La verdad de Anna
La mujer se llama Anna Fierling, aunque pocos lo recuerdan al final de la obra. Vende, trapichea, tira de una carreta y, en su momento más doloroso (la escena XII), está cantando al cadáver de su hija, cuyo nombre procede de Hécate, la pureza o la tortura según la etimología griega que se elija: Kattrin, Catalina en castellano. La han matado cuando tocaba un tambor; lo tocaba por salvar a su madre, dura a la fuerza, superviviente nata. Anna conoce su lugar en el mundo y, como se gana la vida con lo que está pasando en el suyo, tiene una opinión contundente al respecto: “No dejaré que me amarguen la guerra. Dicen que extermina a los débiles, pero también los exterminan en tiempos de paz; con la diferencia de que la guerra alimenta mejor a su gente”. La obra, como se habrá adivinado, es Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht; el contexto histórico, la Guerra de los Treinta Años.
Estos días se está hablando bastante del final de aquel conflicto, la Paz de Westfalia, base del concepto de soberanía nacional y del Estado-nación moderno. Se afirma que el nuevo emperador lo ha puesto en peligro, como si hasta ayer estuviéramos en el lúcido y republicano programa que propuso Inmanuel Kant en Sobre la paz perpetua y no en algo parecido a un neofeudalismo de las grandes corporaciones, gracias a la globalización neoliberal. Se afirma que ha abierto la caja de Pandora en lo relativo a las relaciones internacionales, como si esa caja no se hubiera abierto una y otra vez desde Westfalia ni hubiera perdido la tapa tras la caída de la URSS (véanse Yugoslavia, Irak, Libia, Afganistán, Siria, etc.). Se afirman muchas cosas inexactas que, no obstante, invitan correctamente a curarse en salud, porque las rupturas sustanciales de lo que Maquiavelo llamó “leyes antiguas” –refiriéndose, por supuesto, al status anterior que proceda– están enganchadas a este aviso para navegantes: “todos los profetas armados han triunfado, y fracasado todos los que carecían de armas” (El príncipe). Trump lo sabe, y huelga decir que tiene su propia idea del Leviatán (Hobbes).
Ahora bien, las componendas de los grandes y los discursos que utilizan para salirse con la suya, donde el derecho siempre está tan de su lado como antaño lo estaba Dios, no nos deberían confundir. La violencia es inherente al poder (vuelve Hobbes); eso no es una invención del nuevo emperador, cuya única contribución de facto a los anales de la extravagancia es decir con tanta brutalidad como descaro lo que en general se oculta tras eufemismos a la opinión pública. Si queremos salir de “la era de la explotación” de la que hablaba Brecht en Refugio nocturno, hay que mirar la realidad de frente y, una vez asumida esta, trabajar por otra realidad. Nunca ha surgido nada útil de ningún debate sobre el sexo de los ángeles; no en términos políticos, puesto que se crean precisamente para impedir que se vean los problemas reales, como es lógico. Pero quien prefiera una fantasía a una dura verdad, haría bien en asegurarse de no estar más cerca del mundo de Anna Fierling de lo que imagina.
Es poco probable que vayamos a caer –por lo menos, de momento– en situaciones vagamente parecidas a la de la Guerra de los Treinta Años, que Friedrich Engels resumió así en su introducción a En memoria de los furibundos patriotas de 1806–1807, del revolucionario alemán Sigismund Borkheim: todo fue “hambre, enfermedad, caída general en la barbarie” y, de paso, “quiebra universal” y “colapso de los viejos Estados y su convencional sabiduría política”. Uno de los autores de nuestro Siglo de Oro, cuya última fase coincide con aquellas décadas del siglo XVII, lo expresó con un sarcástico “ahora todo es guerra” que, desde luego, no era ninguna exageración (Luis Vélez de Guevara, en El diablo Cojuelo). En cambio, es muy fácil que la guerra más larga de todas, la de clases, nos termine arrastrando a otro tipo de barbarie por el simple hecho de no reconocerla, de negar su existencia. Se ha convencido a la gente de que eso es cosa del pasado y, en lugar de unirse a los suyos para plantar cara, se han hecho adictos a las cabezas de turco que les ofrece la reacción y el propio sistema central.
En sus notas a Madre Coraje y sus hijos, Bertolt Brecht dice que “los que miran las catástrofes mal esperan que los involucrados aprendan algo”, y puntualiza que cuando “las masas son objeto de la política” –no sujeto, se sobreentiende– achacan su desgracia al destino y “aprenden tan poco de la catástrofe como el conejo de un científico aprende de biología”. Anna, mujer fuerte, obligada por los acontecimientos, acaba “creyendo en la guerra al final”, incluso después de que maten a su hija. Le canta al cadáver; pierde la razón durante unos instantes, creyéndola dormida; pero luego se levanta y grita un definitivo “¡Llevadme!” al regimiento que pasa junto a ella. Lean la obra, si no la han leído ya. Digan lo que digan, no estamos obligados a tropezar todas las veces en las mismas piedras.
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