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Escribí un libro sobre Julio Iglesias que Ayuso no leerá; y, ahora, tú tampoco

Hans Laguna

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El martes 13 de enero, como de costumbre, me desperté muy pronto. Una vez más el insomnio me expulsó de la cama a una hora indecente. Me abrigué bien e hice lo propio con Ramona, la galga con la que vivo y a la que saqué a pasear con una Barcelona aún a oscuras. Hasta aquí nada raro. En el pipicán aproveché para echarle un vistazo al móvil y fue entonces cuando entendí que no iba a ser un día cualquiera. Tenía media docena de mensajes en WhatsApp e Instagram de gente a la que no conocía pero que, al parecer, habían madrugado (o trasnochado) más que yo. El contenido de todos ellos era muy parecido: “Hola, Hans. Soy X, periodista de [nombre de programa de una cadena de televisión o emisora de radio muy conocida]. Me gustaría invitarte a hacer una conexión en directo a las X horas de hoy para que nos des tu opinión sobre las nuevas informaciones que han aparecido sobre Julio Iglesias”.

Conviene tirar para atrás. En 2022 publiqué un ensayo que analizaba las estrategias que utilizó Julio Iglesias para conseguir un éxito masivo en los Estados Unidos en los años ochenta. Elegí su caso porque me permitió ilustrar de forma privilegiada los mecanismos que operan en la industria del espectáculo. Y también porque nadie, a pesar de su relevancia mundial, había analizado a Iglesias con una mirada sociológica. Nadie lo había diseccionado con una perspectiva de género, racial y de clase social. A Julio se le detestaba o se le admiraba con mayor o menor ironía, pero desde luego no se le convertía en objeto de estudio. Por eso jamás sospeché que el libro tendría la repercusión que acabó teniendo: desde su publicación, he concedido un centenar de entrevistas (no exagero) para medios españoles y latinoamericanos.

Tanta atención se explica, claro está, por Julio Iglesias y no por mí. Si el libro tenía algún interés informativo era por su exotismo (un insensato ha dedicado años de su vida a estudiar al cantante) y por algunas de las curiosidades que contenía (por ejemplo, que el español, gracias a Coca-Cola, llegó a ser más importante que Michael Jackson o que sus estrategias de comunicación fueron un precedente de las que utiliza hoy Rosalía). Enseguida descubrí, sin embargo, que el interés se debía a la gigantesca fuerza gravitatoria de Julio Iglesias, capaz de convertir automáticamente en noticia todo lo que le rodea.

“Tú que lo has analizado a fondo, ¿realmente se acostó con 3.000 mujeres? ¿Fue un mal padre? ¿Cuál es la clave de su éxito? ¿Canta bien o mal?”. Este es un resumen bastante preciso de las preguntas a las que me enfrenté. No esperaba que fueran entrevistas sesudas, pero me chocó tanta simplificación y sensacionalismo. Ahora bien, fui entendiendo que los periodistas, más que ser unos impresentables, trabajan bajo la exigencia de producir contenidos de actualidad y con titulares atractivos, están mal pagados y no tienen tiempo de preparar debidamente sus reportajes (no digamos de leerse un libro entero y digerirlo).

A Julio se le detestaba o se le admiraba con mayor o menor ironía, pero desde luego no se le convertía en objeto de estudio. Desde la publicación de mi libro, he concedido un centenar de entrevistas (no exagero) para medios españoles y latinoamericanos

Aun así, seguí con mi política de aceptar todas las propuestas que me llegaban. Cuanta más exposición, por superficial y sesgada que fuera, más gente acabaría llegando al libro. O eso creía yo. Con el tiempo, descubrí que las ventas no estaban ni de lejos a la altura de mi frenética actividad mediática. Salir en la tele, la radio y la prensa generalista le hace ilusión a mi familia y me permite echar unas risas con mis amigos, pero no garantiza un aumento directo ni proporcional de los ejemplares vendidos.

Mi entusiasmo se fue resquebrajando lentamente. También estaba el cansancio. Promocionarse en medios es un trabajo en sí mismo. Un trabajo repetitivo y por lo general no remunerado que consume mucho tiempo, espacio mental y energía. Están los mensajes y llamadas para coordinarse con los periodistas, los redactores, los de producción, los técnicos. Los desplazamientos, las esperas, las conexiones. Y luego en la entrevista está la presión por comunicar lo que quieres comunicar. Por ser rápido e ingenioso. Por reconducir las preguntas sin sustancia. Y hacerlo todo con gracia. Y, ya puestos, si hay cámaras de por medio, salir guapo.

No es de extrañar que el verano pasado llegara a mi límite. Lo raro es que tardara tanto. El caso es que acepté aparecer en un programa especial sobre Julio en Telecinco. Vamos a por todas, me dije a mí mismo. Y salió mal. Tras pasar una hora y cuarto esperando para hablar en directo con Terelu Campos (finalmente se agotó el tiempo y no pude entrar en antena), lo tuve claro: se acabó el teatrillo. Se acabó Julio Iglesias. ¡Basta!

El pasado martes todo cambió. Al salir del pipicán comprendí que los mensajes que había recibido se debían a una investigación periodística que destapaba una serie de presuntos abusos sexuales y laborales cometidos por el cantante. Una información horrorosa que, sin embargo, no debiera resultar tan sorprendente. Al fin y al cabo, tales supuestos abusos suponen, al fin y al cabio, una manifestación extrema de rasgos ya conocidos. Y, yendo más allá, del narcisismo y sensación de impunidad que aquejan a los individuos con demasiada fama y poder.

En el libro (y también en el podcast que hice después para RTVE) me ocupé del carácter problemático de la hipersexualidad de Julio. Tras analizar la información disponible, toda de dominio público, dejé escrito que “el desaforado currículo sexual de Iglesias obliga a preguntarnos en qué medida sus relaciones fueron siempre consentidas”.

Una conclusión que, por supuesto, sus fans más hardcore no comparten. Entre ellos se cuenta la presidenta Ayuso, quien el mismo martes se mostró orgullosa de rechazar sistemáticamente toda información que “contribuya al desprestigio del cantante más universal de todos”.

En el libro me ocupé del carácter problemático de la hipersexualidad de Julio. Tras recopilar la información disponible, toda de dominio público, escribí en su día que “el desaforado currículo sexual de Iglesias obliga a preguntarnos en qué medida sus relaciones fueron siempre consentidas”

Mis afirmaciones acerca de las partes sombrías de Julio siempre las he hecho con cautela. En los inicios del proyecto, mi propuesta de libro fue rechazada por el gabinete jurídico de un gran grupo editorial; desde entonces aprendí que, si quieres acercarte a una figura como la de Julio, debes medir bien las palabras. Aunque cautelosas, mis palabras rompían con la mirada indulgente que ha caracterizado a los comentaristas del cantante. E incluso a los periodistas musicales y críticos culturales en general. Cuando estos me han entrevistado, y por muy alejados que estuvieran del universo juliano, casi siempre han acabado soltando algún chascarrillo a cuento de la fama de follador de Julio. Así, y como sucede con tantísimos hombres de mediana edad, dejaban entrever hasta qué punto envidian de forma reprimida esa masculinidad añeja que el cantante ha encarnado con tanta pureza.

Volvamos al martes. Salió el sol, la ciudad se puso en marcha y para entonces mi teléfono ya echaba humo con las invitaciones de periodistas para comparecer en los principales medios. Me querían para ese mismo día y algunos eran bastante pesados. Pero yo no quería ponerme apresuradamente ante los micrófonos para hablar de un asunto tan terrible. Menos aún teniendo la cabeza como un bombo y corriendo por mis venas la cafeína con la que equivocadamente había querido reparar las secuelas del insomnio. Así que, firme en la promesa que me hice tras la conexión fallida con Terelu, rechacé todas y cada una de las proposiciones. Acabé el día desquiciado, pero orgulloso de mí mismo.

Eso sí, antes de apagar la luz de la mesita de noche me asaltó una duda. ¿Debía hacer como Ignacio Peyró y su editorial, responsables de la biografía más reciente sobre Iglesias, y emitir un comunicado para condenar los abusos? De paso, ¿debían también, como ellos, anunciar una edición actualizada del libro? Necesité un rato mirando al techo para encontrar algo parecido a una respuesta: no. A diferencia del mío, su libro es una especie de hagiografía de Julio. Con un tono nostálgico de una época en la que todo era más fácil, el best seller de Peyró se encarga de limar aquellas aristas del cantante que yo me dedico a problematizar. En su caso, tiene más sentido pronunciarse rápidamente para marcar distancias.

Mi propuesta de libro fue rechazada por el gabinete jurídico de un gran grupo editorial; desde entonces aprendí que, si quieres acercarte a una figura como la de Julio, debes medir bien las palabras

El otro tema era más peliagudo: ¿debería rehacer el libro? Ciertamente, hay algunos fragmentos que, a la luz de lo acontecido, tendría que reescribir. Pero me temo que el problema es más grave. El acercamiento a Julio que propongo requiere de cierta apertura que, de forma muy comprensible, ahora muchísimas personas no estarán dispuestas a tener. Ni siquiera yo mismo soy capaz de defenderla. Y la cosa no hará más que empeorar si, como es previsible, afloran más casos de abusos en el futuro. ¿Mi libro y mi podcast quedarán invalidados? No lo tengo claro, pero quizá sí. Lo que es seguro es que mi cerebro hoy ya no da para más. Bona nit.

La ansiedad y el insomnio maridan estupendamente, por lo que al día siguiente me desperté aún más pronto. No eran ni seis de la mañana del miércoles 14 de enero, Ramona y yo ya estábamos pisando la acera. Y a paso rápido. Con una nitidez dolorosa, en las paredes de mi cráneo resonaban los testimonios de Laura y Rebeca, las dos empleadas que habían denunciado a Julio. Y los periodistas seguían bombardeándome con sus peticiones y yo, pasado de rosca, empecé a flaquear. Si no decía nada, ¿no iba a parecer que me estaba escondiendo? ¿No es siempre mejor dar la cara? Podía empezar por algún programa de ámbito catalán que me inspirara suficiente confianza. Y, si me sentía cómodo, ir subiendo.

Además, si tanto me necesitaban, quizá podría poner yo las condiciones para asegurarme de que mi participación no contribuiría a frivolizar el sufrimiento de Laura y Rebeca. Hablaría con los redactores y les explicaría que yo no soy un biógrafo de Julio Iglesias, sino un sociólogo que en todo caso podía poner en contexto la noticia, pero no dar detalles morbosos. Y también estaba, lo reconozco, la mala conciencia que sentía por desaprovechar tantas oportunidades de tener visibilidad. Dentro de nada publicaré otro libro y conviene que mi nombre vaya sonando por ahí. ¿En qué clase de estratega me he convertido?

¿Debía hacer como Ignacio Peyró y su editorial, responsables de la biografía más reciente sobre Iglesias, y emitir un comunicado para condenar los abusos? De paso, ¿debían también, como ellos, anunciar una edición actualizada del libro?

Total, que el miércoles por la mañana acabé apareciendo en una radio catalana vía telefónica; después de comer me enviaron un taxi para participar como tertuliano en otra radio, donde nada más acabar me recogió otro taxi para salir escopeteado a una nueva tertulia, esta vez en la tele. Y en el trayecto me hicieron una entrevista por teléfono para una tercera radio. De esta maratón saqué dos conclusiones. La primera es que resulta científicamente posible que el corazón se te salga por la boca. La segunda se deduce del titular que, acompañado de una foto mía, apareció destacado en la web de una de las radios en las que intervine: “Hans Laguna, biógrafo de Julio Iglesias: 'Tenía un problema de adicción al sexo'”. ¡Ahora sí que se acabó!

El jueves 14 lo recibí un poco más tranquilo. Seguía sin dormir como es debido, pero abrí los ojos y sentí paz al comprobar que, durante la noche, mi convicción de no aparecer más en los medios había crecido fuerte y sana. Así estaba también Ramona cuando la saqué a dar una vuelta, fuerte y sana, como atestiguaba la caca que depositó en el césped del parque. Mientras trataba de localizar a tientas su boñiga, pensé en el sistema público de iluminación. En la distancia que hay entre las farolas, sus horarios de funcionamiento, la función que cumplen. Tenía el cerebro medio dormido pero juguetón. De las farolas salté a reflexionar sobre la importancia que ha tenido la dicotomía luz/oscuridad en la historia de la filosofía. Y de ahí brotó el recuerdo de algo que Julio Iglesias me dijo cuando hablé con él.

Tras publicar el ensayo, y en el pico de atención mediática que recibió, Julio me llamó por teléfono. Fue encantador conmigo y me dio las gracias por el libro, aunque reconoció que no se lo había leído

Me explico. Tras publicar el ensayo, y en el pico de atención mediática que recibió, Julio me llamó por teléfono. Fue encantador conmigo y me dio las gracias por el libro, aunque reconoció que no se lo había leído: “No me hace falta, sé que le ha gustado a Manuel Jabois y con eso me vale”, confesó. Sintiéndome un tanto culpable por su amabilidad, le respondí que debería leérselo. Le advertí de que, además de reconocer la importancia de su figura, mi ensayo también se ocupaba de sus partes oscuras. Pero Julio, muy cortés, le quitó hierro. Argumentó que “el lado oscuro es el que hace grandes a los grandes”. “Todas las estrellas tienen un lado oscuro”, me dijo. Y sentenció: “Sin lado oscuro no hay luz”. Esta idea, que entonces me pareció profunda, hoy me resulta insoportablemente siniestra.

Ya había amanecido en Barcelona y se me ocurrió que podía escribir un artículo contando lo que he vivido estos días. Se lo propuse a Elena Cabrera, jefa de la sección de cultura de este diario y también una de las responsables de la investigación que ha destapado los presuntos abusos de Julio Iglesias. Le pareció una idea estupenda. El plazo que me dio es, para variar, muy ajustado, sobre todo teniendo en cuenta lo lento que escribo. Pero aquí me tenéis, produciendo a contrarreloj contenido de actualidad y con titulares llamativos.

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