocho años, realizaron varios viajes por el sur de la Península. El pintor, conmovido por el reencuentro, decidió regalar a su sobrina el retrato que le había hecho catorce años antes en Villa de Mazo. A aquella pintura se sumaron otros dos retratos, uno de Ofelia y otro de su esposo Julio, realizados durante aquella visita en su estudio madrileño.
Los tres cuadros pasaron a formar parte de la vida familiar. Acompañaron a Ofelia y a los suyos durante décadas en Caracas, colgados en las paredes del salón de su casa, como testimonian numerosas fotografías conservadas por sus hijas.
Ya en 2006, Ofelia planteó a su hija Niney la posibilidad de enviar las tres pinturas a La Palma, donde sabía que se conservaban otras obras de su tío. Se iniciaron entonces gestiones con la representación del Gobierno de Canarias en Caracas que no llegaron a fructificar.
Entretanto, la estabilidad alcanzada después de tantos años comenzó a desmoronarse con el deterioro de la situación venezolana. En 2015, la familia tomó la decisión de abandonar el país. El 22 de marzo de 2016, Ofelia, su hermana Pura Luz y sus tres hijas, Julita, Niney y Elia Celsa, salieron de Venezuela vía Panamá y llegaron a Santiago de Chile al día siguiente. Allí se reunieron con Daniela, la nieta de Ofelia, que residía en Chile desde 2011, y con Felipe, el esposo chileno de Niney, que se había trasladado unos meses antes para preparar la llegada de la familia.
La salida de Venezuela supuso dejar atrás buena parte de lo conseguido. Entre los efectos personales que pudieron trasladar figuraban los tres cuadros de Gregorio Toledo. Viajaron en un contenedor y, una vez llegados a Chile, permanecieron embalados durante nueve años en una habitación destinada a depósito dentro de la vivienda familiar. Las reducidas dimensiones del alojamiento impidieron volver a colgarlos. Allí permanecieron, apartados de la vista, pero no olvidados.
Ofelia era consciente de que aquellas pinturas eran los objetos más valiosos que conservaba de su vida anterior y seguía deseando que regresaran a La Palma. Falleció en Santiago de Chile el 5 de febrero de 2023, a los noventa y ocho años, sin llegar a verlo cumplido.
El 26 de junio de 2025, Julita, Niney y Elia Celsa emprendieron un nuevo traslado, esta vez a España, y se establecieron en Tenerife, donde ya residía Paula, otra de las hijas de Niney. Era el tercer gran desplazamiento de aquella familia, que había perdido también a Felipe, fallecido en Chile en 2018. Las circunstancias eran ahora muy distintas de las de aquel primer viaje. No había posibilidad de transportar un contenedor con muebles y pertenencias. Debían reducir su equipaje a lo estrictamente imprescindible, pero no estaban dispuestas a dejar atrás los tres cuadros.
Se estudió la posibilidad de recurrir a una empresa especializada en transporte de obras de arte, pero el alto coste y la complejidad de la operación hicieron inviable esta solución. Finalmente, las pinturas fueron desmontadas de sus marcos y bastidores, enrolladas y protegidas en tubos que las hijas pudieron llevar consigo en el avión, junto con sus escasos efectos personales.
Una vez establecidas en Tenerife, continuaron las gestiones con el Cabildo de La Palma, iniciadas ya en 2022, para que las tres pinturas pudieran incorporarse a los fondos de Gregorio Toledo conservados por la institución, parte de los cuales se exhiben en el Museo Insular.
El desenlace de esta historia me deparó, como nieto de Gregorio Toledo, una circunstancia inesperada. Una sucesión de retrasos hizo que, por motivos completamente ajenos a esta historia, me encontrara en Tenerife precisamente el 29 de octubre de 2026, el día en que Isabel Santos e Isabel Concepción acudieron en misión del Cabildo a la casa de las hijas de Ofelia, en La Victoria de Acentejo, para examinar las pinturas y hacerse cargo de su traslado definitivo a la isla.
Estuve por ello presente cuando extrajeron con sumo cuidado del tubo el retrato que mi abuelo había pintado en Villa de Mazo en el verano de 1942. Fue una circunstancia que difícilmente habría podido imaginar y que me permitió conocer al mismo tiempo a dos de mis primas, Julita y Elia Celsa, y contemplar, por primera vez, una obra estrechamente vinculada a la historia de mi familia.
El examen inicial permitió apreciar la extraordinaria factura de la pintura, pero también comprobar algunas pérdidas de la capa pictórica, relacionadas con las condiciones en que había permanecido enrollada y los cambios de temperatura y humedad. Afortunadamente, las zonas más importantes del rostro no habían sufrido pérdidas y su estado general de conservación, teniendo en cuenta las circunstancias del traslado y el tiempo que había permanecido enrollada, era relativamente bueno. También se constató que Gregorio Toledo había realizado el retrato sobre una composición anterior, una circunstancia que abre nuevas posibilidades para el estudio de la obra. Quizá las radiografías permitan algún día conocer lo que permanece oculto bajo su superficie.
La emoción del momento fue tal que ninguno de los presentes recordamos hacer una fotografía de todos juntos. Cuando las restauradoras se disponían a subir al taxi, Niney pidió a Isabel Concepción, que llevaba los tubos, que le permitiera abrazarlos por última vez.
Aquella misma tarde, Isabel Santos e Isabel Concepción llegaron a La Palma con las tres pinturas, que quedaron depositadas en el Taller de Restauración del Cabildo. Ochenta y cuatro años después de que una muchacha de diecisiete años posara para su tío en la casa de La Polvacera, en Villa de Mazo, su retrato regresaba a la isla.
Gracias a la determinación y generosidad de las hijas de Ofelia, que superaron numerosas dificultades para trasladar las pinturas, estas tres obras de Gregorio Toledo han regresado a La Palma, donde podrán conservarse para las generaciones futuras. Les estoy profundamente agradecido por ello y creo que su generosidad merece también el reconocimiento de toda La Palma.
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