Así se ha recuperado la montaña tras la única demolición de una pista de esquí en Europa
Juan Antonio Vielva salió a dar un paseo montaña arriba en pleno invierno. Estaba nevado y quería verla bajo el manto blanco sin cables, sin pilonas de hormigón, telesillas, remontes, construcciones, ni cabinas de motores. A unos 2.000 metros de altitud se encontró a un señor mayor sentado en una piedra, que lloraba. Vielva, que entonces era director del Parque Natural de Peñalara, le ofreció ayuda, pensó que había sufrido un percance; pero aquella persona no podía creer que tenía delante de nuevo ese paisaje; estaba convencido, le dijo entre lágrimas, de que moriría sin ver Peñalara en su forma original, como había sido tantos años antes.
Todo empezó con una vía de tren, un club alpino y una ley de la época franquista que aspiraba a convertir esta parte de la Sierra de Guadarrama en la Manga del Mar Menor; un lugar de interés turístico nacional que preveía bloques de chalets al borde de la laguna de Peñalara, un valioso ecosistema glaciar. Aquel intento de operación inmobiliaria a lo bestia y de turismo de masas se quedó en una estación de esquí enclavada en el puerto de los Cotos. Parece de lo más natural ver a esquiadores, enfundados en sus trajes, subir a un telesilla impulsado por un motor para ascender todo lo que se pueda y después deslizarse ladera abajo. Pero en nuestra cultura pensamos menos, si es que lo pensamos, cómo se llamaban las especies de árboles que se talaron para hacer posible ese disfrute, en los arroyos y cursos de agua que se desviaron, alterando el ecosistema, o en el alquitrán esparcido bajo la nieve, necesario para que la humedad no arruine la experiencia en la pista.
Cuando Peñalara fue declarado parque natural en 1990 por sus excepcionales valores ambientales y paisajísticos, ya eran muchas las personas a las que una estación de esquí en semejante paraje les parecía una anomalía: académicos, conservacionistas, profesores de universidad, escritores. Desde esa fecha y durante los siguientes años, la empresa propietaria de la estación, que también tenía permiso de construir, hacía planes urbanísticos y de ampliación, mientras se organizaba una ofensiva que terminó con la expropiación de Valcotos, como se llamaba el complejo de esquí alpino. “Recibí amenazas, contrataron a abogados para ir a buscar a la gente del pueblo y que cobrara el lucro cesante por las pérdidas que iba a tener al cerrar la estación”, rememora Juan Antonio Vielva. Esa misma gente preguntó tiempo después si alguien vendría a cobrarle el dinero extra que ahora ganaba; una vez desaparecida la estación, le iba mucho mejor porque acudían más personas a disfrutar de la nieve y del entorno que cuando solo iba el exclusivo mundo del esquí.
Quien compró Valcotos para restaurar el espacio natural fue la Comunidad de Madrid por decisión de Alberto Ruiz-Gallardón. “Fue la valentía política de la derecha en Madrid de ese momento. El PP de entonces atendía estas cosas, escuchaba, eran otros tiempos”, recuerda con pesimismo Vielva.
Valcotos era una estación muy pequeña, poco más de tres kilómetros de pistas; algo insignificante si se compara con Los Tres Valles en los Alpes franceses, una de las más grandes del mundo, con 600 kilómetros de pistas. Pero Valcotos fue la primera y por ahora la única estación de esquí del país y de Europa que se ha desmantelado para recuperar la montaña en su estado original. El proyecto de restauración, que aún hoy permanece activo, sigue siendo pionero y un referente.
“Guadarrama no es los Alpes, pero es el símbolo donde nace en gran parte la conciencia ambiental en España, en el siglo XVIII los naturalistas venían aquí”. Dice esto Julio Vías, una de las personas que más sabe sobre esta sierra. De paseo por la antigua estación una mañana de febrero, señala una pendiente donde solo se ven pinos, ni rastro de remontes, ni vallas, ni casetas, nada. “La última vez que subí en el telesilla fue en 1997, dos años antes de que lo desmantelaran, esto ha cambiado radicalmente; estabas en la Morcuera, al atardecer, y veías el perfil de la sierra plagado de remontes”.
El antiguo director del parque, Vielva, reconoce que cuando empezó la restauración no sabían qué hacer, nadie había hecho algo así antes. “No teníamos ni idea”, se ríe. Todo fue prueba y error, siguiendo el principal consejo que le dio el botánico y ecólogo Pedro Monserrat, cofundador del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, un centro pionero y muy avanzado. “Me dijo, Juan, lo que no sepas, no toques”.
Pero lo titánico ya no solo era recuperar el paisaje, sino hacerlo de forma manual, sin medios mecánicos para no dañar la montaña más de lo que ya estaba. Y a esa altitud. Cuatro operarios contratados por la empresa pública Tragsa metían piedra a piedra los enormes bloques de hormigón de las construcciones dentro de bolsones de obra que un helicóptero transportaba después montaña abajo. Las grúas empujaban los pilones y las ruedas sobre las que daban la vuelta los telesillas; se montaron andamios bajo las enormes estructuras de hierro para retirar las piezas. Dentro de todo, esa fue la tarea más sencilla. El día que aquel señor lloró por ver de nuevo el paisaje de Peñalara, aún faltaba recuperar la topografía de toda aquella sierra.
Los suelos habían quedado tan degradados que no se podía plantar nada, había que conseguir tierra, y se fue a por ella a los cortafuegos de la Morcuera, pues su composición y altura eran parecidas. La consigna de la dirección del parque era: nada de especies comerciales, hay que regenerar con vegetación original. Así que el equipo deshacía las boñigas de las vacas que pastaban, pues ahí dentro estaban las semillas; después se hacía un cercado, segaban y las esparcían. El material vegetal se subía con animales. “Tuvimos muchos disgustos, se quitaba la nieve y de nuevo todo estaba seco, marrón, yo decía me cago en…”, recuerda el antiguo director.
No todo fueron logros. En Peñalara faltan praderas. “Quizá fue culpa mía, que no insistí lo suficiente”, dice Vielva. Los piornos se han extendido, pero la intención de la restauración era obtener un paisaje más diverso. Se le ocurrió que con un pastor de ovejas que supiera guiarlas muy bien, las boñigas de los animales dispersarían semillas hasta crear un tapiz. “Ofrecíamos alojamiento y un sueldo, pero no encontré ningún pastor de montaña que quisiera venir. Ahora esas zonas donde hay piornos serían praderas”.
Las imágenes aéreas muestran cómo poco a poco un entorno destruido ha ido recuperando su identidad, el color verde se extiende y han vuelto los piornos, los cambroños y los pastizales. “Juan, no te atreverás a romper el aparcamiento de Cotos y recuperar el arroyo de los Cotos, es fundamental para la salamandra, que está desapareciendo”, pidió un especialista en anfibios. Y así se hizo. En una segunda visita a la antigua Valcotos, un grupo de niños juega con la nieve en la pradera que se creó después de quitar una parte del aparcamiento; ahí se oye correr el agua del arroyo a pocos metros de donde estamos.
El físico Luis Durán no recuerda bien cuánto le quedaba a la estación de esquí cuando él subía por el telesilla. Se montaba en verano con una mochila en la que llevaba un pluviómetro, un sensor de temperatura del aire, de humedad relativa del aire, unas baterías que pesaban bastante, un ordenador de los años 90 “que era un ladrillaco”, un bocadillo y agua. No quería hacer el servicio militar, así que, con la Comunidad de Madrid desbordada por las peticiones de objetores de conciencia, como la suya, se adelantó y pidió montar una estación de meteorología automática; una cosa bastante rara, como él mismo reconoce, pero es que quería saber qué pasaba por encima de la cota de los 1.800 metros.
“A partir de la venta Marcelino, a unos 2.100 metros, no se sabía nada sobre las condiciones meteorológicas de la montaña”. A los gestores del parque les pareció una buena idea, y por ese telesilla Durán fue subiendo poco a poco el material necesario para tener ojos a una altitud elevada. Han pasado 25 años y hoy este físico y profesor asociado en la Universidad Complutense de Madrid tiene un pequeño equipo de investigadores con el que sigue subiendo; han desarrollado una herramienta para integrar sus datos recogidos durante todo este tiempo y otras bases de datos y han reconstruido una serie de 1900 a 2025.
Lo que cuenta esa serie es que la temperatura mínima aumenta 1,4 grados cada 50 años, y que ha habido una disminución de días en los que nieva a 14 días cada 100 años. “Hay evidencia científica de que el número de días en los que nieva ha bajado, y esto es fundamental, la lluvia cae, escurre y acaba en los pantanos antes. Un manto de nieve permanente que se va fundiendo poco a poco hace que el recurso hídrico se conserve muy bien, las montañas llenas de nieve son embalses gratis, generan biodiversidad, ocio, paisaje, es lo mejor que podemos tener; que eso pueda ser agua directamente es un problemón”.
A siete kilómetros, Navacerrada abrió solo dos días en 2024. “Hablo desde hace 25 años con los consejeros de medio ambiente, he conocido como a 16, todos del PP, algunos amigos, y hasta la llegada de Isabel Díaz Ayuso todos estaban de acuerdo en que no tiene ningún futuro”, incide Julio Vías. Mientras, el panel informativo de la obra de restauración de la antigua Valcotos, que estuvo visible durante todo el proceso, deja un mensaje bastante elocuente, en un momento en el que el cambio climático no parece dar mucho espacio al negocio del esquí: “Cada vez que restauremos un pedazo de naturaleza, que quitemos un artificio donde sobra, estaremos contribuyendo no solo a reparar un daño al mundo, sino también a recobrar un escenario de libertad”.
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