Fundación Bancaja presenta la exposición Tàpies. Última década (2002-2012)
La Fundación Bancaja ha presentado esta mañana en su sede de Valencia la exposición Tàpies. Última década. 2002-2012, una muestra monográfica de uno de los artistas más destacados del siglo XX y considerado uno de los máximos exponentes del informalismo a nivel internacional.
La exposición se centra en la producción tardía de Antoni Tàpies, desde 2002 hasta su muerte en 2012 a los 88 años, con un conjunto de obras especialmente representativas que condensan su esencia como artista durante un período menos conocido dentro de una dilatada trayectoria artística de seis décadas.
El recorrido expositivo revela cómo las ideas y formas que dieron forma a su singular y reconocida personalidad artística siguieron presentes en el trabajo realizado desde la madurez de su octava década de vida con una expresión pictórica que se vuelve más libre, directa y depurada.
Comisariada por Fernando Castro Flórez, la exposición reúne 22 piezas de gran formato con algunas inéditas que se muestran por primera vez al público en esta exposición como Morat (2005), A veritable (2006), Sis Signes (2009), Boques (2011) o Autoretrat (2011). Las obras presentadas proceden de la colección de la familia a excepción de a = a (2005), incorporada a la colección de la Fundación Bancaja en 2025.
El Tàpies íntimo y esencial de la última década aborda con una energía contenida y una gravedad silenciosa su experimentación con la materia y los símbolos, y sigue incorporando en sus obras objetos cotidianos, maderas, telas, cuerdas, fragmentos de mobiliario, que integran lo real dentro de lo pictórico.
A lo largo de la exposición están presentes tres temas fundamentales en la obra de Tàpies: el cuerpo humano, presente en forma de huellas, extremidades, torsos, ojos o bocas que representan la idea de presencia y vulnerabilidad y del cuerpo como memoria; los símbolos con sus características cruces, letras, señales y estructuras básicas que funcionan como un vocabulario personal y como herramientas de pensamiento que equivalen a conceptos, ideas, fuerzas o recordatorios espirituales; y los objetos a través de fragmentos reales incrustados en la obra que conectan lo material con lo conceptual u objetos incorporados físicamente a través del assemblage, mezclando lo cotidiano, lo sagrado, lo íntimo y lo universal.
Las obras de Tàpies conviven en la sala con fotografías de la casa del artista en Campins, en el Montseny (Barcelona), poniendo énfasis en la importancia que tuvieron estos entornos en la creación de Antoni Tàpies durante su última década. Su luz, su aislamiento y su ritmo pausado influyeron de manera directa en su forma de trabajar y en la manera en que depuró su lenguaje visual.
La exposición se completa con la proyección del documental Materia en forma de Tàpies producido por RTVE para su programa Imprescindibles y emitido en 2024 en el marco del centenario de su nacimiento.
Con motivo de la muestra se ha editado un catálogo con la reproducción de las obras expuestas, junto con textos de Toni Tàpies Barba y de Fernando Castro Flórez, incluyendo una entrevista realizada por el comisario a Antoni Tàpies en 1990.
Dentro de su programa de mediación cultural y artística, la Fundación Bancaja ofrece visitas comentadas para público general y grupos, así como talleres didácticos para escolares, personas con discapacidad, grupos en riesgo de exclusión y personas mayores.
La exposición puede visitarse en la sede de la Fundación Bancaja en Valencia (Plaza Tetuán, 23) del 6 de marzo al 30 de agosto de 2026.
Antoni Tàpies
A lo largo de su vida, Antoni Tàpies creó una producción que se acerca a las nueve mil piezas, un conjunto inmenso que atraviesa más de seis décadas de trabajo ininterrumpido. Su obra se expandió utilizando técnicas extremadamente diversas y explorando soportes, desde los más humildes como papeles encontrados, maderas reutilizadas o telas sin tratar, hasta superficies monumentales o técnicamente muy complejas. Algunas piezas tienen dimensiones colosales, cargadas de materia y fisicidad, mientras que otras son pequeñas, casi íntimas, concebidas a modo de anotación o pensamiento instantáneo. A pesar de esa enorme variedad, todas sus obras comparten un impulso interior reconocible: el deseo de volver a formular una misma pregunta esencial, como si cada pieza fuese el inicio de una idea que nunca se agota.
Esta constancia en su búsqueda está profundamente ligada a su carácter. Tàpies no solo fue uno de los artistas más influyentes del siglo XX, sino también un intelectual de enorme curiosidad y rigor. Melómano apasionado, bibliófilo insaciable, escritor prolífico y ensayista incisivo, construyó una obra teórica paralela a su producción plástica que resulta esencial para comprender su pensamiento. También fue un coleccionista extraordinario: a lo largo de su vida reunió piezas de artistas que él consideraba maestros y referentes como Joan Miró, Louise Bourgeois, Alberto Giacometti o Lucio Fontana, entre otros, configurando una colección que dialogaba silenciosamente con su propia creación. Esa doble dimensión, creador y coleccionista, alimentó su mirada y enriqueció su capacidad de analizar la historia del arte desde dentro.
En sus primeros años, Tàpies se acercó al surrealismo, un movimiento que le permitió explorar el inconsciente, el sueño y el automatismo como motores de la creación. Este contacto temprano le abrió la puerta a un arte donde lo irracional y lo inesperado tenían valor propio. Aunque su relación con el surrealismo fue breve, dejó en él una huella decisiva: la idea de la obra como revelación, como un espacio donde emergen símbolos personales y asociaciones libres que no deben ser controladas. Esa comprensión de la imagen como enigma y como manifestación de lo oculto acompañaría a Tàpies a lo largo de toda su trayectoria.
Después del surrealismo, Tàpies entró en una etapa decisiva centrada en la materia. En los años cincuenta comenzó a trabajar con arenas, yesos, pigmentos densos y superficies rugosas que daban a sus obras un aspecto casi de muro o terreno erosionado. En lugar de construir imágenes narrativas, se concentró en la textura, el desgaste y la huella, dejando que los materiales hablaran por sí mismos. Este informalismo matérico le permitió encontrar una voz totalmente personal y lo convirtió en una figura clave del arte europeo de posguerra. Aquí descubrió que la pintura podía ser también un objeto, un lugar donde inscribir el paso del tiempo y la experiencia humana.
En los años sesenta, Tàpies dio un paso importante al incorporar signos, letras, números y marcas que hacían que sus obras se parecieran a muros escritos o superficies que guardan mensajes. La materia seguía presente, pero ahora convivía con símbolos que actuaban casi como palabras dentro de un lenguaje visual propio. También empezó a incorporar objetos reales, cuerdas, telas, fragmentos que conectaban la pintura con el entorno cotidiano. Esta etapa marcó el momento en que su trabajo se volvió más reflexivo y cercano a las ideas del arte conceptual, sin dejar de ser profundamente personal.
En los años setenta y ochenta, Tàpies siguió desarrollando su lenguaje personal profundizando en los símbolos, las huellas y los objetos incorporados, pero con una carga más espiritual y reflexiva. En esta etapa, su obra adquiere un tono más meditativo y equilibrado: los símbolos se vuelven más esenciales, la materia más controlada y los objetos se integran con mayor naturalidad en la superficie del cuadro.
A lo largo de los años fue creando un lenguaje propio y muy rico en el que nunca descartaba nada. Con ese lenguaje no buscaba explicar, sino mostrar el mundo que le rodeaba a su manera. En su última década —la que nos ocupa —es casi imposible encasillarlo en una tendencia concreta. Es un creador que llega a una expresión muy depurada, silenciosa y esencial. Un Tàpies profundo, que no sigue ningún movimiento, sino la necesidad de seguir hablando con su propia voz y con plena madurez.
Buena parte de la energía que define esta última etapa proviene de su vida en Campins, en el Montseny (Barcelona). Tàpies y su esposa, Teresa Barba, adquirieron su casa a mediados de los años setenta, convirtiéndola con el tiempo en su residencia y refugio creativo. Con una construcción amplia, luminosa, rodeada de vegetación y con vistas abiertas a la montaña, esta residencia se convirtió en un espacio íntimo donde el artista podía trabajar aislado del ritmo urbano.
Para él, Campins no era simplemente un lugar donde vivir, sino un territorio casi espiritual. Allí producía grandes lienzos durante los meses de verano, aprovechando la luz y el sosiego, y allí también escribía, escuchaba música, recibía amigos y colaboradores y encontraba la calma necesaria para adentrarse en procesos creativos largos y concentrados. La naturaleza del Montseny, áspera y silenciosa, influyó en su sensibilidad material y en su inclinación hacia elementos primarios: la tierra, las texturas, los signos esenciales y la idea del tiempo como desgaste.
En estos últimos años, Tàpies también estuvo muy vinculado a la Fundació Antoni Tàpies, la institución que había creado junto a su esposa en 1984 y que abrió al público en 1990. Aunque su salud empezó a debilitarse a partir de 2005, siguió participando activamente en su rumbo: daba orientación sobre las exposiciones, revisaba proyectos y ayudaba a profundizar en los fondos. Durante esta etapa, la Fundació se centró en estudiar y difundir su legado mediante exposiciones de obra reciente dedicadas a sus cuadernos y dibujos, relecturas de sus textos y trabajos técnicos sobre sus materiales, además de programas educativos para acercar su pensamiento a nuevas generaciones. Al mismo tiempo, se llevó a cabo una labor muy cuidadosa de organización y clasificación de su archivo, esencial para completar los últimos volúmenes del catálogo razonado. Fue un proceso largo y complejo que permitió localizar y documentar obras repartidas por colecciones privadas y museos de todo el mundo, y que resultó clave para asegurar y consolidar su legado artístico.
También en esos años tardíos, Tàpies siguió recibiendo premios, homenajes y distinciones. Entre los más significativos destacan el Premio Velázquez de Artes Plásticas (2003), el nombramiento como miembro honorario de diversas academias europeas, y numerosas exposiciones retrospectivas que ampliaron su reconocimiento internacional. Museos como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el MACBA, el MNAC o el Pompidou continuaron dedicándole importantes muestras, lo que confirma la vigencia de su obra incluso al final de su trayectoria. Su figura fue celebrada como la de un creador que había aportado un lenguaje propio al arte contemporáneo, un artista capaz.
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