10 años sin don Federico
Hace unos días estuve en el Bodegón Tamanca. No fui a comer, sino a comprar una botella de FSC para regalar a mi hermana. Ella adora ese vino. Y mientras esperaba, no pude evitar mirar hacia arriba y pensar en toda la historia que hay detrás de cada piedra de aquel hermoso lugar.
Porque detrás de la buena comida, detrás de su maravilloso vino, detrás de las paredes y el techo de esa cueva excavada en la montaña por don Fede, mi abuelo Domingo y otros, está la historia de un hombre que nunca se rindió: Federico Simón Cruz.
Nació aquí, en mi barrio, en Las Manchas de Abajo, allá por 1933. Y como tantos y tantos palmeros, tuvo que marcharse a Venezuela, donde acogían a quienes se arriesgaban a cruzar el charco buscando un futuro mejor, algo que tristemente vemos que hoy sigue pasando...
Pero don Fede fue de los que se fueron para después volver. De los que llevan la tierra tan adentro que sienten que tienen que regresar a ella. Yo le entiendo muy bien, porque fue lo mismo que yo sentí cuando estuve durante años fuera de mi amada isla. Querer volver.
Años después de su regreso, en 1962, fundó Bodegas Tamanca. Algunos en aquella época pensaban que eso del vino era una locura en la isla, que no era el negocio adecuado. Pero don Fede siguió firmemente su pasión. ¡Menos mal que lo hizo!
Las bodegas se fundaron en mi barrio: San Nicolás. Sí, ese barrio que existe desde 1696 y que hoy algunos están empeñados en borrar del mapa y de las señales de las carreteras insulares.
San Nicolás se convirtió muy pronto en un lugar que había que visitar si viajabas a La Palma. Porque allí, además del volcán del 49 y la hermosa ermita, bajo una montaña volcánica de gransón, se habían excavado túneles a mano que estaban llenos de pipas de vino. ¡Menuda locura! –pensaban quienes lo veían por primera vez–. Y qué razón tenían, ¡menuda locura!
Casi veinte años después, en 1981, don Federico abrió las puertas del Bodegón Tamanca. Y con él llegó la posibilidad de sentarse a una mesa, de compartir y de convertir un vaso de vino en encuentros maravillosos. ¿Cuántos momentos increíbles han sucedido allí desde entonces? No hay cifra para tantas alegrías.
Pero en el Tamanca, con don Federico, no solo había vino: había conversación, anécdotas, amistad. Él hablaba con sus visitantes, contaba historias, tejía relaciones. Sabía que lo más importante en la vida, por encima de todo, eran las personas.
Y había otra cosa en don Fede que hoy, en estos tiempos de reconstrucción que afrontamos, hace mucha falta en nuestra isla: constancia, humildad y entender que la vida es un proyecto colectivo. Sí, colectivo.
Pero don Federico no solo creó bodegas. Fue un amante de la lucha canaria como pocos. Fundador y primer presidente del Club de Lucha Tamanca. Hoy el terrero del club lleva su nombre. Ese terrero que el volcán de 2021 destruyó. Ese terrero cuya recuperación va mucho más lenta de lo que todos desearíamos. Duele verlo así...
Don Fede falleció un 6 de marzo de 2016, a los 82 años. Ahora hace ya 10 años. En mayo de ese mismo año, el Ayuntamiento de El Paso le concedió la Medalla de Oro a título póstumo. Un reconocimiento justo que para un hombre que demostró que con humildad, esfuerzo y trabajo constante se pueden alcanzar las metas que uno se proponga. Quizás sea un buen mensaje para todos hoy, cuando tenemos que afrontar retos tan complejos.
Don Federico es el ejemplo de tantos palmeros que se fueron y volvieron, que emprendieron, que lucharon, que nunca se rindieron.
En un momento como el actual, en que nuestro barrio sigue reconstruyéndose, con una carretera como la LP2 apenas recién empezada, su figura debería ser un espejo donde mirarnos. Porque él nos mostró, como otros, que del esfuerzo y de la constancia se puede construir algo que dure generaciones. Y tenemos mucho que construir. Reconstruir, más bien.
Porque el legado de don Federico no está solo en sus vinos. Está en una idea más sencilla y más profunda: que el trabajo bien hecho, hecho con amor y constancia, acaba siempre dando frutos. Incluso cuando la tierra tiembla.
Gracias, don Federico. Por el vino, sí. Pero sobre todo, por recordarnos que esto, lo nuestro, hay que construirlo paso a paso, generación a generación, sin prisa pero sin pausa, sin rendirnos nunca.
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