Espacio de opinión de Canarias Ahora
El descubrimiento del agua tibia o el arte de vender humo en inglés
Paren las rotativas. Detengan los relojes. Que alguien llame a Estocolmo, porque acabamos de encontrar el Santo Grial. Tras siglos de oscuridad, de dar palos de ciego y de creer ingenuamente que la educación consistía en transmitir conocimientos, ha llegado la luz. Una revelación mística que cambiará el curso de la historia: si un profesor se entera de qué carajo saben sus alumnos, a lo mejor, y solo a lo mejor, puede enseñarles bien.
¡Boom! ¿Oyen eso? Es el sonido de miles de cabezas estallando ante tamaña agudeza intelectual.
La Respiratory Learning Framework 2030
La “hipótesis pedagógica” del Dr. Wiliam, que ya se predica en los claustros como una fe revelada, es el penúltimo grito de la moda educativa. Y digo penúltimo porque, mientras usted lee esto, alguien en Wisconsin está terminando un PowerPoint sobre cómo el color de los calcetines influye en la neuroplasticidad.
Nos venden el Formative Assessment. Nótese el inglés, por favor. Es fundamental. En español, “evaluación continua” o “mirar si el chaval se entera” suena a maestro de pueblo con bata gris y tiza en la oreja. Pero Formative Assessment suena a cohete de la NASA, a ciencia de vanguardia, a tarifa de conferenciante de cinco cifras.
Es la estrategia clásica del marketing educativo: coger algo obvio, como respirar, y venderlo como el “Respiratory Learning Framework 2030”. No ha descubierto la penicilina; ha descubierto que, si tienes fiebre, ponerte el termómetro ayuda. Sócrates ya hacía esto paseando por el Ágora hace 2.400 años, pero claro, Sócrates no tenía un proyector, ni gráficos de barras, ni un canal de YouTube. Grave error, Sócrates. Epic fail.
Lo fascinante de esta moda no es la obviedad de su premisa, sino sus supuestos poderes curativos. El Formative Assessment se nos presenta como el remedio universal de la educación: sirve para un roto y para un descosido.
¿El sistema hace aguas? Formative Assessment.
¿Los chavales están desmotivados? Formative Assessment.
¿Hay una gotera en el gimnasio? Pruebe usted con un poco de Formative Assessment, igual sella.
La trampa es maravillosa. Nos describe un mundo de fantasía donde el docente, cual ser de luz con tiempo infinito, se sienta con cada alumno a realizar una retroalimentación profunda y serena.
La realidad, sin embargo, es un martes a las 12:30 con 25 adolescentes hormonados, 55 minutos de clase, una burocracia que ríete tú de Kafka y un sistema que exige milagros a precio de saldo. En este ecosistema, la famosa “evaluación formativa” muta en algo mucho más siniestro: el Formulario Formativo. Más rúbricas, más excels, más colorines en el cuaderno del profesor y menos tiempo para, curiosamente, mirar a la cara al alumno.
Lo que llaman “ciencia” es lo que cualquier docente con sangre en las venas llama “oficio”. Es esa intuición que te dice, con solo mirar el ceño fruncido de Martínez en la tercera fila, que no ha entendido ni papa. Eso no se aprende en un congreso en Londres;
se aprende en la trinchera.
Pero la industria pedagógica tiene una regla de oro. El ciclo de vida de la moda pedagógica es siempre el mismo:
1. Observa algo que un profesor normal hace gratis.
2. Tradúcelo al inglés (imprescindible).
3. Ponle un acrónimo chulo.
4. Vende el libro, el curso, el seminario y la taza.
5. Repite.
El futuro: Neuro-absurdeces
No se encariñen mucho con esta nueva moda, porque ya está caducando. El mercado no perdona. El próximo gurú ya está calentando en la banda. Vendrá montado a lomos de la Inteligencia Artificial y la “neurociencia” (mal entendida, por supuesto).
Seguramente nos venderá el Neuroadaptive Learning Feedback Ecosystem. Dirá exactamente lo mismo: “Hay que saber qué sabe el alumno”. Pero tendrá luces LED y costará el doble.
Mientras tanto, en algún lugar, un profesor anónimo, ajeno a esto, a los PowerPoints azules y a los anglicismos, seguirá haciendo lo revolucionario: mirar a los ojos a un niño, ver que está perdido y, con paciencia infinita y sentido común, explicarle las cosas otra vez. Simplemente haciendo lo que hay que hacer.
Qué vulgaridad, ¿verdad? Y encima, gratis.
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