Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

CV Opinión cintillo

“No quiero molestarles”: Como el individualismo está acabando con el acompañamiento emocional

0

Vivimos en un momento social bastante extraño. Nunca habíamos estado tan conectades y, al mismo tiempo, tan soles. Podemos enviar un mensaje a cualquier persona en segundos, reaccionar a una historia, compartir lo que sentimos con cientos de contactos… y aun así sentir que no tenemos a casi ninguna persona cercana con quien compartir nuestros sentimientos más profundos e íntimos.

El individualismo moderno nos prometió libertad. Nos enseñó que la autosuficiencia era una virtud, que depender de otras personas era un signo de debilidad y que cada persona debíamos aprender a resolver nuestros problemas en silencio. El resultado es una sociedad llena de personas funcionales de puertas hacia afuera, personas productivas, o al menos que quieren serlo, pero emocionalmente agotadas por dentro.

Cada vez cuesta más pedir ayuda. No porque no tengamos amigues, sino porque sentimos que podríamos molestarles si lo hacemos.

Hay una frase que se repite habitualmente en mi consulta: “Seguro que tienen cosas más importantes que hacer”. Y así empezamos a aislarnos emocionalmente. Antes de contar cómo estamos, medimos el horario, el estado de ánimo del otro, si ya hablamos demasiado la última vez, si pareceremos intenses, pesimistas o dependientes. Convertimos la amistad en una especie de negociación implícita donde intentamos ocupar el menor espacio y atención posible.

Nos han enseñado a ser autosuficientes incluso con el dolor, o con cualquier otra emoción que nos genere malestar.

La cultura capitalista de la productividad también ha ido minando nuestras relaciones personales. Parece que siempre debemos estar bien, disponibles, motivades y emocionalmente estables. Mostrar fragilidad incomoda porque rompe la “performance” de persona capaz que intentamos sostener. Por eso muchas personas terminan diciendo “todo bien” cuando en realidad llevan semanas al límite.

Lo más preocupante es que esta dinámica no solo afecta a quien necesita ayuda; también afecta a quien puede ofrecerla. Hemos normalizado tanto la independencia extrema que acompañar emocionalmente a alguien comienza a percibirse como una carga. Escuchar requiere tiempo, paciencia y presencia, tres cosas que esta sociedad considera improductivas.

Hoy muchas relaciones están atravesadas por la inmediatez: conversaciones rápidas, vínculos fragmentados y una sensación constante de que todes estamos demasiado ocupades para sostener a nadie.

Hay algo profundamente triste en el hecho de que mucha gente prefiera sufrir sola antes que arriesgarse a parecer una carga. Porque detrás de ese miedo hay una idea peligrosa: creer que nuestro dolor solo merece atención si es “lo suficientemente grave”. Como si la tristeza tuviera que justificarse para ser escuchada.

El individualismo nos ha hecho confundir autonomía con aislamiento. Pero los seres humanos somos seres sociales. Necesitamos red, tribu, refugio. Necesitamos espacios donde no haga falta pedir perdón por sentir demasiado.

Quizá el verdadero acto de resistencia hoy no sea demostrar que podemos con todo, sino atrevernos a decir: “No estoy bien”. Y quizá también aprender a escuchar sin mirar el reloj, sin ofrecer soluciones inmediatas y sin hacer sentir al otro culpable por necesitar apoyo.

Tal vez el problema no sea que molestemos demasiado. Tal vez el problema es que hemos construido una sociedad donde todes intentan sufrir en silencio para no incomodar a nadie.

Etiquetas
stats