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Prepotencia, antipolítica

Donald Trump, a su llegada a la Casa Blanca.

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Vivimos -sufrimos- una época de desencanto. La guerra -la enésima guerra- se va cobrando vidas y recursos. A los señores de la guerra, a los jerifaltes inescrupulosos, les da igual. Ellos son conscientes de que todos perdemos. Bueno, ellos quizá un poco menos. La humanidad se destroza a sí misma. Bombardea, estalla, cuanto menos quede, mejor. Y a este paso, quedará poco. Como que ya planean -en Gaza, por ejemplo- urbanizaciones y resorts de lujo. Para disfrutar, se permiten insertar paisajes idílicos en los reclamos promocionales. Codiciosos es un piropo. Maldita sea la barbarie.

El problema es que todas las eras del desencanto generan su propia sátira. Y entonces, cuando la confianza se erosiona, como escribía días pasados el ensayista, poeta y catedrático de Literatura por la universidad de Granada, Luis García Montero, “la política deja de ser vista como instrumento de convivencia y pasa a ser caricaturizada como un oficio menor”.

Es ahí donde se desata la confusión. Las bombas, la munición, los drones y el fuego de las guerras, la destrucción, en suma, adquiere ese nivel de desconcierto y escepticismo que te hacer mover la cabeza, mirar al vacío, pensar en hijos y nietos y rumiar que no hay solución. Que el juicio final está cada vez más cerca. Aquella confusión se va agigantando y en nuestro país, entre informaciones de conflictos bélicos, las lides electorales, las descalificaciones nuestras de cada día y las negociaciones para repartirse el poder, incentiva la cultura política basada en la confusión.

El diagnóstico lo hace el mismo García Montero. Y es bastante certero: “El populismo -dice- confunde la libertad con el desprecio a la política, algo que no solo anima a la abstención, o a la mala fama de los representantes públicos, sino que llega incluso a identificar la rebeldía con el autoritarismo. Los partidarios de la antipolítica ofrecen su prepotencia como una ética de la insumisión. Así que todo se confunde”.

El cúmulo de circunstancias que incide en el desprestigio de la política -el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra- va haciendo cada vez más irrespirable el ambiente. Un descrédito al galope tendido, el empleo sistemático e impune de la mentira en muchos discursos -los incumplimientos programáticos se han convertido en pecados políticos veniales- y otros intereses perversos que también afectan al universo mediático, hacen que el sistema se tambalee. Cierto que gobernar no es un ejercicio de pureza monástica. Al contrario, es administrar tensiones reales en sociedades plurales. También es verdad que la ingenuidad no construye estabilidad y que la rigidez no produce acuerdos.

Por eso, hay que defender siempre el respeto, la convivencia y la tolerancia. Respeto, sobre todo, a la Constitución, al Estado de derecho y las reglas de juego. Respeto a los acuerdos y a la justicia social. Ahora vienen algunos a reescribir la historia, a anular conquistas sociales, a modificar culturas y a introducir hábitos o medidas que, en el fondo, son retrocesos.

El nuevo orden mundial, o así lo llaman, no puede ser eso. Salvo que se acepte, sin más, la ley del más fuerte. En nuestro país y en cualquier lado. El desencanto solo alimenta la barbarie. Y la prepotencia de la que se alardea es el pórtico de la antipolítica.

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