Venezuela
Hay ruedas de prensa que informan y otras que, directamente, marcan época. La celebrada en Mar-a-Lago el pasado 3 de enero pertenece claramente a la segunda categoría. No porque despejara todas las dudas, no lo hizo, sino porque dejó una sensación difícil de esquivar: no estábamos asistiendo solo a un episodio venezolano, sino a algo bastante más amplio, más estructural, casi histórico. Algo que se parecía mucho a un nuevo reparto del mundo, solo que esta vez televisado, subtitulado y comentado en tiempo real.
La captura de Nicolás Maduro se presentó con una sobriedad casi administrativa. “Esto fue un arresto”, se dijo. Arresto, sí, pero con flotilla naval, tropas en tierra, logística internacional y destino final Nueva York. Como llamar “trámite” a una operación quirúrgica a corazón abierto. Desde ese momento, el mensaje quedó claro: Estados Unidos no venía solo a quitar a alguien, sino a quedarse un rato largo ordenando el desorden.
No hubo referencias a acompañar procesos, ni a tutorías democráticas, ni a calendarios de salida. Trump habló de dirigir, de gestionar, de no irse hasta que todo esté bien atado. “Vamos a dirigirlo”, repitió. Como quien se queda cuidando una casa ajena… pero ya que está, decide cambiar la instalación eléctrica, arreglar el tejado y renegociar el contrato de la luz.
En ese marco aparece una de las ideas más reveladoras, y menos ideológicas, de toda la intervención: mantener a chavistas dentro de la administración. No por simpatía, ni por perdón, ni por blanqueamiento moral, sino por una razón mucho más prosaica: saben cómo funciona el sistema y tienen las llaves. Conocen los pasillos, los atajos, los formularios invisibles y los botones que no conviene tocar sin saber qué hacen. En una transición controlada, eso no es una concesión: es una ventaja operativa. Luego, ya se verá quién se queda y quién sale. Primero que el ascensor vuelva a funcionar.
Ahí encaja Delcy Rodríguez, descrita como figura transitoria, funcional, casi técnica. Fue “elegida por Maduro”, sí, pero ahora está “dispuesta a hacer lo necesario”. No porque haya cambiado de ideología, sino porque la ideología ha dejado de ser relevante. Resultados, estabilidad y control: ese parece ser el nuevo catecismo. El resto es literatura.
Mucho más reveladora fue la exclusión de María Corina Machado. Trump fue educado, incluso amable, pero inequívoco: “muy agradable”, pero sin el respaldo necesario. Nada personal. Solo operativo. Y ahí es cuando muchas piezas empiezan a encajar. Ahora se entiende mejor aquel Nobel de la Paz: había que sacarla de Venezuela, y hacerlo con honores. Una salida elegante del tablero real. La política internacional, cuando quiere, también cuida las formas.
Porque si algo quedó claro es que Trump y Rubio no actúan por ideología. No descartan a nadie por lo que piensa, sino por lo que garantiza. Izquierda, derecha, chavismo reciclado u oposición clásica: todo eso es secundario. Lo único relevante es si alguien cumple. Son gente extremadamente práctica, casi contables de la geopolítica. Y eso explica tanto lo que hacen… como lo que no prometen.
La administración directa de Venezuela se presentó sin complejos. No hay calendario, no hay prisas y no hay intención de dejar un vacío. Irse pronto sería irresponsable. Primero se asegura la estabilidad. Luego, cuando llegue el momento, y solo entonces, se verá. La prisa, aquí, es un lujo innecesario.
La presencia militar se explicó con la misma lógica fría. Ya hubo tropas, las habrá si hace falta, y la flotilla se queda. Todo “discreto y preciso”, sin bajas estadounidenses. El mensaje, curiosamente, es tranquilizador: esto no es improvisación. No hay épica, no hay heroicidades. Solo gestión del riesgo.
El marco legal acompañó el relato. No se informó al Congreso para evitar filtraciones, Maduro es un fugitivo acusado y el Departamento de Justicia actúa. A partir de ahí, el concepto de arresto se estira hasta convertirse, sin rubor, en cambio de régimen. Primero la ley, luego la geopolítica. O al revés. El orden ya no importa demasiado.
Y entonces aparece el petróleo, inevitable. Infraestructura obsoleta, peligrosa, construida en su día por Estados Unidos. Solución: grandes petroleras estadounidenses invertirán miles de millones, la producción crecerá, Venezuela ingresará dinero… y Estados Unidos será reembolsado. Reconstrucción, sí, pero con Excel abierto. Nada personal.
A la diáspora venezolana se le prometió atención y estabilidad. Algunos volverán, otros se quedarán. No hay detalles, pero sí un mensaje claro: no están olvidados. En política internacional, eso ya es bastante.
Hasta aquí, el guion venezolano. Pero cuesta creer que todo esto haya surgido de la nada.
La coreografía es demasiado limpia. Los tiempos, demasiado precisos. Las ausencias, demasiado elocuentes. Da la impresión de que esto no se decide en una noche larga, sino que responde a conversaciones previas de alto nivel, discretas, incómodas y muy reales. Conversaciones donde no se entra en ideologías ni en discursos morales, sino en líneas rojas, zonas de influencia y qué problema gestiona cada uno. No hace falta que nadie lo confirme: basta con observar quién actúa, quién calla y quién mira hacia otro lado para deducir que, al menos, se ha hablado.
Y entonces la escena se amplía.
Es difícil no pensar que Venezuela forma parte de un entendimiento más amplio, uno en el que Rusia se queda, de momento, con parte de Ucrania, China observa Taiwán con el calendario en la mano y Estados Unidos consolida su patio trasero. No se dice explícitamente, pero se intuye. Como en Yalta, al final de la Segunda Guerra Mundial, solo que ahora con cámaras HD, redes sociales y comunicados casi en directo.
Si China entra o no en Taiwán este año será, quizá, la confirmación definitiva de ese reparto. No como un choque inmediato, sino como una aceptación tácita de esferas de influencia. Menos épica, más administración del mundo.
Y, curiosamente, el tono general no es de guerra, sino de orden. De asumir que el planeta ha entrado en una nueva fase, menos idealista y más pragmática. No necesariamente más justa, pero sí más explícita.
Visto desde Canarias, acostumbrados a vivir entre continentes y a leer la historia con perspectiva atlántico, la sensación es extrañamente positiva. No porque todo vaya a salir bien, sino porque la hipocresía ha bajado el volumen. Las cartas están sobre la mesa. Los actores dicen lo que hacen y hacen lo que dicen.
Quizá estemos asistiendo al inicio de una etapa distinta. No más amable, pero sí más clara. La historia se retransmite, se comenta en directo y se resume en titulares.
No sabemos cómo acabará este nuevo reparto del mundo. Pero sí sabemos algo: no todos los días se puede decir que estamos viendo la historia mientras ocurre… y además en streaming.
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