Nacionalismo del siglo XXI
La historia reciente de España está jalonada de desencuentros entre el centro y la periferia, que ponen en evidencia, en el fondo, la inseguridad de una antigua potencia colonizadora, España, venida a menos, ante su incierto futuro político después de la pérdida definitiva de su imperio en 1.898, a manos de otra potencia emergente, los Estados Unidos de América. Aunque el proceso descolonizador español comenzó mucho antes y fue mucho más rápido y radical que otros similares de nuestro entorno geográfico, como los llevados a cabo por Francia o Inglaterra, en cuanto a la pérdida total de los territorios de ultramar, salvo Canarias, y la desaparición absoluta de los vínculos, no solamente políticos, sino comerciales y afectivos, entre la metrópoli y sus antiguas colonias. Por lo que debido a este sentimiento de pérdida, España se replegó sobre sí misma, intentado subyugar y homogeneizar a las distintas regiones, que fueron muchas de ellas, en su día, verdaderos reinos independientes, antes de la aparición de la España política actual en 1.492. Al proceso descolonizador se le sumó la agitación social producida por la introducción de las ideas de Marx y Bakunin, que además tuvieron mayor repercusión en las zonas más desarrolladas industrialmente y que coincidían con las de mayores reclamaciones nacionalistas, como el País Vasco o Cataluña. El proceso de descomposición política imparable, las tensiones soberanistas entre las regiones y el Estado, y la lucha violenta de clases, que aquejaban a España y la amenazaban con su desintegración como nación, fue la excusa política perfecta que utilizó Franco para dar el golpe de estado a una República incapaz de canalizar adecuadamente esos movimientos políticos y sociales. Así el proceso descentralizador español se frenó durante casi cuatro décadas de dictadura franquista. En Franco se mezclaron su mentalidad castrense uniformadora que rechazaba la diversidad y su propia inseguridad, en el interior, por la oposición a la dictadura, y en el exterior, por una comunidad internacional que nunca aceptó su régimen. Franco entendía la variedad lingüística y cultural de España como una disensión política y un peligro para la sagrada unidad de la patria, de la que él se había auto proclamado su único caudillo, por lo que persiguió ferozmente las lenguas autóctonas catalana, vasca y gallega, y por tanto a quienes insistían en hablarlas. Franco, que rechazó ferozmente y persiguió contundentemente los nacionalismos subestatales en España, sin embargo paradójicamente fomentó extraordinariamente el nacionalismo español. Nunca antes en la historia de España, salvo la vergonzante expulsión del pueblo judío por los mal llamados reyes católicos, dejaron de convivir en nuestro territorio distintos pueblos, lenguas, culturas y religiones. España siempre fue un crisol de distintas naciones. Esa brutal represión produjo, tras la muerte de Franco, una reacción en sentido contrario, y con igual virulencia, de rechazo frontal al nacionalismo español. Casi treinta años después de aprobarse la Constitución española de 1.978, que creó un estado descentralizado, que reconoce la existencia de realidades territoriales subestatales, las comunidades autónomas, donde viven diferentes nacionalidades, ambos nacionalismos, el español y los autonómicos, han comenzado a tolerarse y a convivir pacíficamente. Desde el CCN defendemos para Canarias un nacionalismo integrador, no excluyente, que no renuncie ni se avergüence de formar parte de una realidad política superior que se llama España y de otra supraestatal que se llama Europa, porque a la postre todos formamos parte de una nación mayor, que es la humanidad.*Presidente del Centro Canario, CCN
Ignacio González Santiago*
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