La sencilla belleza de las cosas

0

Manuel González Plata 'Bejeque'.

¿Cómo era el pino aquél? Tengo una buena fotografía, pero no es el pino aquél (y acentúo porque “el pino” no es el nombre de aquel pino que trato de revivir); fui una vez, monte arriba, donde el árbol enraizaba: lo miré, lo toqué, pero no era el pino aquél. Por fin supe que alguien lo había pintado; accedí al cuadro: era en efecto el pino aquél y lo volví a vivir. La fotografía, incluso la visión directa, registra verdades directas; pero el cuadro añade algunas “no verdades directas” que ayudan a la revivencia en que consiste la realidad que para mí quiero y que el pintor logró añadiendo algunas mentirijillas.

        Permita el lector otra reflexión aparentemente inconexa con el tema que nos ocupa: escribo en el PC las figuras de Para Elisa tal como las escribió Beethoven; sonorizo luego lo escrito: el resultado resulta rechazable; no oigo el Para Elisa que pretendía revivir. Los sonidos resultan puras verdades directas: cada negra dura exactamente 0,824 segundos (que, en rigor, es lo que debe durar) y cada corchea 0,412 segundos y cada silencio dura 0,824 segundos o 0,412 segundos. Un pianista había grabado la pieza; accedí al disco y a un instrumento que permitía evaluar los tiempos de negras pulsadas por el intérprete: ¡nunca coincidían! ésta duraba 0,827, esta otra 0,819, y había corchea que duraba 0,410 segundos y otra que duraba 0,415. El pianista recobró el verdadero Para Elisa que yo pretendía revivir mintiendo la duración de las figuras, cargándose la exactitud, el rigor y el deber.

        “Era un río caudaloso, inmenso, de tantos metros cúbicos por minuto, impresionante, aturdía el sonido de las aguas contra las grandes rocas…” Y así un folio para no llegar del todo a describirme el río. Hasta que vino

un poeta y dijo: era… un buey de agua. Y viví el río. “Buey de agua” es una mentira, por supuesto: no hay bueyes de agua.

        Quiero decir con todo esto que hay personas singulares capaces de añadir mentirijillas, de transgredir las verdades directas y las magnitudes prestablecidas, gracias a lo cual nos es dado completar, mediante revivencia, la realidad actual, alicorta, municipal y espesa; lo que tales personas singulares elaboran puede llamarse arte o transrealidad (viene a ser, poco más o menos, lo mismo).

        No han de considerarse sin embargo mentirosos los artistas (no he escrito “mentira” sino “mentirijilla”) porque la transgresión de “verdades directas” no va contra la verdad sino contra lo directo; tal, en el campo de la poesía, la metáfora, que viene a ser un traslado de sentido de lo directo a lo figurado, un llevar más allá, una transrealización.

        Bejeque, además de seudónimo, es metáfora de Manuel González Plata: lo lleva, por la indirecta vía de sus versos, hacia la sencilla belleza de las cosas que, sin él, hubieran quedado en la magnitud rigorosa y exacta de lo actual y que, con él, alcanzan -ellas, las cosas- definitiva realidad inactual. Un poeta es un realizador definitivo.

        Para Bejeque “la sencilla belleza de las cosas” no presupone acotamiento de modo que las cosas pertenezcan al conjunto de lo positivo y agradable; cualquier negatividad, cualquier dolor, cualquier injusticia puede ser expresada con “sencilla belleza” y transrealizada para su revivencia. Véase, por ejemplo, esta realización definitiva de la ausencia por vía de contrarios: presencia esperada. En todo caso, luz o sombra, felicidad o dolor, existe una constante: la ternura; para mí (y esto se queda en sensación personal cuya vigencia no pretendo extrapolar) la ternura es la característica radical de Bejeque. Él defiende su ternuracontra los prejuicios que pudieran impedirla: “Pobre coche, te vas poniendo viejo. No es frecuente poetizar latones, pero es normal entre poetas el no tener prejuicios. En momentos de gran dureza es duro y, por ejemplo, se refiere a la ”morfina del telediario“; pero aún aquí añade su ternura invicta situando la vivencia en el calor de la vecindad: ”cuando sube por el patio morfina de telediario“. Hablando de momentos de gran dureza, que son los menos frecuentes en Bejeque, es muy difícil superar la expresión del peso de la existencia más allá de la angustia, más allá de toda negatividad expresiva, lindando el terrible desierto de la inexpresión: ”subsistir a golpe de almanaque“.

        Pero, como digo, la generalidad de los momentos de Bejeque son de luz, de gozo sosegado. En alguna ocasión él ha clasificado sus obras en sociales, vivenciales y populares; pero estas características son algo más que criterios de ordenación, necesarios a la estructura editorial: son características de sus escritos, que uno a uno, casi siempre, reúnen matices sociales y vivenciales y  populares. Porque, a fin de cuentas, Bejeque, como la mayoría de los poetas, es natural e inevitablemente social, vivencial y popular; y esa naturaleza inevitable que funda y confunde los tres adjetivos es natural e inevitablemente expansiva. En su raíz es Bejeque necesidad de comunicación, mensaje de su existencia: “Mi verso intenta ser un soplo de mensaje y comunicación… Necesito yo dar mis palabras al viento y a sus gentes” ¡Gracias, Bejeque, por llamar ‘gente del viento’ a los que necesitamos ser comunicados!

        Y es por esa necesidad de comunicar por lo que se echa a andar con versos en la mochila: “tengo que salir… y sufrir junto con ellos. Encontrar en las veredas las ortigas y bejeques sin polución ni excrementos”. Una necesidad de comunicar que no es sólo afán de comunicarse, sino urgencia de conocer al resto de la gente del viento: “conocer sus nombres y apellidos, sus costras y sus neuras, su manera de estar… que cada puerta, ventana, o aún postigo fuera testimonio conocido y directo”.     

        Al cabo la necesidad de comunicar es expresión de amor. Y, a mi juicio, es el amor en su forma de sencilla belleza, el amor a la mujer compañera (esposa, madre, novia, querida, amante), lo más destacable en el poeta que ahora voy a dejar en manos del lector: el amor donde es nueva cada vez cada vieja caricia, el amor de Neruda o Salinas, de su gran libro “Tiempo de ausencia”, el amor que descubre la sencilla belleza de las cosas, el amor que logra no sólo hacer de cada día ordinario un gran día, sino más aún: es el amor transrealizante y reviviente que logra hacer del gran día un día ordinario. Quizá en esta expresión resida el secreto de Bejeque: él vive una vida extraordinaria y logra hacerla natural.

Luis Cobiella

Etiquetas
stats