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La bestia que mató a la mariposa de otoño


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Érase muchas veces, en el hueco de cinco centímetros de roble, una mariposa que representaba a todas las frágiles mariposas del mundo.

Danaus tenía un aleteo elegante, aristocrático, simétrico. Danzaba en el aire otoñal entre tabaibas isleñas, finas ramas de Castilla y jardines botánicos de grandes ciudades.

Era curiosa por naturaleza, humilde y respetuosa con el resto de mariposas y seres vivos. A menudo le gustaba posarse en la cabeza de los niños y extraer con sus antenas algún elocuente pensamiento infantil. Pensaba que los pensamientos infantiles, con su grado de inocencia y pureza, podrían salvar a la humanidad de las guerras, los demonios políticos, los plásticos contaminantes de un futuro oscuro que ni siquiera ella llegaría a conocer.

Consciente de sus 29 días de vida, había decidido otorgar todo segundo a esparcir amor. 

Vivía por el néctar, el movimiento, la felicidad de ser simplemente ella, una mariposa, creando sonrisas y belleza. Veía a los demás con luz polarizada y ultravioleta. Se trataba de ver, bailar, alimentarse, amar. 

¿Qué mal podría sucederle a una mariposa sencilla y frágil cuya vida consistía en simplemente dejarse ser y dar? 

Danaus siempre pensó que su destino sería el de una muerte natural. Había leído todos los libros de filosofía oriental, había hecho cosquillas en las rodillas de todos los niños posibles, había dibujado círculos mágicos en los brazos de los enamorados humanos y había viajado por el mundo intentando comprender ese extraño comportamiento que conforman las razas con las que ella no estaba familiarizada. 

Un día de apacible tranquilidad, cuando Danaus estaba en un blanco Áster otoñal, oyó la voz de un hombre en el cuerpo de un ciervo de mediana edad.

Se trataba de un ser de un tamaño mucho mayor al de ella, que había decidido convertirse en bestia. En el protocolo de berrea entre los demás ciervos, destacaba por su ronca voz infinita, indeterminada, fuerte, ensordecedora a la vez que tranquila. Su porte era llamativo y su pelaje parecía suave y fiel al tacto. 

La bestia empezó a llamar a Danaus. La miraba fijamente, la deseaba.

Primero repitió tres veces su nombre: 

-Danaus, Danaus, Danaus….

Luego la convenció de ser un hombre encerrado en el cuerpo de un ciervo. 

-¿Por qué eres tan bella Danaus? ¿Y qué temes? No ves que solo soy un hombre encerrado y tu una suave idea de belleza entre mis cuernos ya rotos danzando a su alrededor? ¿Acaso no ves que ya alguien mencionó la posibilidad de una realidad así hace mucho mucho tiempo? 

-No temo, dijo Danaus. Soy una mariposa valiente. Voy a volar sobre la belleza de tu costado. Te demostraré que yo también soy humana. Que yo también tengo este cuerpo pequeño y frágil y convivo con este otoño que no me corresponde. 

Una atracción invencible surgió entre ellos. Danaus pensaba que podría pasar el resto de sus días, exactamente 14 por vivir, a la sombra de ese ciervo cuyo nombre desconocía. 

Los días fueron pasando, y aunque el otoño había sido cálido hasta el momento, pronto empezaron a aparecer los vientos del norte y las primeras heladas.

La bestia invitó a Danaus a arroparse entre su pelaje, así podría sentir más calor y a la vez estar junto a él. 

Danaus emprendió un vuelo lleno de amor. Pensó que serían la pareja más extraña de seres vivos sobre la faz de la Tierra, pero a ella no le importaba. Pensó que seguiría teniendo la libertad de danzar, comer, amar, estar entre los niños. A menudo la bestia ciervo se encargaba de halagarla y prometerle una mágica eternidad. 

A la mañana siguiente, al llegar al pelaje del ciervo con un aterrizaje perfecto, la bestia comenzó a correr y correr cada vez más rápido. La berrea había comenzado. Esa estampida no era lo habitual. 

El sonido de la bestia era cada vez más fuerte y Danaus empezó a tambalearse de un lado a otro del costado del salvaje animal. Él le pedía que recordarse que era solo un hombre, una voz, pero el sonido era tan estremecedor que Danaus tuvo que cerrar sus alas. Sus antenas se mantenían abiertas y su amplia visión era su única certeza. 

Pronto pudo comprobar cómo la bestia estaba en su destino, sin ninguna racionalidad humana, y corría hacía las hembras con convencimiento. 

Danaus finalmente salió disparada de su pelaje y acabó en los ramajes de una collada anónima, entre desmogues y palpitaciones de las hojas del otoño. 

- Qué pensasteis Danaus? Que verdaderamente podemos ser dos? Podemos ser nosotros mismos? ¿O yo mismo sin ser otro Yo? ¿Creíste que era un hombre solo por la voz..? 

Danaus no respondió. Estaba herida. 

Algunos coleópteros decidieron hablar con la bestia para que tuviera compasión y entendiese la parte vulnerable de la propia naturaleza. Fue en vano.

Danaus murió. Y con ella, la fragilidad de otras mariposas del mundo.

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