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La inaccesible residencia de Julio Iglesias calificada como una villa “del terror”
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Corales 5, la inaccesible residencia de Julio Iglesias en Punta Cana calificada como una villa “del terror”

Casa terror

Elena Cabrera

17 de enero de 2026 22:49 h

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Corales 5 es el nombre de la villa de Julio Iglesias en el interior de la exclusiva urbanización de Punta Cana. Solo los propietarios pueden dar acceso a personas de fuera, enviando los datos personales a los vigilantes de la garita. Los trabajadores de las casas pueden entrar y salir solo si tienen un carné que lo acredita. Para los demás, es inexpugnable.

Rebeca no podía salir. Ella no podía dejar la casa atrás al acabar la jornada. No tenía una casa, un hogar al que volver por la noche. No tenía un lugar donde el trabajo y su jefe no ocuparan toda su atención. Ella, como sus compañeras, vivía donde trabajaba. Era una interna. Tenía un empleo “con dormidas”, como dicen en República Dominicana. La legislación del país solo estipula un descanso mínimo de nueve horas entre jornadas. Cuando se permite que la jornada laboral se prolongue durante todo el día, solo hay trabajo y dormidas. No cabe nada más.

Durante meses, todo su mundo era la villa. En un encuentro con las periodistas de esta investigación, Rebeca y Laura –no son sus nombres reales– explicaron el funcionamiento de la casa frente a una proyección que mostraba una vista aérea de la parcela. “La casita del terror”, la definió una de ellas durante la entrevista.

Señalando con el brazo la imagen proyectada, Rebeca viaja al pasado y vuelve a estar dentro de Corales 5. Esto le incomoda, pero hace un esfuerzo para que se entienda mejor cómo era ese lugar donde se sentía “como una esclava en pleno siglo XXI”. Rebeca recuerda que al principio duerme en uno de los cuartos del servicio, lejos de las habitaciones principales. Se levanta a las siete y media de la mañana y recorre los caminos interiores de la villa para llegar a la cocina, que está en el centro. Desayuna en diez minutos y vuelve a salir. Va a por los productos de limpieza. Cargada con ellos, camina hasta la playa, donde hay en la orilla un gazebo o cenador, que Iglesias utiliza para descansar, comer, charlar o darse masajes. La primera obligación del día, de cada día, es limpiar de arena el suelo de madera, bajar las cortinas, colocar los cojines y los muebles que cada noche se guardan para que no se ensucien. “Sus cosas de él en orden siempre”.

Todo debe estar listo antes de las diez y media. Con el gazebo limpio, Rebeca debe correr de vuelta a la cocina para preparar el desayuno, ha de estar de vuelta en la cocina antes de que su jefe salga del dormitorio. Son las once. A esa hora se despierta Julio Iglesias, quien no tiene por costumbre madrugar demasiado. 

Rebeca le sirve a Iglesias el desayuno donde él lo pida: en su habitación, en el comedor, en el salón principal o en el gazebo. Si hace buen tiempo, no hay mayor problema. Si llueve, tiene que arreglárselas para llevar la bandeja por los caminitos de la villa sin mojarse demasiado. A veces, el viento en el Caribe se vuelve agresivo y traicionero.

Todos en alerta con el pitido

Después de desayunar, Iglesias sale de su habitación para dar una vuelta por la villa, recorriendo el camino blanco montado en el carrito de golf. Quiere ver si todos sus empleados están trabajando, y cómo lo están haciendo. Cuando mete la marcha atrás, el vehículo emite un sonido intermitente que se escucha en toda la villa. Los empleados se estremecen, se ponen firmes, se preparan para lo que sea. Cuando las empleadas le ven llegar, han de poner las manos en la espalda y decir alegremente: “¡Hola, señor!”.

Iglesias da la vuelta a la villa. Reparte saludos e instrucciones. Se corre la voz de si ese día el señor está de malas o de regulares. Cuando se da por satisfecho, se dirige al gazebo. Ahí pasa la mañana. Mientras, Rebeca recoge la cocina, hace la habitación y el salón, le prepara la comida.

El señor quiere bajar a la playa a media mañana. La jefa le dice a Rebeca que lo acompañe. Ella deja la cocina, corre a su habitación, se pone el bikini y vuelve al gazebo. Deja que él apoye todo su peso sobre su hombro y dan pequeños pasos hasta meterse en el mar.

El baño dura unos 15 minutos. Hay que deshacer el camino de regreso hasta el carrito de golf. Paso a paso. Él apoyado en su hombro, cogido de su brazo.

Rebeca corre a su habitación, pero el carrito de golf va más rápido que ella. Tiene que ir a su habitación a quitarse la sal del mar en la ducha. Se pone de nuevo el uniforme, una falda a cuadros verde hasta los tobillos, la camisa blanca. Son las dos de la tarde. Recorre el camino hasta la cocina. Termina de freír un filete. El señor la espera en el gazebo. Pone la comida en una bandeja. Si llueve, mal. Si hace mucho sol y calor, tampoco es fácil. A él no le gusta que le hagan esperar. Le sirve la comida. A él le gusta que ella espere a su lado hasta que termine de comer.

Cuando Julio Iglesias y sus acompañantes dan la comida por terminada, más allá de las tres, Rebeca recoge los platos sucios y atraviesa de nuevo la parcela para llevarlos en una bandeja hasta la cocina. Ahora hay que fregarlos. Limpiar la cocina. Dejarla en orden. Sus cosas de él en orden, siempre.

“Las chicas del servicio a veces me bajaban la comida porque sabían que yo no tenía tiempo para subir acá a buscar mi comida”. Casi siempre Rebeca come de pie, a bocados, mientras lava y friega. “Ya me daban las cuatro y ya tenía que comenzar a hacer la cena nuevamente”. Rebeca alcanza a comer sentada si ese día Julio Iglesias tiene hambre y adelanta veinte minutos la hora de la comida. A no ser que quiera café. Hay que servirle el café donde él diga después de comer.

Por la tarde, hay que abrillantar los cristales de la casa. Allí se limpia sobre limpio, que es el lujo de los ricos. Que parezca que no existe el polvo. Una vez la mandaron a quitarle el polvo a las hojas enormes de una platanera plantada en el jardín.

Rebeca se encierra a preparar la cena. Si hay invitados, la cosa se complica. A él le gusta cenar lentejas. Le dice a Rebeca que las hace muy buenas, hasta que le dejan de gustar y ya no le gusta cómo las hace. Si está de buen ánimo, se queda a cenar con los demás en el salón principal, acompañado de otras mujeres que también trabajan en la casa, alguna invitada o alguna visita. Ahí, él es el centro de atención, acapara la conversación. Si está desganado, toma el carrito de golf para ir a cenar a la cocina.

Hay que recoger y fregar. La jornada de Rebeca acababa a las diez de la noche, con suerte. Si se han manchado muchos platos y cacharros, a las once.

A esa hora, Rebeca se retira a su habitación. Allí puede descansar. Hasta el día que empiezan a llamarla por las noches para acudir a la habitación del señor.

Escenarios del miedo

“Cuando pusieron esa foto me brincó el corazón y me da un poco de tristeza recordar todo lo que pasaba allí”. Rebeca se enfrenta a un dibujo que recrea el dormitorio de Julio Iglesias. Señala la cama, de talla gigante, y explica dónde sucedían las agresiones sexuales que había relatado anteriormente. En las entrevistas con elDiario.es y Univision Noticias, Rebeca relata que fue presionada para mantener encuentros sexuales con Julio Iglesias y describe penetraciones, bofetadas y vejaciones físicas y verbales. “Me usaba casi todas las noches”, dice. Eso sucedía, según Rebeca, allí, en esa habitación, si estaban en Punta Cana. En otras ocasiones, Rebeca acompañaba a Iglesias en su avión privado a Bahamas, donde tiene otra residencia, más pequeña, en Lyford Cay.

Rebeca señala una visa aérea de Punta Cana

Periodistas de elDiario.es y Univision Noticias se pusieron en contacto en repetidas ocasiones y por diferentes vías con Julio Iglesias y con su abogado, sin obtener respuesta a las preguntas que estos medios le hicieron llegar por email, mensajes telefónicos y cartas entregadas en sus residencias. En un comunicado público posterior a la publicación de la primera información, el cantante ha negado “haber abusado, coaccionado o faltado el respeto a ninguna mujer” y dijo que las acusaciones eran “absolutamente falsas”.

Rebeca dice que en esos encuentros sexuales forzados participaba casi siempre la persona de confianza de Iglesias, una mujer que se dedica a gobernar la casa y seleccionar el personal. “Hacían lo que querían conmigo. Ella me mordió y se me quedó verde por varios días de tan fuerte que fue la mordida y yo me quedé con trauma con eso”, recuerda. La gobernanta de la casa de Julio Iglesias no ha dado respuesta a las preguntas realizadas por las periodistas de esta investigación. 

Según el relato de Rebeca, Laura y otras mujeres que han conocido la vida cotidiana de Villa Corales 5, hay cuatro lugares en la casa donde han identificado situaciones que les han incomodado o que se corresponden con una definición de acoso, abuso o agresión.

El escenario en el que se han ubicado las acusaciones más graves es el dormitorio de Julio Iglesias. Una estancia amplia de inspiración balinesa con una cama king size con cuatro columnas de madera en las esquinas. Un televisor frente a la cama. El suelo alfombrado. Hay una puerta que da a otra habitación. Normalmente la ocupa una empleada que le cuida. Cuando ella no está, a Rebeca la trasladan del dormitorio colectivo a esa habitación preferencial.

“No todas tenían el permiso para entrar”, señala Rebeca. “Yo podía entrar solo cuando él lo solicitaba”. Para limpiar la habitación, la encargada de hacerlo tenía que estar “pendiente del pitido” del carrito de golf. Eso indicaba que él se alejaba de su habitación. “Cuando escuchaba el pitido, ella entraba superrápido y comenzaba a arreglar la cama o a quitar las sábanas y tenía que lavarla y limpiar todo”.

Nadie se atrevía a entrar allí con un teléfono móvil. “No creo que conociendo el carácter de él, una chica vaya a entrar y tirar una foto”. Eso era algo que estaba prohibido.

La piscina y la playa privada eran dos lugares de socialización en la casa. Según el relato de Laura, en dos ocasiones diferentes, en ambos sitios, fue presionada para mostrar sus pechos delante de varias personas. “¿Tus senos son operados o son naturales?”. Cuando Laura respondió que se había hecho una intervención, él dijo: “Entonces, muéstralos”. Laura cuenta que tras mucha insistencia se los mostró. “Me sentí como que me estaban haciendo un examen médico”, dice. “Todo transcurrió como si fuera algo totalmente normal”. Más tarde, tanto Iglesias como la encargada de la casa la presionaron para volver a mostrarlos porque “en España las mujeres se bañan con los senos al aire”.

El vehículo que le da movilidad, ya que no puede caminar sin dificultad, le sirve también para encontrar momentos de intimidad. El día que Rebeca se atrevió a decirle a Iglesias que quería abandonar la casa, hubo una gran crisis y la empleada acabó manteniendo una conversación con Iglesias sentada en la parte de atrás del carrito de golf. “¿Cómo que te vas para tu casa, boluda mierda?”, dice Rebeca que él le contestó, gritando.

“Le doy la espalda y me voy llorando a recoger mis cosas”. Se cambió el uniforme y recogió su habitación. La encargada fue detrás de ella. Rebeca dice que le pidió que pensara en su familia y en lo que ella quería lograr en su vida, en sus sueños. Rebeca le contestó: “No, señorita. Él me está tratando muy mal y yo estoy trabajando demasiado aquí para recibir ese trato”. Rebeca siguió recogiendo y al poco le anunciaron que el señor estaba afuera, se había aproximado a la habitación en el carrito de golf, y quería hablar.

“Se me acelera el corazón, porque a mí no me gusta la confrontación y él cuando confronta a uno es demasiado. Él te minimiza, te hace pequeño cuando habla y te come, te come entera”, dice. Rebeca señala que él le indicó en qué asiento debía sentarse, y comenzó a conducir por la villa, junto a la encargada. Ella les dijo que se quería ir “a su casa”, en Santo Domingo. Pero Iglesias insistió en que, en lugar de eso, le conseguiría otro trabajo en Bahamas, “con una familia para que estés más feliz”. Rebeca recuerda llorar, decir que no, insistir en volver a su casa, con su propia familia. “Comenzó a insultarme. Yo me tiro enojada del carrito en movimiento y sigo mi camino”, dice.

La encargada, según Rebeca, siguió sus pasos para detenerla y convencerla. “Él siempre la mandaba a ella a mediar”. “No te vayas. Él es un señor mayor y a veces se comporta así, pero mírame a mí, yo lo tengo que aguantar”, cuenta Rebeca que le contó la encargada. “Y ahí como que me calmaba y me quedaba”, dice.

“Después de que yo salí de ahí, tuve una pareja y cuando él me tocaba, yo soltaba una patada inconscientemente porque ya era un trauma que yo tenía”, dice Rebeca. Ella fue la que llamó a Corales 5 “la casita del terror” porque “es un drama, un terror, una cosa horrible”, pero Laura también usó en dos ocasiones esa palabra. Lo hizo al referir su trato con él o las circunstancias de su relacional laboral como una “película de terror”. Detrás de la valla de madera que protege la enorme villa de las miradas ajenas hay un aparente paraíso caribeño, una finca de postal que muchas empleadas fotografiaban a escondidas a pesar de la prohibición. Pero, según los relatos publicados y los hechos denunciados por Rebeca y Laura ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional, detrás de la foto había miedo, control y coacción.

Puedes leer más sobre esta investigación en nuestro especial.

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