Mercosur y La Palma: el plátano vuelve a estar en la cuerda floja
La foto del día se tomó lejos, muy lejos de aquí. Pero el efecto se nota cerca, casi al mismo tiempo que uno estira la mano en la frutería y mira dos veces el precio. Europa ha firmado el acuerdo con Mercosur y, mientras en los despachos se habla de estrategia y de mercados, en La Palma se vuelve a hacer lo de siempre cuando el cielo se encapota: sacar la libreta, echar números y ver por dónde puede venir el golpe.
La escena oficial es la de siempre. Trajes oscuros, banderas bien planchadas, apretones de manos medidos. El acuerdo llevaba más de veinticinco años dando tumbos y, al final, ha salido. Sobre el papel va de bajar aranceles, abrir mercados y dejar claro que Europa sigue en el tablero en un mundo cada vez más atravesado. Hasta ahí, todo parece razonable. El problema empieza cuando uno deja el despacho y se mete en una finca de plátanos.
Aquí la lectura es otra. Menos grandilocuente y mucho más pegada al suelo. Cuando el mercado se llena de fruta más barata, el que vive con el margen justo empieza a contar los céntimos. No es un tratado de frutas, aunque desde Canarias lo parezca. Es un tratado de poder. Y en esa balanza, el plátano canario pesa lo que pesa una isla pequeña, con lo bueno y lo malo que eso tiene.
La escena chica que explica la grande
A primera hora, el empaquetado huele a plátanos verdes y a humedad. Se habla del riego, de los jornales, de si esta semana viene floja o medio se salva. Nadie nombra Sudamérica. Tampoco hace falta. El mapa real es una pizarra donde se apunta lo que entra, lo que se paga y lo que se va quedando por el camino.
Cuando alguien dice Mercosur, no suena a geopolítica. Suena a presión. Porque aquí no se compite en “Europa” como concepto. Se compite en el lineal de la Península, que es donde se juega casi todo. Si el precio se aprieta en un súper de Valladolid o de Cádiz, se nota antes de que termine el mes en Los Llanos o en Tazacorte. Sin dramatismos, pero sin cuentos.
Trump, el que no firma, pero empuja
En todo esto hay un actor que no sale en la foto, pero que está detrás de la prisa. Donald Trump. Su vuelta al primer plano ha acelerado decisiones que llevaban años atascadas. La amenaza de aranceles, guerras comerciales y ese aire de “cada uno a lo suyo” ha empujado a Europa a cerrar acuerdos rápido, aunque no todos salgan bien parados.
Desde Bruselas se ve como una jugada defensiva. Buscar socios, no quedarse colgada de un solo mercado, ganar margen. Desde Canarias, la sensación es más enredosa. Se entiende el movimiento, pero se sospecha del precio. Porque cuando se firma deprisa para cubrirse de Trump, alguien acaba pagando la cuenta en otro sitio. Y ese alguien rara vez está sentado en la mesa las firmas.
Por qué ahora y por qué con tanta carrera
Este acuerdo pasó años encallado entre vetos agrícolas, peleas ambientales y cambios de gobierno. Esta vez ha salido por una mezcla de urgencia y miedo a quedarse atrás. Europa quiere vender, comprar y asegurarse suministros en un mundo cada vez más torcido.
Visto desde aquí, la cosa se parece más a una puerta mal ajustada. Entra aire nuevo, sí, pero también se cuela la corriente. Y en una economía como la palmera, los catarros se notan rápido.
Firmado no es aplicado, pero el mercado se adelanta
Conviene decirlo claro. Que se haya firmado no significa que mañana cambien las reglas. El acuerdo tiene que pasar por el Parlamento Europeo y por más de una ratificación. Eso lleva tiempo.
El problema es que el mercado no espera. La gran distribución se adelanta, negocia con previsión y mueve ficha antes de que nadie publique nada. Y cuando hablamos de fruta, anticiparse es casi mandar. Dicho a lo canario: puede que el papel tarde, pero el runrún ya está montado.
La Europa que gana y la que aguanta
Quienes defienden el acuerdo hablan del balance general. Un mercado enorme, más exportaciones, más oportunidades para la industria y los servicios. Todo eso es verdad, visto desde arriba.
El problema es que no todos juegan en el mismo campo. Hay una Europa que vende coches y maquinaria, y otra que produce alimentos con más costes y más controles. En una hoja de cálculo, el saldo puede salir bonito. En una finca, la cuenta es otra: si hay relevo o si la tierra se queda ahí, medio aguantando.
El campo no protesta porque sí
El telón de fondo de esta firma es un tractor parado. Protestas, enfado, cansancio. El mensaje es claro: no se puede pedir más controles, más gastos y más papeleo al agricultor europeo y, al mismo tiempo, abrir la puerta a productos que juegan con otras normas.
No es solo cuestión de dinero. También es de equidad. Si aquí se prohíben sustancias y se endurecen reglas, el agricultor quiere saber si el que viene de fuera cumple lo mismo. Si no, la carrera empieza con trampas. Uno corre con zapatillas deportivas y el otro en chanclas. Y así no hay quien aguante.
Canarias parte con desventaja
Canarias no entra en esta historia como una región cualquiera. Es ultraperiférica. Lejos, fragmentada y muy dependiente de unos pocos cultivos. Sobre el papel, Europa promete tenerlo en cuenta. En la práctica, el papel no siembra. Siembra la rentabilidad, y esa aquí es finita.
El riesgo está claro. Se pierde preferencia en el mercado, crece la competencia en tropicales y las reglas sanitarias no siempre son iguales. Si eso no se corrige, el campo canario sale mal parado.
La Palma y el plátano
El plátano no es solo un cultivo. Es paisaje, empleo, cooperativas, transporte. Es una manera de sostener el campo y de que los bancales no se vengan abajo. Cuando funciona, todo alrededor respira. Cuando flojea, el efecto dominó llega rápido.
El acuerdo no prohíbe el plátano canario. No hace falta. Basta con apretar un poco más un mercado ya justo. El daño, si llega, no vendrá de golpe. Vendrá a base de semanas malas, precios que no cuadran y decisiones pequeñas que terminan pesando.
El precio manda, aunque no hable
La banana importada marca referencia en el súper. Si baja, arrastra la idea de lo que “debería” costar la fruta. Mantener la diferencia exige calidad, marca y una distribución que no juegue a apretar más de la cuenta.
La etiqueta protege el nombre, pero no protege el carrito. El cliente mira el bolsillo y elige. No tiene por qué saber que esa elección también dibuja el paisaje de una isla.
El POSEI, flotador, pero no chaleco salvavidas
Las ayudas sostienen el cultivo y compensan sobrecostes. Son clave, pero no infinitas. Si el precio cae de forma continua, el flotador se queda corto. Y entonces aparece la pregunta: cuánta ayuda hace falta para mantener un cultivo al que se le mete más competencia desde dentro.
Una oposición tan variada como reveladora
En España no hay unanimidad. Vox rechaza el acuerdo desde un discurso de protección del campo. Podemos también se opone, señalando la competencia desleal y la falta de reglas iguales. El Gobierno central lo defiende como una necesidad estratégica, aunque reconoce que hay sectores que salen perdiendo.
En Europa, Francia lidera el rechazo, con un campo muy movilizado y una clase política dividida. Otros países miran el acuerdo con recelo. No es ideología. Es supervivencia.
¿Se puede frenar o corregir?
La clave es política. El Parlamento Europeo tendrá la última palabra y ahí habrá presión y ruido. La vía legal existe, pero va lenta. Y para productos perecederos, la lentitud es mala consejera. Una semana perdida no vuelve. El plátano no espera.
Más que fruta
Desde los despachos se habla de estrategia y seguridad económica. Desde La Palma, el resumen es más corto. Se está usando a sectores frágiles como moneda de cambio. Y cuando el margen es chico, cualquier golpe se siente el doble.
El plátano no es un lujo. Es una forma de ordenar el territorio, de mantener el campo vivo y de que la isla no se quede vacía. Eso también es Europa, aunque a veces se les olvide.
Firmado está, la cuenta sigue abierta
El acuerdo ya está firmado. La factura aún no. En los despachos se hablará de millones. En el campo se hablará de precios y de futuro.
La pregunta que queda es sencilla: cuando Europa firma para protegerse de Trump y de un mundo cada vez más duro, quién protege a sus regiones más expuestas cuando el mercado aprieta.
Porque al final, el tratado no se lee en cientos de páginas. Se lee un sábado por la mañana, delante de una caja de fruta, cuando alguien duda un momento antes de elegir. Y en ese gesto pequeño, casi sin darse cuenta, también se decide el paisaje y la vida de La Palma.
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