Un país extranjero
No recuerdo dónde la vi por primera vez; quizá, en los desaparecidos cines Alphaville, uno de los reductos para cinéfilos que quedaban en Madrid a principios de la década de 1990, tras la desaparición de la mayoría de los cinestudios; pero, fuera donde fuera, recuerdo lo que pensé al salir de la sala. Aquello no era “burgués de la cabeza a los pies”, como escribió Lindsay Anderson en ¡Salga y empuje!, uno de los manifiestos del movimiento de los jóvenes airados; no daba la espalda a las consecuencias de los procesos de privatizaciones y tercerizaciones que se habían puesto en marcha la década anterior; no se encogía de hombros ante lo que luego se llamaría gentrificación y, además de denunciar lo que pasaba, también nos representaba a un segmento concreto de los jóvenes a través de Susan y Steve, los personajes interpretados por Robert Carlyle y Emer McCourt, respectivamente. La película se llamaba y se llama Riff-Raff; el director, Ken Loach.
Tuve ocasión de conocer bastante la Inglaterra de finales de los ochenta; no el Londres de la obra, sino el norte, el escenario de la masiva huelga minera que estuvo a punto de hundir a la madre de casi todo lo que ha pasado después, Margaret Thatcher. Los resultados de su “no hay alternativa” (al neoliberalismo, claro) estaban por todas partes, en la oscura gama de grises de la precariedad generalizada y la destrucción de los vínculos comunitarios. Por supuesto, no era eso lo que aparecía en los grandes medios; entonces, como ahora, pintaban el mundo con colorines de “capitalismo popular”, otra de las demagógicas ocurrencias de la dama en cuestión; y por debajo, anunciando males peores, sobresalía el problema más determinante en última instancia: que se había abandonado la lucha desde lo político hasta lo cultural, sindicalismo incluido. Se estaba empezando a pasar, como dijo el propio Ken Loach en —al hilo de El viejo roble (2023)— “de la memoria de aquella solidaridad y su reactivación” a la “amargura y la ira” ciegas, tan aprovechables por los vendedores de humo.
Una vez, pidieron a Gabriel Celaya que preparara una antología de sus textos. Nuestro gran poeta, que desde luego tenía claro lo que quería decir y a quién se quería dirigir, reunió los poemas que consideró apropiados, se molestó en añadir apostillas para que los lectores jóvenes entendieran mejor el contexto y le puso un título sacado de una cita de Engels: El hijo rojo, el que “sirve de guía” a quien pretende comprender la Historia. Celaya sabía que las generaciones que desconocen dicho hilo se condenan a sí mismas y, en consecuencia, jugó con su propia obra para enfatizar la importancia de agarrarlo, cuidarlo y, en última instancia, pasarlo a otros. La Inglaterra que yo conocí ya lo estaba despreciando; ya rechazaba la experiencia y los conocimientos que, en el argumento de Riff-Raff, representa Larry (el actor y activista Ricky Tomlinson). España tardaría un poco más; pero, cuando se perdió la experiencia heredada, sin la que no se habría podido organizar —por ejemplo— el mayor movimiento de desobediencia civil desde la guerra de Vietnam, se cayó en algo muy parecido.
Volviendo a Loach, seguro que algunos y algunas de ustedes se acuerdan del momento en que Susan pregunta a Steve si no se deprime nunca, y él responde: “No, las depresiones son para la clase media. Los demás nos tenemos que levantar a primera hora”. Sarcasmo al margen, se nota que los treinta y cinco años transcurridos desde el rodaje de la película no han hecho otra cosa que ensanchar y profundizar la herida que mostró Bill Jesse, el antiguo obrero de la construcción y marino mercante que escribió el guion para el director británico. Las condiciones materiales, nuestra posición en la vida, lo que creemos ser, lo que de hecho somos. Y al fondo, detrás de la cámara, un creador que siempre parte de máximas como esta: “Tenemos que contar la historia de la clase trabajadora, contar la historia de sus luchas” para que se sepa “qué podríamos haber ganado, cómo lo podríamos haber ganado y qué fuerzas están contra nosotros” (Red Pepper Media. Entrevista de Hilary Wainwright).
Estaría bien que el pasado fuera “un país extranjero”, como afirmó L.P. Hartley en El intermediario, cuya versión cinematográfica es hija de dos gigantes (Joseph Losey y Harold Pinter); estaría bien porque, si no le diera por invadir el presente, nos podríamos limitar a visitarlo de vez en cuando y regresar a nuestro tiempo sin un solo rasguño. Sin embargo, la realidad es más prosaica, y lo que dice a través de la obra de Ken Loach nos sigue mandando a urgencias todos los días. Riff-Raff, Lloviendo piedras, Ladybird, Ladybird, Mi nombre es Joe, Pan y Rosas, elijan. O, por lo que tiene de absoluta y desgraciadamente actual, La cuadrilla, con sus cinco trabajadores afectados por la liberalización de los ferrocarriles británicos.
0