Cáncer silencioso

12 de enero de 2026 09:40 h

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Pablo Expósito Francisco.

El 16 de enero Pablo cumple veintidós años. Es un chico sano y deportista. Nace en la semana 37 de gestación con un nudo verdadero en el cordón umbilical. La joven matrona comenta que viene con un angelito de la guarda. Podía haber nacido muerto si el parto no se hubiera adelantado, pero tiene prisa por venir al mundo y eso lo salva. Como madre primeriza, y un tanto ingenua, pienso que eso debe ser una señal. Pablo está protegido por una especie de manto espiritual que lo guía en su camino y, tal vez, pueda disfrutar de una larga vida.

No se enferma nunca. De hecho, apenas recuerdo algún catarro o gripe. No se queja de nada. Tiene sus revisiones médicas, por supuesto, y su cartilla de vacunación. A los 14 años se lesiona una muñeca jugando al fútbol y tiene que pasar por quirófano. Se recupera bien en un par de meses.  Muchas veces, bromeamos con él y le decimos que tiene las defensas altas, quizá por la ingesta de vitamina C de las naranjas de La Palma.

Deportista como su padre, siempre le ha gustado entrenar. De pequeño practicó judo, luego estuvo federado en fútbol en las categorías de infantil y juvenil. Sale a correr, monta en bici y acude a un gimnasio cercano a casa. Come bien. Le encantan los potajes y las sopas de las abuelas. Nunca le han gustado las golosinas ni los refrescos.

 Si tenemos en cuenta todo lo anterior, podemos hacer un retrato de Pablo como un chico que goza de buena salud y que lleva un estilo de vida saludable.

Y así ha sido durante veinte años.

Estudia en la Universidad de La Laguna. Después de terminar el último examen del primer cuatrimestre, sale a correr y siente un dolor en la espalda. Vamos a urgencias y volvemos a casa con el mismo dolor y con un informe (posible contracción o desgarro muscular). Esto se repite varias veces. Cuando por fin ingresa en el hospital llega un diagnóstico demoledor: rabdomiosarcoma alveolar. Es un tipo de cáncer de partes blandas que afecta a niños mayores y jóvenes. Tiene un mal pronóstico y si se detecta en estadio IV, no hay tratamiento eficaz. Nos dicen que Pablo tiene un tumor que le ha fracturado una vértebra de la columna (de ahí el dolor) y que le está aplastando la médula.

Y nos preguntamos cómo es eso posible. Ha estado haciendo vida normal. Ha estado estudiando, ha pasado las Navidades en La Palma, no le ha dolido nada y ha tenido apetito igual que siempre. ¿Cómo puede un tumor crecer, dañar la espalda y aplastar la médula sin que la persona sienta algún síntoma? ¿Cómo es eso posible? La oncóloga da el diagnóstico a unos padres que no entendemos qué pasa y que solo oímos palabras sueltas que caen como puñales: estadio IV, tumor, cáncer, lesión medular. Y ya cuando buscamos alguna rama a la que agarrarnos, cae el iceberg. No tiene cura. Se muere.

Pablo pregunta si se puede operar para extraer el tumor. La respuesta es que no. Le damos ánimos y le decimos que con la quimio se reduce, que no se preocupe. Y él quiere que se la pongan rápido. Y se enfada un día que tiene fiebre porque no le dan el tratamiento. Y se vuelve a enfadar otro día porque no tiene sangre ni plaquetas y tampoco. Y unos padres aterrados se preguntan qué han hecho mal. ¿Por qué el cáncer está tan avanzado? ¿De qué manera se podía haber detectado antes? ¿Por qué nada avisó? ¿Por qué no hubo un indicio de que algo iba mal?

Y así, como zombis por el hospital, día y noche, acompañamos a nuestro hijo durante dos meses. Solo dos meses. ¿Cómo es posible que de la noche a la mañana un joven pase de estar haciendo una vida normal a no poder levantarse de una cama? Sí, fue así de cruel. Entró al hospital caminando, y de repente, ya no volvió a poner sus pies en el suelo.

Y están las preguntas sin respuestas. Y están las miradas de horror. Y están la angustia y la incertidumbre. Y están el desconsuelo, la agonía y el amor verdadero.

Y está la enfermedad silenciosa que camina por el cuerpo de un joven sin mostrarse. Agazapada, busca algún subterfugio y lo encuentra.

Y nos mantenemos fuertes. Tenemos que estarlo, nuestro hijo se desvanece ante nuestros ojos sin poder hacer nada. Solo podemos acompañarlo e intentar darle ánimo y fuerza. Le repetimos, una y otra vez, que va a recuperarse, que va a volver a caminar, que la quimio, ese tratamiento poderoso, va a quemar el tumor. ¿Qué podemos hacer? Solo intentar que él tenga un objetivo: su recuperación. Y lo tiene. Y desea hacer los exámenes del segundo cuatrimestre. Y desea volver a Italia algún día. Y desea ir a un concierto de Cruz Cafuné con sus amigos. Y sueña con hacer un Erasmus en Bruselas o Ámsterdam. Y se propone estar en casa para la Eurocopa. Y quiere adoptar un gato que se llame Jake cuando le den el alta. Pero lo cierto es que no hay un regreso a casa. No hay esperanza. Él no lo sabe.  Nunca mencionamos la palabra muerte. Los médicos dicen que el paciente tiene que saber. Pero nos negamos. Los niños y adolescentes no piensan en la muerte. No queremos que nuestro hijo añada el miedo a su sufrimiento. Lo arropamos y consolamos con las armas que nos da la vida: nuestro amor de padres.

Y él sigue luchando igual que los personajes de los libros y tebeos que lee. Y sueña que es un superhéroe que se entrega a la difícil batalla de derrotar al maligno enmascarado, Darth Vader y su sable rojo. “- ¡Te destruiré, maldito! ¡Lucharé con todo mi ser!” Se enfrenta al lado oscuro con su espada láser blanca pero no consigue derribarlo. Y cuando cae al suelo desfallecido, oye que gritan su nombre. Levanta ligeramente la cabeza del suelo y no puede creer lo que ven sus ojos. Su pandilla ha venido a auxiliarlo armados con sus sables azules y verdes. “- ¡No me rendiré nunca!” -grita Pablo- blandiendo su espada blanca, símbolo de la bondad y la pureza. Y Darth Vader es abatido por los intrépidos luchadores y se retuerce en el suelo unos minutos antes de desaparecer.

Pablo muere el 12 de mayo de 2024 después de sesenta días ingresado en el HUC.

Ojalá que ningún adolescente más pase por el horror del cáncer. Ojalá que no queden huérfanos de sus hijos más padres.

Por favor, más inversión en ciencia. Hay que investigar este tipo de cáncer infantil – juvenil que de antemano tiene un mal pronóstico. Tiene que haber algún tratamiento eficaz. Por favor, más financiación para sanidad. Es perentorio que se reduzcan las listas de espera, el colapso en las urgencias y el retraso en las pruebas diagnósticas.

Apoyemos a la Asociación Española Contra el Cáncer que hace una gran labor con los enfermos y sus familias. Exijamos a los gobiernos que inviertan mucho más en investigación.

Pablo no tuvo cura, pero quizás otros jóvenes si la tengan.

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