El Far-(W)Est de Trump, sus mentores y sus lacayos
Como si fuera una terrible pesadilla para los que lo observamos desde lejos; pero una aterradora realidad para las personas que sufren diariamente estas actuaciones criminales en sus propias carnes, Trump, su camarilla, los oligarcas multimillonarios a los que representa -y sus lacayos como Abascal, Feijóo y Ayuso y un etcétera que llega hasta estas Islas- nos lo pretenden contar con tintes épicos.
La de “llevar a Irán a la Edad de Piedra de donde proceden” es el termómetro terrorífico de en manos de quién está el mundo: un tipo que desconoce que cuando Europa era una península de Asia sumida en la barbarie, en la cuenca del Nilo, en la Mesopotamia, alrededor del Indo y en el Lejano Oriente florecían civilizaciones milenarias. Y que, a pesar de las esperpénticas plegarias en el Despacho Oval, también ignora la creencia en la existencia del alma y su inmortalidad proviene de la religión mazdeísta de la antigua Persia.
Como si de un nuevo Far-(W)Est se tratara, un nueva serie de la epopeya de La Conquista del Oeste, es decir del genocidio de las naciones y tribus indígenas de Norteamérica con la que inundaron nuestra infancia los westerns de su industria cinematográfica.
Gaza, Irán, Líbano… y un suma y sigue de crímenes de lesa Humanidad, mal disfrazados con consignas en defensa de la democracia frente a regímenes dictatoriales o de acabar con la existencia de grupos terroristas, pero cuyos objetivos reales de apropiación de recursos estratégicos de Irán (como lo está siendo de Venezuela) o como excusa para el expansionismo supremacista israelí son completamente evidentes. Y ya ni se preocupan demasiado por ocultarlos.
Ya se sabe demasiado que lo de las dictaduras y la democracia en la política exterior de EEUU depende de si le hacen o no el rendez vous a los intereses estratégicos y a la voracidad de sus multinacionales o no. No paran en mientes para promover la instauración de regímenes atroces o proteger a los ya existentes si se doblegan a sus intereses. Como si las dictaduras, se pinten de negro, de rojo (o de azul) no fueran igual de abominables, sean cuales fueran sus proclamas fundacionales: fábricas de represión de las libertades, de corrupción, de impunidad y de mediocridad.
Pero a todo esto cada día me pregunto cómo el viejo Gran Old Party, el Partido Republicano, el que fue fundado en 1854 por un grupo de activistas antiesclavistas, el partido de Abraham Lincoln, el que lideró la abolición de la esclavitud, ha podido acabar secuestrado por un demente y criminal y por los poderosos lobbys que lo manejan. Y cómo un individuo que alentó una rebelión contra las elecciones que perdió frente a la candidatura de Joseph Biden ha podido volver a ganar unas elecciones presidenciales.
Algo ha fallado clamorosamente en la democracia norteamericana (llena de déficits como todas las democracias, aún así el sistema menos malo de los posibles) para que estemos viviendo este panorama aterrador. También en el plano interno de los EEUU, con toda la violencia desatada por el ICE, los visibles designios del Poder Ejecutivo de acabar con la separación de poderes, especialmente con la independencia del Poder Judicial, de instaurar la censura informativa y, en definitiva, de subvertir los principios fundamentales de la Constitución Norteamericana.
En mi opinión, allá (y ya casi “aquí acá”, que se dice aún en La Palma) la clave reside en el control omnímodo de los medios de comunicación, destruyendo el pluralismo informativo y “la existencia de la comunicación pública libre, indisolublemente unida al pluralismo político y, por ello, al funcionamiento de un estado de derecho democrático”, reduciendo “a formas huecas las instituciones representativas y absolutamente falseado el principio de legitimidad democrática”, como nuestro Tribunal Constitucional proclamó desde sus más tempranas sentencias, a principios de los 80.
Sin el control de los medios informativos convencionales y -la novedad de estos tiempos- de la implacable apisonadora de intoxicación en que los megarricos han convertido las redes sociales, lo que estamos viviendo sería impensable.
La degradación de la democracia, la derogación de los derechos sociales y laborales y la destrucción de las libertades políticas que les resulta imprescindible para poder perpetrar sin resistencia de ciudadanos y trabajadores esas degradación y derogación (¿se acuerdan de la Ley Mordaza?) es una etapa en el camino que el Gran Capitalismo y sus representantes políticos conservadores y neocons emprendieron, allá por los 70, desde que el bloque soviético se fue colapsando económicamente, como preludio de su desmoronamiento político pocos años después. Lo emprendieron en todo el Mundo Occidental. Y también en España, con sus agentes más grotescos: de Aznar al tándem Feijóo-Ayuso; por no mentar a Abascal, la peligrosa caricatura neofascista.
Por eso al intento de Clavijo de controlar (¡también!) la dirección de RTVE en Canarias, después del allanamiento de la radio autonómica y de la Televisión Canaria, no nos lo debemos tomar sólo como la ridiculez que es, sino como parte del guión de influyentes poderes empresariales -también por estos lares- de convertir la realidad política de Canarias y su autogobierno en un puro remedo de democracia. Y a sus Instituciones en meras agencias de sus intereses.
¿Ustedes se imaginan cuál sería cuál sería el panorama de la inmensa constelación de medios de comunicación en manos de la derecha si asuntos como Gürtel, “Policía Patriótica (Kitchen), los del ministro-milagro Rato o del sin par Montoro afectaran al PSOE? ¿O qué celo y con qué prisas no se estarían dando los jueces de la misma calaña que los García-Castellón, Hurtado, Peinado… para investigar y sentar en el banquillo a todo quisque de este Gobierno ”o de su entorno“, siguiendo las innovaciones jurídicas de Marchena?
¿O hasta dónde llegarían los ditirambos y las alabanzas si un gobierno del PP pudiera presentar la quinta parte de los datos económicos y de empleo del actual Gobierno de España?
Pero lo que estamos padeciendo es una hegemonía de tal calibre de los medios y canales informativos por parte de la derecha que a un observador distante le daría la impresión de que el Gobierno legítimo representa a una minoría marginal de la sociedad española, exacerbando hasta el infinito sus yerros reales o aparentes y silenciando los casos flagrantes de corrupción, las contradicciones obscenas y, en las últimas semanas, las actitudes serviles y antipatrióticas del PP y de Vox frente a los delitos de genocidio y de lesa humanidad que está la sociedad española presenciando en riguroso directo. Bajo esa campana de protección, y la sensación de impunidad que les proporciona, la derecha y la ultraderecha españolas se han creído que pueden hacer y decir -sin coste alguno- lo que se les antoje.
Con este panorama informativo y con la estrategia antigubernamental descarada de
jueces que parecen estar colocados en los órganos jurisdiccionales y en los procedimientos oportunos, las bases de una democracia pluralista están más minadas que el estrecho de Ormuz. O que el Puerto de Haiphon, minado por el ejército americano durante la guerra del Vietnam. Pero parece que es “ley de vida” que quien ataca al imperio, aunque sea para defender su soberanía, es un terrorista. Y las agresiones genocidas del imperio, de cualquier imperio, siempre se cometen en nombre de la libertad, de la civilización y hasta de las creencias religiosas.
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