Sobrevivir a un hijo

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La muerte prematura y repentina de un hijo es incomparable con cualquier otra pérdida. Da igual que pasen dos años o diez, no se supera nunca. Se tiene que aprender a vivir con la ausencia física. La vida arrastra, empuja, obliga a seguir, aunque no se quiera.

Transitar en el duelo no es un proceso lineal, no es una carrera sin obstáculos hacia adelante para alcanzar la meta. Retrocedes, te estancas, comienzas de nuevo. Cada duelo es personal, depende de las circunstancias de la muerte y de la relación con el fallecido. La pérdida de un hijo conlleva muchas preguntas sin respuestas. Desde pequeños sabemos que moriremos algún día. Imaginamos que despediremos a las personas mayores de la familia, pero la muerte de un joven es antinatural. Nadie está preparado para asumir esa situación de forma lógica.

Según los especialistas, hay varias etapas en este proceso tan doloroso. Se deambula por todas. Cuando ocurre la tragedia, te niegas a creer que se haya ido para siempre. Piensas que debe de ser un error del destino o que Dios se ha equivocado. No entiendes qué ha pasado y suplicas un milagro. Te enfureces con el mundo y contigo. Una madre no puede enterrar a un hijo. Una madre debe cuidar y proteger a su retoño.

Tu vida se quiebra. Tu corazón se desgarra.

Y surgen las preguntas. ¿Qué tenía que haber hecho? ¿Hice algo mal en esta vida? ¿Será un castigo divino? ¿Por qué le pasó a mi hijo? ¿Por qué se va un joven bueno, generoso y humilde? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y nadie tiene una respuesta que te consuele.

Y llega la culpa. Y te culpas por lo que dijiste o no dijiste. Y te culpas por lo que hiciste o no hiciste. Y te culpas por lo que entregaste o no entregaste.  Y te culpas por levantarte y caminar. Y te culpas por comer. Y te culpas por respirar. Y te culpas por vivir y no morir también.

Te adentras en la tristeza más profunda y destructiva. Sientes impotencia por no poder desandar el camino. La muerte es implacable. Tu hijo no va a volver a este lado nunca. Ya nada va a ser como antes. Ya no podrás seguir cuidando de él. Ya no habrá un beso de buenas noches y un abrazo en la mañana. Ya no hay esperanza de un futuro juntos.

Comienzas a hacer cosas que le gustan.  Escuchas sus canciones, lees sus libros, saboreas su plato preferido, adoptas un gato y brindas por él. Te pones su ropa, intentas retener su olor, añoras oír su voz y su risa al fondo del pasillo. Y buscas fotos y vídeos y, tal vez, las lágrimas te permitan revivir algunos momentos felices.

Y pruebas a modo de terapia plasmar en papel tus sentimientos. Y le escribes cartas y versos. Y lees un libro de autoayuda que te recomienda algún amigo psiquiatra. Y solicitas atención médica. Y llegan a ti testimonios de otros padres huérfanos de sus hijos, con los que te sientes identificada y reconfortada al compartir idéntico sufrimiento. Y su recuerdo es lo que a ti como madre te mantiene viva: su presencia a pesar de la ausencia.

Y vas aceptando que no hay vuelta atrás. Y te dicen que entonces lo vas superando. Y te aseguran que la herida se cura, dejará de doler algún día y quedará únicamente la cicatriz.  Eso te repiten (con la mejor intención del mundo).

Y sigues adelante. Y te concedes reír. Y vuelves a quedar con compañeros y amigos. Y empiezas a trabajar de nuevo después de un año. Y viajas a un destino elegido por tu hijo y confías en encontrar allí la fuerza y la paz, y quizás, su energía.

Y te das cuenta de que necesitas mencionar a tu hijo cada día y hablas en casa de él y con él. Y sueñas con que permanezca igual de presente en la familia y en sus amigos. Y tienes miedo que se olvide su nombre. Y deseas mantener su memoria. Y te propones escribir un cómic o un cuento con sus anécdotas. Y esas historias te regalan su presencia constante en tu cabeza. Y piensas que así vivirá en el recuerdo del que lo lea.

Y decides que sus primas y primos deben preservar su legado, y así se lo pedirás cuando se publique el libro. Y anhelas hacerle un homenaje en su segundo aniversario y trabajas en ello.

 Pero sigue siendo inevitable sentirte incomprendida. Tu vida será siempre una elegía, mientras los demás bailan con la suya como si nada. Hay gente alrededor que te arropa y te sostiene. Y espera que te recuperes lo más pronto posible y que vuelvas a coger el timón.  No entienden que no eres la misma persona de antes. No puedes serlo. No volverás a serlo. Eres una montaña rusa de sentimientos, aunque hayas decidido levantarte todos los días y echarte a caminar. Solamente quieres que te dejen hablar de tu hijo, que te pregunten por él, que siga siendo el centro de tu vida.

Sin embargo, tu entorno se cansa, se siente incómodo y evita el tema. Se alberga la idea de que el tiempo lo cura todo y ya no hay por qué seguir mentando a la persona ausente, como si eso fuera posible para unos padres. Y tú quieres gritar que él sigue presente en cada uno de nosotros, si lo recordamos. No está físicamente aquí en este lado de esta vida, está de otra manera, pero está que es lo importante. Y sigue siendo el mismo chico cariñoso, amable y divertido. Y sigue siendo hijo, nieto, sobrino, primo y amigo. Y podemos sentarnos a la mesa, rememorar momentos vividos y brindar por él.

El silencio de los demás duele, duele mucho.

Me agotan las quejas constantes de quienes no saben disfrutar de la vida y buscan problemas donde no los hay. La pérdida me ha enseñado a priorizar las cosas verdaderamente importantes y a minimizar las irrelevantes. Me he replanteado el sentido de la existencia y mis creencias religiosas. Sueño con reencontrarme con mi niño en un tiempo sin tiempo y sé que será así.

Pablo murió hace veintidós meses con veinte años. No hay ni un solo día en el que no piense en él. No hay ni un solo día en el que no llore. No hay ni un solo día en el que no me duela el alma. No es cuestión de tiempo. El vacío, la soledad, la pena y la tristeza estarán siempre.

No hay nada más trágico y profundamente doloroso que sobrevivir a un hijo. Hay que caminar con la ausencia física y transformar este hondo sufrimiento en gratos recuerdos que nos acompañen el resto de nuestra vida.

Abrazo a todos los padres huérfanos de sus hijos.

Sigo aprendiendo a vivir.

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