Cinco años después del confinamiento: ¿hemos aprendido la lección?

Imagen de archivo de un hombre con mascarilla cerca del Hospital Universitario de La Palma.
13 de marzo de 2025 11:06 h

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El 14 de marzo de 2020, España se sumió en un confinamiento sin precedentes. Las calles vacías, los balcones convertidos en puntos de encuentro y la incertidumbre marcando cada día. Hoy, cinco años después, la pandemia ha quedado atrás en muchos aspectos, pero la pregunta sigue en el aire: ¿estamos mejor preparados para la próxima crisis sanitaria o hemos olvidado demasiado rápido?

Las cifras que marcaron una tragedia

El impacto de la COVID-19 en España dejó cifras escalofriantes. Los datos oficiales indican más de 120.000 muertes, pero estimaciones independientes elevan la cifra a más de 200.000 si se considera el exceso de mortalidad. En los primeros meses de la crisis, muchas personas murieron en residencias o en sus hogares sin haber sido diagnosticadas oficialmente. Cinco años después, aún hay dudas sobre el verdadero alcance de la tragedia.

Pero más allá de los números, lo que queda es el dolor de las familias que perdieron a sus seres queridos, el sacrificio de los sanitarios que trabajaron al límite de sus fuerzas y la sensación de que, en muchos casos, se podría haber hecho más. ¿Se ha aprendido lo suficiente de los errores cometidos? ¿Se ha mejorado la capacidad de respuesta del sistema sanitario para futuras emergencias?

Lo que sabemos con certeza

Cinco años después, hay verdades incuestionables. La vacunación ha sido una de las armas más efectivas en la lucha contra la pandemia. Si bien las vacunas no evitaron la transmisión del virus, sí lograron reducir la gravedad de la enfermedad y evitar miles de muertes. Gracias a ellas, la presión hospitalaria se redujo y el país pudo volver progresivamente a la normalidad.

También sabemos que la COVID-19 no se comporta como la gripe. En un principio, se pensó que podría seguir un patrón estacional, con picos en invierno, pero el virus ha demostrado comportamientos más erráticos, con brotes en diferentes épocas del año.

Otro aprendizaje clave ha sido el papel fundamental de la transmisión aérea. En los primeros meses, se creía que el contacto con superficies era el principal modo de contagio, pero hoy sabemos que los aerosoles juegan un papel mucho más relevante. Esto ha cambiado nuestra forma de entender la prevención: la ventilación de espacios cerrados ha demostrado ser una estrategia crucial para reducir los contagios.

¿El confinamiento fue excesivo?

A la luz de lo que sabemos hoy, la medida del confinamiento estricto en España ha sido objeto de un intenso debate. Si bien en aquel momento se argumentó que era la única forma de evitar el colapso hospitalario, con el paso de los años se han alzado voces que lo califican como excesivo y demasiado drástico. Otros países optaron por estrategias menos restrictivas y, sin embargo, lograron resultados similares en cuanto a la reducción de la mortalidad. El confinamiento tuvo un impacto económico, social y psicológico devastador, con secuelas en la salud mental de miles de personas, pérdidas de empleo masivas y una disrupción sin precedentes en la educación de los más jóvenes. ¿Podría haberse manejado de otra manera? ¿Fuimos demasiado lejos en las restricciones? Cinco años después, la reflexión sigue abierta.

Las mascarillas y la ventilación: ¿aprendimos la lección?

Si algo ha cambiado en nuestra percepción sobre las medidas de protección es el papel de las mascarillas y la ventilación. Durante la pandemia, se insistió en el uso de mascarillas, pero en muchos casos se descuidó lo realmente importante: la calidad del aire en interiores.

Las mascarillas fueron esenciales en determinados contextos, pero en espacios cerrados mal ventilados, su eficacia era limitada. Hoy sabemos que abrir ventanas y mejorar la ventilación es una de las medidas más efectivas para reducir la propagación del virus. Sin embargo, ¿se ha integrado esta lección en la arquitectura de los edificios, en las oficinas, en los colegios? ¿O simplemente hemos vuelto a cerrar las ventanas y a olvidarnos de la importancia del aire limpio?

La fragmentación del sistema sanitario: una asignatura pendiente

Uno de los problemas más evidentes durante la pandemia fue la falta de coordinación entre comunidades autónomas. Con 17 sistemas sanitarios distintos tomando decisiones independientes, la respuesta fue desigual y, en algunos casos, caótica. Cinco años después, la pregunta es inevitable: ¿se ha avanzado en la creación de un sistema sanitario más cohesionado y preparado para futuras crisis?

La descentralización sanitaria en España ha permitido adaptar las respuestas a realidades locales, pero también ha generado desigualdades en la atención y dificultades en la toma de decisiones unificadas. La creación de un centro de emergencias sanitarias a nivel estatal fue una de las promesas tras la pandemia, pero a día de hoy, su alcance sigue siendo limitado.

Si mañana llegara otra crisis sanitaria, ¿actuaríamos de manera más coordinada? ¿O repetiríamos los mismos errores?

El debate sobre el origen del virus: una pregunta sin respuesta

A lo largo de estos años, la hipótesis de que el SARS-CoV-2 pudo haber escapado de un laboratorio en Wuhan ha ganado fuerza en algunos círculos científicos y políticos. Sin embargo, el debate sigue abierto y no hay consenso sobre el origen del virus.

Lo que sí está claro es que la transparencia y la colaboración internacional en la investigación de patógenos emergentes son fundamentales. Si algo ha demostrado la pandemia es que el mundo necesita mecanismos de respuesta rápida y sistemas de alerta globales mucho más efectivos.

¿Estamos preparados para la próxima pandemia?

La gran cuestión sigue sin respuesta. El mundo ha avanzado en el desarrollo de vacunas y tratamientos, pero a nivel estructural, los cambios han sido insuficientes. La creación de reservas estratégicas de material sanitario, la mejora de la vigilancia epidemiológica y la coordinación entre países son aspectos en los que aún queda mucho por hacer.

Por otro lado, la memoria social es frágil. Durante la pandemia, se hablaba de la importancia de invertir en salud pública, en investigación, en prevención. Pero cinco años después, ¿seguimos con la misma urgencia o hemos caído en la complacencia? ¿Se han fortalecido los sistemas sanitarios o simplemente hemos vuelto a la inercia de siempre?

Una sociedad que olvida rápido

La pandemia nos enseñó el valor de la solidaridad. Durante los meses más duros, vimos a personas ayudando a vecinos, a sanitarios aplaudidos desde los balcones, a una sociedad que se unía en la adversidad. Pero, con el tiempo, ese espíritu se ha ido diluyendo.

La rapidez con la que hemos querido volver a la normalidad ha hecho que muchas lecciones valiosas se pierdan por el camino. ¿Se han reforzado los sistemas de salud mental para atender a quienes sufrieron las secuelas del confinamiento y la enfermedad? ¿Se han tomado medidas para proteger a los trabajadores esenciales que sostuvieron el país en los momentos más duros?

Cinco años después, la memoria de aquellos días debe servir como un recordatorio: la prevención y la inversión en salud pública son la mejor defensa contra futuras crisis. ¿Hemos aprendido lo suficiente para afrontar mejor la próxima pandemia o volveremos a tropezar con la misma piedra?

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