Un viaje a la mítica Frisia: Pequeña guía de Leeuwarden y las turberas de Alde Feanen

Agua, piedra, ladrillo, cristal y acero. Lo viejo y lo nuevo se mezclan junto a los canales de Leeuwarden.

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Un estrecho canal asciende desde Harlingen y se interna en las planicies de Frisia conectando el mar con el corazón del territorio. Si has seguido el viaje propuesto desde esta pequeña guía, habrás pasado junto a Franeker sumergiéndote en un extenso campo de prados y cereal que se extiende hasta donde alcanza la vista. Las distancias cortas y las planicies infinitas posibilitan que puedas ver desde muy lejos las torres de las iglesias de pueblos y ciudades. Son como islas de ladrillo rojo en un inmenso mar verde. Un lugar de resonancias míticas origen del famoso caballo frisón, uno de los animales más robustos y potentes de Europa. Hierba para caballos, turba para los fogones y abundante pesca en las bocas del Rin.

Frisia siempre rehusó la dominación foránea: resistió a los romanos, se mezcló con los vikingos y fue un muro casi infranqueable para los diferentes reyes francos hasta que llegó Carlomagno y los derrotó. Pero no los anuló. Los frisones siguieron siendo un pueblo con una marcada identidad alternando etapas de libertad y sujeción hasta su integración en la República holandesa a finales del XVI. En esta larga marcha de idas y venidas, de victorias y derrotas la ciudad de Leeuwarden siempre jugó un papel fundamental (ver iconos violetas en el mapa).

Plano en corto. Arte en ladrillo en la Torre de Oldehove.

Qué ver en Leeuwarden.- La capital de Frisia es ya una ciudad de importancia y tiene un porte monumental tirando a grande con grandes hitos y edificios con gran porte. Si somos coherentes con la trama urbana histórica cruzaremos los canales por el Vrouwenpoortsbrug o ‘Puente de la Puerta de las Mujeres’. Si nos detenemos en medio de este puente levadizo podremos ver como las ‘costas’ de Leeuwarden siguen una curiosa forma de dientes de sierra. Son los restos de la antigua muralla de la que apenas quedan pequeños montículos sobre el canal. Lo que sí sigue en pie es la Torre de Oldehove (Oldehoofsterkerkhof, 8911), un impresionante campanario inclinado del siglo XVI en plan Pisa de una iglesia que no llegó a construirse (por la inestabilidad de los terrenos).

Calle de Leeuwarden. Casas tradicionales de ladrillo.

Desde aquí nos adentramos en una trama urbana típicamente holandesa con casas de ladrillo y numerosos patios interiores (los famosos holders). La mayoría de las casas son bonitas pero sencillas y de vez en cuando se nos planta encima un palacio como el de Princessehof -Casa de la Princesa- (Grote Kerkstraat, 9), un fastuoso palacete del siglo XVII que hoy alberga un museo sobre la industria de la cerámica frisia (una de las industrias tradicionales más importantes de la región). Siguiendo por esta misma calle nos encontramos con la Iglesia de los Jacobinos (Jacobijnerkerkhof, 95), que es el gran monumento medieval del burgo. El edificio (un magnífico ejemplo del típico gótico de ladrillo) data del siglo XIII y en su cripta puedes ver el mausoleo de la familia Estatúder, que durante siglos ostentó el señorío sobre el Condado de Leeuwarden. Otra joya de esta iglesia es so Órgano Müller, un monstruo gigantesco que ocupa buena parte de la pared oeste de la iglesia desde principios del siglo XVIII.

La Iglesia de Los Jacobinos emerge al final de una calle con viejas casas de ladrillo.

Explorando el centro de la ciudad (es muy pequeño y se recorre con mucha facilidad y rapidez) podemos ir descubriendo otros puntos de interés histórico y monumental. Los más destacados son la Iglesia de San Bonifacio (Bonifatiusplein, 20), el edificio de la Cancillería (Turfmarkt, 11) o la impresionante Casa de Eysinga (Koningsstraat, 25), un fantástico palacio del siglo XVIII que alberga un museo que recrea la vida de las familias más poderosas de la ciudad durante la edad de oro del comercio holandés. Y después queda callejear e ir descubriendo los rincones más bonitos de la ciudad.

Sala de la Casa de Eysinga.

Museo Frisón (Wilhelminaplein, 92).- Este moderno centro museístico situado en el extremo sur del casco histórico en una antigua zona de almacenes y muelles junto al canal. Pese al moderno edificio de nuestros días estamos ante una institución que data de finales del siglo XIX y que nació para preservar y dar a conocer la cultura frisona a través de colecciones arqueológicas, históricas y artísticas que abarcan un periodo que van desde la Edad Media a la Segunda Guerra Mundial. Para mitómanos queda la sala dedicada a la célebre espía Mata Hari, que era de origen frisón.

Atardecer de vanguardia. Torre Achmea.

Un gigante de acero, hormigón y cristal.- La Torre Achmea (Sophialaan, 50) pone el contrapunto de vanguardia al bonito casco histórico de Leeuwarden. Junto al canal sur nos encontramos con uno de los edificios más altos de toda Holanda. Un monstruo de 115 metros que domina el espacio aéreo de la ciudad. Hasta hace unos meses se podía subir al mirador de la planta 26. Ahora leemos que sólo abren algunos sábados al mes. Este rascacielos ejerce de eje de una pequeña zona ‘financiera’ donde puedes ver algunos buenos ejemplos de arquitectura contemporánea.

Un Skutsje tradicional surca las aguas del Parque Nacional de Alde Feanen.

El Parque Nacional de Alde Feanen.- A apenas 19 kilómetros del centro de Leeuwarden esta extensa red de lagunas, canales y pantanos es el resultado de la acción del hombre durante miles de años. Estamos en uno de los campos de turba más grande de Europa y la extracción masiva de este material imprescindible en las economías preindustriales (se usaba como fertilizante natural y combustible) creó este inmenso humedal que ocupa más de 2.000 hectáreas de superficie y que ha conformado una cultura propia basada en el aprovechamiento de un ecosistema muy singular pese a ser artificial. La entrada natural al parque desde Leeuwarden es el pintoresco pueblo de Earnewald, apenas un centenar de casas en un entorno semiacuático de canales y lagunas. Aquí nos encontramos con uno de esos símbolos de la cultura frisona: su arquitectura naval.

Canales entre los juncos en el Parque Nacional de Alde Feanen.

Estamos a bastantes kilómetros de las orillas del mar (exactamente a 27 kilómetros a vuelo de pájaro), pero la red de canales que recorre la práctica totalidad de la región conecta los humedales con el enorme mar interior de agua dulce creado por el Dique de Afsluitdijk. Los antiguos bosques asociados a los humedales interiores convertían a este lugar en un buen sitio para construir barcos. Y un viejo astillero se ha convertido en el Museo Skûtsje (De Stripe, 12), un centro que explora la tradición naval de la zona a través del Skutsje, la famosa barcaza frisona. Desde aquí podemos tomar alguna de las excursiones que se adentran en el pantanal y flipar con un paisaje donde los cañizales se alternan con pequeñas islas cubiertas de bosque originario en las que anidan más de un centenar de aves acuáticas. Una pasada.

Fotos bajo Licencia CC: Francis Bijl; Krispijn Beek; crash71100; Ruben Holthuijsen; Martin de Witte; Michele Ahin; 23 dingen voor musea

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