El Llanito, 1957: una isla con memoria de agua y un riesgo que no se evapora

Imagen de archivo de la carretera general tras el paso de la devastadora riada del año 1957
17 de enero de 2026 10:31 h

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Hay cosas que uno no olvida, aunque pasen los años y aunque la vida se llene de otras urgencias. A mí me pasa con un relato que mi padre contó una vez, como quien abre una puerta y la vuelve a cerrar rápido, sin recrearse, pero dejando la casa entera oliendo a humedad vieja.

Decía que aquella madrugada, cuando el temporal ya había hecho de las suyas y el miedo corría más rápido que los coches, le tocó bajar andando desde Los Cuatro Caminos por el barranco de El Socorro, buscando gente, mirando al suelo y al cielo a la vez, sin saber si lo siguiente era un tronco, una piedra o una vida. Y en medio de esa bajada, cerca de la ermita de El Socorro, en Breña Baja, se toparon con una escena que se le quedó clavada. Hablar de “cuerpo” se queda corto: era una persona a la que la riada había dejado casi desnuda, solo con el cinto puesto. Lo peor no era eso. Lo peor era lo otro, lo que mi padre decía con voz más baja, como si todavía le diera cosa: el cráneo vacío, el cerebro desaparecido. Una de las víctimas, sí. Una de esas que uno escucha nombrar en voz de otros, y de pronto entiende que no es un número, sino un horror con forma humana.

Desde entonces, cada vez que paso por el lugar donde está la placa recordando a los muertos, siento un frío por dentro, un escalofrío de los que te enderezan la espalda. No es un miedo de película. Es el miedo serio, el que tiene barrio, apellido y fecha. El que te recuerda que aquí, en La Palma, el agua también sabe matar cuando le da por ahí.

La madrugada del 16 de enero de 1957, la isla vivió lo que todavía se nombra como La Tragedia de El Llanito, o la riada del 57, como si decirlo más corto doliera menos. Fue el desastre hidrometeorológico más mortífero de la historia reciente de La Palma, una de esas noches que se quedan escritas en el paisaje y en las conversaciones de la gente mayor, aunque pasen décadas y se asfalte por encima.

No fue una inundación de las que suben despacito y te dan tiempo a pensar. Lo que ocurrió fue una riada súbita, de esas que aquí conocemos bien porque los barrancos son así, de carácter. Pueden estar secos años, con cuatro tuneras asomadas y un par de piedras que parecen inofensivas, y de pronto, en una noche de las suyas, se convierten en una garganta que baja rugiendo. Y no baja solo agua. Baja barro, baja picón, baja piedras grandes, baja ramas, baja todo lo que encuentre. Es una mezcla densa, pesada, que no se parece al agua del grifo ni a la del mar. Se parece a una pared que empuja.

Barrio de El Llanito, en Breña Alta

El barrio de El Llanito, en Breña Alta, se quedó como símbolo de aquella catástrofe por una razón simple: allí se juntó lo peor. Allí había casas pegadas al cauce, allí un puente y un estrechamiento hicieron de embudo, allí el golpe fue en seco, de madrugada, con la gente durmiendo. En cuestión de minutos, viviendas enteras desaparecieron o quedaron sepultadas, y con ellas familias que, hasta esa noche, eran la normalidad de cualquier barrio: niños, madres, abuelos, vecinos que se saludaban en la calle. A la vez, el episodio afectó a otros puntos de Las Breñas y llegó también a zonas de Villa de Mazo y Breña Baja, porque aquel temporal no venía con educación.

Imagen de archivo de la placa  en El  Llanito (Breña Alta) en recuerdo de los fallecidos en la riada  de 1957,

De cuántas víctimas hablamos depende de a quién se lea y de qué lista se tome como buena. En esas cosas, la tragedia siempre trae confusión: cuerpos que no aparecen, recuentos que cambian, nombres que se repiten en boca de unos y se olvidan en papeles de otros. Hoy el consenso más aceptado sitúa la cifra entre 24 y 26 fallecidos, con la mayor parte concentrada en El Llanito y alrededores, aunque en aquellos días se habló de más, porque hubo desaparecidos y porque el mar, cuando se lleva a alguien, no devuelve siempre lo que se lleva.

Lo que sí está claro es el mecanismo, el cómo de la desgracia. Y ahí, La Palma no necesita inventarse nada: la geografía ya trae el problema de serie. Las cuencas de recepción en Cumbre Vieja y la Cumbre Nueva, con pendientes pronunciadas, funcionan como un embudo que, cuando se llena, lo suelta todo cuesta abajo a una velocidad que mete miedo. Los barrancos del este, como el de Aduares, son cortos, encajados, con mucha pendiente. Eso significa energía. Energía para arrastrar. Energía para golpear.

El suelo volcánico suele ser poroso, sí, pero eso tiene truco. Cuando llueve poco, infiltra. Cuando llueve mucho, y sobre todo cuando ya lleva días lloviendo y el terreno está empapado, la capacidad de tragar se agota. Entonces el agua corre por encima, como si el suelo se volviera teflón por unas horas. Y en esa carrera, se lleva lo que puede. Si además la lluvia cae con intensidad bestia, concentrada en pocas horas, la respuesta es rápida y violenta. No hay fase intermedia. No hay aviso amable. Pasa de cero a cien.

LLuvia intensa

Aquella noche, según reconstrucciones meteorológicas, entró sobre Canarias un frente muy activo, asociado a una baja presión y aire frío en altura, lo que favoreció convección y lluvia intensa. La orografía hizo lo suyo: La Cumbre obligó al aire húmedo a subir y condensar, y eso multiplica la precipitación en medianías y cumbres. Se citan registros extraordinarios para la isla: 243 milímetros en 24 horas en Santa Cruz de La Palma, y cifras aún mayores en otras zonas del noreste y del este en el acumulado de dos días. Para entendernos, eso es agua en baldes, agua de la que no deja oír ni tus propios pensamientos.

Pero lo que terminó de rematar la historia fue un detalle muy palmero: el tapón. En el cauce del barranco de Aduares, a la altura de El Llanito, un puente pequeño y un estrechamiento natural se bloquearon con troncos, rocas y lodo. El barranco, que ya venía cargado de material, se encontró con una puerta cerrada. Y cuando el agua encuentra una puerta cerrada, no se pone a hacer cola. Se acumula, sube, presiona. Se forma una presa improvisada, de minutos u horas, y llega el momento en que revienta o rebosa. Y cuando eso pasa, lo que baja no es una simple crecida. Es una descarga, una onda con peso, una pared de agua y barro que sale disparada con una fuerza descomunal.

A ese cóctel se le suma otra pieza que a veces se olvida y que, sin embargo, es importante. En 1957 solo habían pasado ocho años desde la erupción del volcán de San Juan, en 1949. Ocho años, que en la vida de una isla parecen mucho, pero en términos de paisaje es casi nada. En zonas altas de la dorsal, había depósitos de ceniza y lapilli todavía poco consolidados por la vegetación. Material suelto, fácil de movilizar. Con lluvia intensa, eso se convierte en un flujo de derrubios, más denso que el agua, parecido a cemento fresco. Y un flujo así mueve piedras grandes como si fueran latas. Derriba muros. Entra en casas. No perdona.

Las consecuencias no fueron solo de vidas humanas, que ya es suficiente para no olvidarlo nunca. Hubo destrucción material seria: casas arrasadas, caminos rotos, puentes dañados, canales de agua y atarjeas destrozados. En una isla agrícola, eso es tocar el nervio. Se perdieron cultivos, ganado, herramientas, y con ello se perdió seguridad económica. La riada fue también una fábrica de pobreza repentina. Y esa pobreza, en la Canarias de aquellos años, tenía un destino frecuente: la emigración. Muchos palmeros se fueron a Venezuela en décadas próximas, empujados por un futuro que aquí se les quedaba estrecho y por un pasado que dolía demasiado.

En medio de ese panorama, la isla sacó lo mejor y lo peor. Lo peor, porque el dolor deja cicatrices, y hay heridas que no se curan, solo se aprenden a llevar. Lo mejor, porque hubo solidaridad, rescates improvisados, manos tendidas. Y hubo memoria, que aquí suele venir en forma de palabra y de verso. Las décimas, tan nuestras, sirvieron como duelo y como crónica: contaban lo ocurrido para los que estaban lejos, como si la poesía hiciera de radio cuando la radio no llegaba.

Y ahora, con todo eso en la cabeza, uno mira los barrancos de hoy y se pregunta otra cosa, más simple y más cruda. Si mañana nos cae una noche como aquella, ¿qué pasa?

Porque sí, tenemos más información, más avisos meteorológicos, más planes de emergencia. Pero también tenemos más casas, más carreteras, más infraestructuras metidas donde antes había margen. Hay tramos de barranco canalizados, sí, pero también hay obras pequeñas, pasos inferiores, alcantarillas y puentes que, si se taponan con troncos y piedras, vuelven a ser el punto débil de siempre. El agua no discute con el cemento. El agua busca el camino y lo encuentra, aunque tenga que inventárselo.

Además, el barranco no es solo un hueco en el terreno. Es una autopista natural cuando llueve fuerte. Y en La Palma, con pendientes tan marcadas, la velocidad manda. Basta un episodio de lluvia muy concentrada, de esos que en los últimos años se sienten más bruscos, más intensos, más de “ahora sí, ahora no”, para que la isla vuelva a ponerse seria. En el día a día se nos olvida, porque el sol también engaña. Pero el riesgo no desaparece porque no lo miremos.

Por eso, quizá el escalofrío que me da al pasar por la placa no es solo por los muertos de 1957. Es también por los vivos de 2026. Por lo fácil que es acostumbrarse a los barrancos secos, a las cunetas limpias cuando no llueve, a creer que lo de antes fue mala suerte. Y aquí, en La Palma, la mala suerte casi siempre tiene una explicación geográfica.

Recordar El Llanito no es recrearse en la desgracia. Es mirar la isla como es: hermosa, sí, pero abrupta y rápida cuando se enfada. Es asumir que la prevención no es cosa de alarmistas, sino de gente sensata. Mantener cauces, dimensionar bien los pasos de agua, respetar las zonas de flujo, no construir como si el barranco fuera un adorno. Y, sobre todo, no perder la cultura de la autoprotección, esa que antes estaba en la intuición de los mayores y que hoy debería estar también en la educación, en los planes y en el sentido común.

La placa seguirá ahí, recordando nombres y fechas. La ermita seguirá en su sitio, mirando al barranco con esa calma de piedra vieja. Y nosotros seguiremos pasando. Ojalá no haga falta otra madrugada para que volvamos a tomarnos en serio lo que la isla ya nos enseñó una vez, a la fuerza, cuando el barranco se acordó de nosotros y bajó, sin pedir permiso, a cobrar una cuenta que nadie quería pagar.

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