Ruzafa, ‘Tocado’ y hundido
Lo que era un rumor ha dejado de serlo gracias a un artículo de Moisés Rodríguez en Las Provincias: parecía que el mítico Café Tocado de Ruzafa iba a cerrar, pero podría ser peor. Se ha traspasado a un misterioso propietario que intenta encarar una ‘nueva etapa’; que suele significar. Ojalá me equivoque pero suena a consagrarlo a turistas que beben sangría, agua de València o Aperol con hielo —que es como el pis, pero en dulzón—. Que Omar Seguí, su dueño, haya decidido retirarse y venderlo es una decisión que hay que respetar, pues viene de quien hizo del cruce de la calle Cádiz con Puerto Rico un puerto franco para todo el que quería disfrutar de una luenga charla con amigos, entre risas y cuñadeces. Y eso, durante 30 años. Se va por la puerta grande, mientras lamenta que el barrio se parece cada vez más a Benidorm.
El problema no es que se vaya; el problema es lo que viene. O lo que viene viniendo desde hacer años. Y es futuro oscuro eso es lo que hemos votado los valencianos, así que no nos podemos quejar: HOSBEC (Asociación Empresarial Hotelera y Turística de la Comunidad Valenciana) ganó limpiamente las últimas elecciones presentándose con su marca blanca, el Partido Popular. Hay que aguantarse, pero jode. Y lo peor de todo es que no hay que ser muy listo para saber que esto es pan para hoy y hambre para mañana. Como las plagas de langostas, los turistas empezarán a irse a pastos más verdes cuando Ruzafa se convierta en un turistódromo en el que no haya nada que lo distinga de tantos otros.
La cuestión de fondo no es tanto, insisto, quién venga al barrio, sino con qué intenciones. Si el parque Manolo Granero es el último refugio del barrio es gracias a un italiano, más ruzafero que los que llevan aquí tres generaciones, que ha convertido el Oli-Bar y La Fernanda (la antigua Brasqueta) en un lugar seguro para que nos alcoholicemos padres y madres mientras nuestros hijos hacen el cabra. Mientras pillar una silla allí se empieza a tornar complicado a partir de cierta hora, en un local en la otra punta del parque —este de unos españoles— se comen los mocos, ya que su oferta para freír a los guiris a sablazos no acaba de cuajar. Otro ejemplo es Tacto, un bar bueno, bonito y barato que pertenece a tres simpáticas argentinas y que cada reseña que recibe son cinco estrellas. No lleva ni un año abierto y desde el primer día sabía al viejo Ruzafa. Lo mismo pasó en su día con Ubik, también fundado por italianos, que simboliza como pocos el espíritu de barrio. Por eso, como decía Lorca, una de las dos Ruzafas —la que lucha por sobrevivir y la que pelea por arrasarnos— ha de helarte el corazón.
Evidentemente, ni todo era tan bueno entonces, ni todo es tan malo ahora. Pero Ruzafa —como miles de Ruzafas desperdigadas por toda España— tuvo que elegir en un momento dado su futuro y, gracias al Ayuntamiento (el de ahora, pero el anterior no está exento de culpa), optó por cambiar esencia por más bares. Tampoco se trata de reivindicar el regreso del Raya Blanca, con sus horarios infinitos y procesiones para ir al cuarto de baño, pero sí era mucho mejor que algunos de los modernos locales que hay ahora, más pensados para las fotos de Instagram que para disfrutar de la penúltima. A mí las drogas me dejaron hace tiempo, pero me cuentan que hasta pillar es cada vez más complicado. ¿Este es el barrio que queremos para nuestros hijos?
No se trata de ponerse cenizo en estos tiempos en los que ni la nostalgia es lo que era. La gente cambia, los barrios cambian y las ciudades cambian. Lo que hay que preguntarse es cómo y hacia dónde. Y ese es el problema, que parece que no haya rumbo.
Pero el turismo no solo ha traído cosas malas. Las tiendas de ropa de segunda mano, por ejemplo, molan. Ahí, los horteras como yo podemos comprar camisas estampadas que si te ve con ellas la policía del buen gusto duermes en Picassent. Y lo mismo se puede decir de los expats, que vinieron de casualidad y se quedaron. O de los inmigrantes latinos a los que los precios no han expulsado del barrio aún —todo se andará—. El problema no es el turismo, sino el monocultivo, como si no hubiera alternativa posible. Es la triste consecuencia de un gobierno municipal que no tiene ni hoja de ruta ni modelo de ciudad que no pase por volver a una visión de València que ya era vieja cuando se estrenó Verano Azul.
El cierre del Tocado no sería tan grave per se si, al mismo tiempo, los vecinos no estuvieran intentado parar una colmena de pisos en un patio interior (34 de una tacada), o si la recién declarada ZAS no fuera más que un paripé que a duras penas va a reducir el ruido que padecen algunas zonas pero sin tocar ninguna de las 300 terrazas (se dice pronto), muchas de las cuales superan con creces el espacio que les corresponde. Y encima, no reconoce el derecho a inflar a hostias a esos guiris que van en grupos de diez por la acera en bicicleta, algo que debería contemplarse no ya como optativo sino como obligatorio.
Ni Ruzafa es el mejor lugar del mundo, ni todos los cambios son a peor. Pero sí es un buen sitio para vivir y muchos de esos cambios sí han sido para peor. Y el cierre del Tocado es un símbolo. Por desgracia, los únicos que tienen motivos para el optimismo —aquí y en más sitios— son los que piensan que todo va a ir a peor.
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