Gato por liebre
A mediados de este mes, alrededor de 800 escritores y creadores estadounidenses de todo tipo pusieron en marcha la campaña Stealing isn’t Innovation (“robar no es innovar”), dependiente de la Human Artistry Campaign, una coalición de más de 180 organizaciones internacionales comprometidas con una utilización responsable de la Inteligencia Artificial generativa (IAG). Por supuesto, su preocupación no era la de determinadas instituciones asociadas al poder, cuyo concepto de la piratería excluye sistemática y convenientemente a los grandes ladrones, sino justo la contraria: afirmaban, como la plana mayor de los artistas de todo el mundo, que lo que han hecho y siguen haciendo las megacorporaciones tecnológicas con su producto es “simple y puro latrocinio”; un robo generalizado de obras, sin más.
Robar es una cosa curiosa. Si ustedes y yo encontramos el modo de piratear todo lo que se publica, pueden estar seguros de que la Justicia se dará un festín con nosotros; si lo hacen unas cuantas grandes empresas, la Justicia procurará no mirar y, si además lo hacen con alguna excusa bonita –la modernidad, el progreso de la humanidad, etcétera–, se premiará al ladrón y denigrará a la víctima. Nada nuevo bajo el sol, dirán; no, nada, ciertamente; pero, en este caso, los multimillonarios que así actúan están destruyendo sectores culturales enteros, y no hay semana que no se rebele alguien más, como también ha pasado en enero con una de las principales convenciones de cómic de Estados Unidos, la Comic-Con de San Diego, que se ha negado a aceptar materiales creados “parcial o totalmente” con IAG. Cuanto más tiempo pasa, más claro queda que el objetivo último de los supuestos innovadores es el que comentaba otro grupo de escritores el año pasado: “eliminarnos completamente de la ecuación para que los que están en la cúspide de la estructura capitalista se beneficien aún más de lo que ya se benefician de nuestro trabajo” (An Open Letter from Writers to Publishers).
Cualquiera que conozca el asunto sabe lo que se va a intentar; nuestros queridos ejecutivos pretenden cerrar el conflicto en falso, ganándose a las grandes intermediarios de la cultura –periodismo incluido– con unos cientos de millones que, por supuesto, no llegarán a los bolsillos de los damnificados, los trabajadores y trabajadoras del sector. Personalmente, espero que el combativo ejemplo que están dando organizaciones como la FADIP, la federación de ilustradores profesionales de España, se extienda y contribuya a romper la omertá que rige aquí, la ley del silencio. Sin embargo, y por mucho daño que nos esté haciendo a los creadores, la IAG sólo es una parte del problema de la IA en general, que grosso modo no deja de ser otra estratagema para transferir rentas del trabajo a un puñado de ricos. Y para empeorarlo todo, resulta que, tecnológicamente hablando, sólo hay un término de los dos de la IA que sea correcto: “artificial”, porque hasta un botijo tiene más posibilidades de acabar siendo “inteligente” que la farsa que se está vendiendo.
En junio del 2025, el escritor británico Adrian Tchaikovsky, uno de los más conocidos de la ciencia ficción actual (si no lo conocen, empiecen –por ejemplo– por Linaje ancestral o Herederos del tiempo) declaraba esto a la revista Nautilus: “Lo que la mayoría de la gente describe como IA no es IA. La investigación actual en inteligencia artificial lleva seguramente 10 o 20 años de retraso”; en parte, añadía, porque “los fondos que deberían ir a proyectos válidos están acabando en ese disparate”. Ni siquiera hace falta acudir a filósofos como John Searle y su experimento de “la habitación china” (Mentes, cerebros y programas) para saber que nos están dando gato por liebre, y que lo máximo que se puede sacar por ahí, aparte de destruir decenas millones de puestos de trabajo y destrozar un sinfín de sistemas que funcionaban bien, es que determinadas personas se hagan pasar por dibujantes, músicos o relatistas gracias al gigantesco collage de la IAG o que la mayoría nos enteremos más o menos de lo que significa una frase en suajili con alguno de los necesariamente chapuceros traductores automáticos.
La inteligencia no está en ese camino. Es posible que Terry Pratchett tuviera razón al afirmar en Papá Puerco que “la estupidez real siempre vence a la IA”, pero estamos muy lejos de algo parecido al Yo, robot de Isaac Asimov o del magnífico Mike/Michelle de Robert A. Heinlein en La luna es una cruel amante. Hace un par de años, Noam Chomsky, Ian Roberts y Jeffrey Watumull escribían en el New York Times que resulta “cómico y trágico al mismo tiempo, como Borges quizá habría mencionado, que se dedique tanto dinero y atención a algo tan insignificante”; sobre todo, porque esa forma falsa de IA puede “degradar nuestra ciencia y envilecer nuestra ética al incorporar a nuestra tecnología una concepción fundamentalmente errada del lenguaje y el conocimiento” (La falsa promesa de ChatGPT). Ojalá que esa preocupación vaya más allá de unos pocos lingüistas y un ejército de creadores precarizados. La distopía no es, aunque lo parezca, una simple pesadilla literaria.
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