El mundo recibido
A principios de enero de este año, la Confederación de Sindicatos de Trabajadores y Trabajadoras de la Enseñanza (STE–Intersindical) publicó un informe sobre la situación del sector en España del que seguramente habrán tenido noticia por los medios de comunicación. Su título es tan ilustrativo que casi lo dice todo (Causas del estado de malestar docente) y, en cuanto a las opiniones de los profesores, recogidas en él a modo de encuesta, son de indiscutible gravedad: salarios insuficientes, masificación de las aulas, falta de recursos materiales, falta de apoyo institucional y burocracia excesiva, que se define como “puro teatro” consistente en “rellenar hojas con protocolos infinitos”; pero lo que más llamó la atención de la mayoría de los medios no fue eso, por crucial que sea, sino el aumento de las “agresiones verbales y/o físicas” por parte de los alumnos y sus familias.
Dejando a un lado el peculiar detalle de que los defectos estructurales de la educación pública alarmen menos que los excesos de unos cuantos, es obvio que el panorama también es preocupante en ese sentido. Lo que hoy se ve en colegios e institutos es un reflejo directo de la sociedad actual y un anuncio de males peores. Agravios, ofensas, injurias, amenazas, agresiones físicas y, como resumen del problema en conjunto —es decir, más allá del puramente disciplinario—, una palabra terrible que, desde mi punto de vista, es el verdadero signo de estos tiempos: “indefensión”. En tales circunstancias, los comentarios que salpican el estudio no deberían sorprender. “Tenemos que ser psicólogos, asistentes sociales y enfermeros sin formación ni recursos”. “Las familias nos exigen, pero no nos apoyan; somos culpables de todo y héroes de nada”. Y en las conclusiones, entre quejas como la relativa al “desfase creciente entre los ingresos y el coste de la vida” (con la especulación inmobiliaria de por medio, claro), una consecuencia inevitable: que el objetivo de enseñar está pasando a segundo plano, hasta el punto de que “una buena parte” del profesorado ya “sólo busca sobrevivir hasta la jubilación”.
Antes de dejar a un lado el estudio de la STE, quédense con esta frase: “sin docentes no hay escuela; sin escuela no hay educación; sin educación no hay ciudadanía”. Antonio Machado, habitual en esta columna por buenas y creo que necesarias razones, comentó en su indispensable Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936), que sus alumnos no aprenderían otra cosa de él que “lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida, a desconfiar de vosotros mismos”. Evidentemente, no se refería a alimentar la inseguridad; nuestro gran poeta, quien confesaba tener un diablo dentro, tiraba de su típica sorna para enfatizar que abogaba por la creación de pensamiento crítico, no por la obediencia o la corrección académica (“yo soy la incorrección misma”, avisaba); y como republicano integral que era, sabía de sobra que la educación pública no es separable de un proyecto concreto de país. Ya en 1913, el hombre que “tuvo la fortuna de ser alumno de don Francisco Giner de los Ríos y otros extraordinarios maestros” de la Institución Libre de Enseñanza (Antonio Machado, historia y poesía, de Juan Marichal) había puntualizado que no se puede “formar españoles” si no se sabe o no importa en qué consiste eso (El liberal, 5 de marzo).
Ninguno de los grandes pedagogos y pedagogas de la Historia, desde Juan Luis Vives (Introductio ad sapientiam) hasta Jean Piaget y Paulo Freire, pasando por Francisco Ferrer Guardia (La escuela moderna), Antón Makárenko (Poema pedagógico) o Manuel Bartolomé Cossío, impulsor además de las Misiones Pedagógicas de nuestra II República (busquen su antología en la librería del Ministerio de Educación), desestimó nunca la importancia del marco político. Formar seres libres no es lo mismo, no implica el mismo esfuerzo y, por supuesto, exige de muchos más recursos que fabricar vulgares tornillos de la máquina social. Eso es así en cualquier caso y, cuando se opta por lo segundo en un contexto de individualismo capitalista extremo y se combina con un desprecio general de la cultura, una abrumadora extensión de la precariedad y la más que justificada sospecha de que el futuro será peor que el presente, no se puede esperar que las aulas sean un ejemplo de rebeldía bien entendida. Los jóvenes, todos los jóvenes de todas las generaciones, son hijos del mundo que han recibido; no son la causa de los problemas, aunque sin duda los pueden empeorar, sino su efecto.
En el n.º 3 del Boletín de la escuela moderna, Ferrer Guardia, fusilado por el régimen monárquico el 13 de octubre de 1909 pese a la indignación internacional, las protestas de autores como Gabriel Alomar y Benito Pérez Galdós y las denuncias de medios como El Pueblo (de Vicente Blasco Ibáñez), hizo un llamamiento “a los intelectuales” con este objetivo: librar al mundo, a través de sus obras y actitudes, “de dogmas autoritarios, sofismas vergonzosos y convencionalismos ridículos como los que desgraciadamente forman el mecanismo de la sociedad presente”; y ese es el quid de la cuestión, porque mejorar la educación en serio implica mejorar la sociedad, y no se va a mejorar nada mientras sigamos en el círculo vicioso de la insolidaridad y la indiferencia ante la destrucción del bien común. Con tales mimbres, ni siquiera cabe la razonable petición del profesor Antonio Machado en su Juan de Mairena: “un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas”.
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