Mi abuela Rosa
Mi abuela Rosa, a la que en algún momento le dio por decir que quería morirse a los 50 años, lo hizo el sábado a los 87. Cuando ella misma u otra persona sacaba el tema, contaba, entre risas, que conforme se iba acercando a su medio siglo de vida notaba como que se le iban quitando las ganas y que luego no le habían vuelto más, así que nos dejó sin ganas ningunas. Rosa, de Lima por más señas, llevaba el nombre de la primera santa de América y patrona del Perú porque mis bisabuelos siguieron con ella la tradición popular de poner a sus hijos el nombre que el santoral católico indicaba para ese día. Otra tradición, también bastante arraigada y practicada esta vez por mis padres, la convirtió mucho tiempo después en madrina de su boda y, a raíz de ello, en mi madrina de bautismo, al tocarme a mí la lotería de ser el primero de sus tres hijos.
En una vida tan larga –que para quienes la queremos siempre acaba siendo más corta de lo que hubiéramos deseado– hay espacio de sobra para alegrías y penas, para satisfacciones y decepciones, para momentos dichosos y momentos durísimos. Por ejemplo, formar una familia amplia y ver cómo vamos encontrando nuestro lugar en el mundo, pero también tener que huir por dos veces de la lava de un volcán y enfrentar la viudedad antes de tiempo. Y tal vez, quién sabe, si tremenda desgracia no hubiera sucedido, si un minuto antes mi abuelo o quien conducía el coche que lo atropelló fatalmente hubieran estado unos metros más allá o más acá, hoy podríamos estar consolándolo a él. Es verdad que tendría 98 años, una edad muy difícil de alcanzar, pero tampoco del todo imposible.
En cualquier caso, lejos de dejarse abatir por la soledad, se liberó de todo tipo de compromisos para centrarse en sí misma y vivir lo que muchos llaman ahora una “segunda juventud”, que para ella fue más bien la primera y única, con sus cinco hijos ya independizados, seis nietos en el mundo y otros seis que estaban por llegar. Ni las cabras, los conejos o las gallinas que tanto me gustaba observar de niño cuando la visitábamos se quedaron en la casa mucho tiempo más, y lo que solo unos años atrás conducía a muchas mujeres a sumirse en un luto perpetuo, equivalente casi a una muerte en vida, a ella le llegó en un momento en que todavía tenía la energía y, sobre todo, las ganas suficientes no para comerse el mundo, pero sí para pegarle todos los mordisquitos que pudiera.
Y así, a los 55 años se sacó el carné de conducir, posiblemente su mayor logro formativo individual y del que desde luego se sentía más orgullosa, pues siempre lamentaba los pocos años que había asistido a la escuela, aquellas paupérrimas escuelas de posguerra donde el mérito de los maestros no lograba compensar la escasez material de la época y apenas se aprendía más que a leer, escribir y hacer aritmética básica. Aprobó el examen teórico a la primera y el práctico a la segunda, haciendo callar alguna que otra boquita, convirtiendo en sorpresa el cachondeíto inicial y dándome a mí una comparación tan divertida como odiosa que luego pude utilizar contra amigos que, con diplomatura y máster en disciplinas nada fáciles, necesitaron bastantes más intentos que ella.
A partir de ese momento, pasó a manejar una agenda bien nutrida de actividades: manualidades de todo tipo, informática, canto coral… includo tai-chi. No había encuentro de la tercera edad, ni excursión de la asociación de vecinos ni convivencia de la parroquia a la que no se apuntara si le interesaba hacerlo. Tenaz y empecinada como ella sola, siempre estaba dispuesta, sin embargo, a ejercer de abuela acogiendo en su casa a una tropa de nietos durante fines de semana, fiestas o vacaciones de sus padres, a acompañarnos en los momentos importantes de nuestra vida o a estar pendiente de nuestros cumpleaños casi más que nosotros mismos.
Abuela Rosa, que hasta la cincuentena no había salido de Canarias, empezó a viajar todo lo que pudo y más: Alemania, Brasil, Francia, Israel, Italia, Palestina, Portugal y, por supuesto, la costa mediterránea española, desde Marbella hasta Lloret de Mar, pasando por Benalmádena, Fuengirola, Torremolinos, Almuñécar, Roquetas de Mar, Santa Pola o Benidorm. Estos últimos viajes, por obra y gracia del Imserso, a los que fue asidua.
¿Qué más puedo decir? Algunos de sus nietos, entre los que me incluyo, hemos hecho nuestro ese espíritu aventurero y esa respuesta tan suya que daba a todo aquel que, con retintín, le dejaba caer que estaba viajando demasiado: “sí, voy a dejar de ir ahora que puedo, para ir cuando no pueda”. Y es que la malísima noticia de su partida me pilla en el otro lado del mundo, a dos días y medio de viaje de La Palma en el escenario más optimista. Este artículo es la mejor forma que he encontrado de estar presente en la ausencia, de compartir con toda la familia, y particularmente con mi padre Alberto —a quien le debo mil abrazos y a quien va dedicado este texto—, el pesar, pero también la alegría de haber disfrutado durante tanto tiempo de la compañía vivaracha, optimista, risueña y besucona de abuela Rosa, que jamás me dio un beso solo: siempre eran como mínimo cinco o seis.
Ahora que se han puesto de moda frases de despedida un tanto ñoñas como “vuela alto”, “siempre estarás en nuestros corazones” o “hoy hay una estrella más en el firmamento”, mi yo niño preferiría quedarse con la simple explicación de que se fue al Cielo cuando no me la encuentre a mi regreso. Mi yo adulto, en cambio, optaría por la fórmula más cristiana, e incluso litúrgica, que ella sin duda prefería: rogar, junto a todos los que acudieron a su funeral en su querida ermita de San Nicolás de Bari, que brille para ella la luz eterna.
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