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Nota al pie

El traductor

Antonio Rivas
3 de enero de 2026 22:29 h

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No es de extrañar que, al salir del hospital, me viniera a la cabeza El talón de hierro, de Jack London. Cada cual afronta su duelo como puede, y supongo que algo optó en mí por atajarlo un rato, concentrarse en el distópico contexto y derivar el dolor y la rabia hacia un espacio donde la razón no se sintiera impotente: el de las salas abarrotadas, la falta de medios, los guardias de seguridad por todas partes, la manifiesta pobreza de la mayoría. Habrá quien lo considere imposible, pero eso se puede cambiar; no es, a diferencia del motivo que me había llevado allí, irrevocable. Hasta la ciudad lo afirmaba tras el paisaje de la hora, que sumaba el páramo de la madrugada que era, última del año, 31 de diciembre, al páramo de cualquier madrugada en los barrios de trabajadores cuando el alba ya se barrunta.

Arriba, en la esquina de una estancia larga y estrecha, un padre y una madre velaban a su hijo, el esposo de la mujer que los acompañaba y sostenía el mundo entero con sus menguadas fuerzas mientras el hombre al que amaba se acercaba a su último minuto, por culpa de un ictus. “No me lo puedo creer”, dijo ella, Marisa, en determinado momento; nadie podía, puede. Había sido repentino, sin proceso anterior, imprevisible; había sido –es todavía, y lo seguirá siendo– un suceso de los que cuesta asumir no sólo por su importancia, sino también por su arbitrariedad y su rapidez, en mitad de una frase, interrumpiendo para siempre la narración. De hecho, no tiro de metáfora al plantearlo en esos términos, porque el hombre al que velábamos, Antonio Rivas Gonzálvez, Gorinkai, había hecho de la literatura su forma de vida, y todos los que compartimos esa forma de vida estamos permanente y literalmente en algún tipo de narración; en su caso, como uno de los mejores traductores literarios que ha habido nunca en nuestro país.

Conociendo a Antonio, me consta que le habría parecido divertido que me acordara de London en semejante situación. ¿El talón de hierro? ¿Y por qué no Huxley en Un mundo feliz, o J. G. Ballard, Dick, el Vonnegut de Matadero cinco? Ni yo mismo lo sé. Pero de ninguna manera se podría afirmar que fue un detalle extemporáneo; la literatura es la literatura y, si además se comparten –como compartíamos nosotros– preocupaciones sociales, el resto se adivina sin necesidad de explicaciones. La emoción busca lo que necesita, y es obvio que mi rabia no iba a buscar, por ejemplo, La noche a través del espejo, de nuestro querido Fredric Brown, llena de lo que mi amigo describió una vez como “un universo de Lewis Carroll salpicado de asesinatos, robos de bancos y casas encantadas”; ni eso ni ninguna de las obras donde tuvimos ocasión de trabajar juntos, desde La verdadera guerra de los mundos (João Barreiros) y Espadas en la niebla (Fritz Leiber) hasta Solo (Stanford Whitmore), cuya corrección corrió a su cargo. Habría sido demasiado personal, demasiado doloroso, justo lo que mi enfado político intentaba impedir.

El oficio de traductor literario está entre los más desagradecidos del desagradecido oficio de crear. En España, se paga tan mal que muy pocas personas pueden vivir de ello y, para empeorar las cosas, se considera una ocupación menor, indigna de reconocimiento alguno. Tiene gracia que uno de los aspectos más complejos de la palabra escrita y, en consecuencia, del pensamiento, reciba ese trato; dice mucho sobre esta esquina de Europa. Sin embargo, y como he adelantado antes, el hombre que falleció alrededor de las nueve de la mañana del miércoles pasado en un hospital del sur de Madrid, cerca del barrio donde se crió (Villaverde Alto), vivía de y para la traducción literaria contra viento y marea, como se suele decir. No estaba en ella para el imposible de que las instituciones nacionales reconocieran su amplia trayectoria; amaba la literatura y, como era un magnífico profesional y una gran persona, su muerte ha dejado conmocionado al sector donde más se prodigaba, el de la ciencia ficción y la fantasía, el más comprometido –al menos, por el lado de los lectores y lectoras– de todo el sector de la edición.

Quien no tuviera el honor de conocerlo y quiera saber quién fue, quién sigue siendo en el corazón de los que jamás le olvidaremos, lo tiene tan fácil como leer los mensajes de escritores, traductores y editores en los rincones donde la verdad cuenta y lo importante importa, es decir, lejos de los grandes medios, cuyo negocio es otro. Quien no conozca su trabajo, descubrirá que el problema no es encontrarlo, sino elegir: Héroe en las sombras (David Gemmell); Metropol (Walter Jon Williams); Bill, héroe galáctico (Harry Harrison), en colaboración con Natalia Cervera de la Torre; El jinete de la onda del shock (John Brunner); La caida (George R.R. Martin); La jungla de cemento (Charles Stross); El fénix en la espada (Robert E. Howard), etcétera, etcétera, hasta llegar a los últimos tiempos, que eran los de la Saga de los huesos verdes, de Fonda Lee, con quien estuvimos cenando en noviembre tras su paso por el XVII Festival Sui Géneris, “consagrado a la memoria, la imaginación y la disidencia”.

Creo recordar que el estado en el que me encontraba cuando salí del hospital rozaba la definición de casi totalmente disociativo; incluso ahora, he acudido a él para escribir este texto sin perder la perspectiva necesaria, deformarla con el egoísmo del sentimiento mal entendido o, peor aún, ser incapaz de terminar. Que Antonio Rivas Gonzálvez formara parte de mi familia elegida no es relevante aquí; que mejorara el mundo por el procedimiento de crear y haberse convertido en modelo a seguir, lo es sobradamente. Había nacido un 4 de enero de 1965 y, para ser sordo, nos ganaba a bastantes en oído literario.

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