Traspasar todas las líneas rojas
Hay cosas que no se limpian ni con el fuego de San Juan. No hay hoguera que pueda acabar con esta España faltona, vocinglera y odiadora. No hay fiesta pagana que nos libre de los malos espíritus que habitan en la política. Ni mil veces que saltara Pedro Sánchez sobre las cenizas de Ábalos o Cerdán le librarán ya del peso de una sentencia condenatoria a 24 años de prisión al que fuera su ministro de Transportes y secretario de Organización del PSOE. Tan cierto es esto como que ni saltando otras mil veces Feijóo sobre las pavesas del PP borrará años y años de saqueo de sus gobiernos autonómicos y locales. Ni su fotografía con el narco Marcial Dorado. Ni el fraude fiscal del novio de Ayuso. Ni la mal llamada policía patriótica. Ni los audios de Villarejo. Y aun así mantiene ese tono faltón y destructivo con el que acostumbra a transitar por la oposición y dar lecciones de integridad y limpieza.
No hay línea roja que no haya traspasado ya el líder de los populares con su devastador y nocivo verbo. Primero fue el suegro fallecido de Pedro Sánchez y ahora el padre también muerto de Patxi López. Con esposas, hijas y hermanos de por medio. Todo le vale en su desesperado intento de hacerse escuchar y habitar en La Moncloa. Hasta recomendar a Sánchez un psicólogo. Alguien debería recordarle que el volumen jamás valida un argumento, que el tono elevado refleja siempre la falta de ideas y que el insulto es síntoma de frustración, pero no de superioridad moral o intelectual. La razón no se demuestra con el griterío, sino con la coherencia y la verdad, dos cualidades con las que el PP siempre tuvo una oblicua relación.
El caso es que este jueves mientras se encendían las primeras hogueras en las playas, Pedro Sánchez comparecía en el Congreso con intención de quemar en apenas media hora de discurso una sucesión de escándalos que desde hace meses consumen a su Gobierno. Llegó al hemiciclo con el argumentario bien afilado: que nunca supo de la corrupción de Ábalos o Cerdán; que de haberlo sabido jamás lo hubiera tolerado; que Zapatero merece la presunción de inocencia; que su mujer no cobró un solo euro por la cátedra de la Complutense y que la derecha y la ultraderecha, con ayuda de su sincronizada mediática, llevan años fabricando un relato inexistente sobre una situación de corrupción generalizada en el Gobierno.
A ninguno de los casos que se investigan le restó un ápice de importancia, aunque los situó en tres escalas diferentes al tiempo que censuró que determinados actores políticos y mediáticos traten de mezclar “para confundir a la gente”. De un lado, la sentencia del Supremo sobre Ábalos, Koldo y Víctor Aldama, para rechazar todo espacio de impunidad de los corruptos. “Sean quienes sean”. De otro, el caso Zapatero, un asunto que dijo no compete al Gobierno, salvo en si hubo trato de favor en el préstamos a Plus Ultra, que ya avanzó que “no lo hubo”. Y por último, las investigaciones que afectan a su hermano y a su esposa, que atribuyó a un modus operandi: “Primero el bulo en forma de titular. Después, la denuncia. Y por último, el daño reputacional que juega con los tiempos lentos de la Justicia, la falta de integridad de algunos pseudo medios y la indecencia de algunos políticos”.
A partir de ahí, entró en escena un vociferante Feijóo para encadenar un grito tras otro, un insulto tras otro, una ofensa tras otra. Contra vivos y contra muertos. Así hasta señalar al presidente del Gobierno como “el nexo político corruptor” de todas las tramas y como el número uno de la organización criminal que investiga la justicia para aventurar incluso que será imputado. Por aventurar, avanzó también que el presidente tratará de librarse de un hipotético juicio impidiendo que el Congreso apruebe el suplicatorio.
Con todas las causas judiciales que afectan al Gobierno, Feijóo tenía abonado el terreno para elevarse por encima del fango con una fría descripción de los hechos, pero prefirió chapotear en el lodo y cruzar todas las líneas rojas que, una vez traspasadas, dicen más de quien las cruza que de a quién van dirigidas. Una de ellas fue cuando insinuó que el suegro del presidente del Gobierno había sido el financiador de su carrera política: “A mí no me ha financiado ningún magnate de la prostitución”. Y otra cuando evocó la memoria del padre fallecido de Patxi López para sugerir que se avergonzaría de su propio hijo. Eduardo López Albizu fue un histórico dirigente socialista y sindicalista de la UGT que pagó con su libertad la defensa de una democracia que hoy pisotea la derecha. Fue detenido, torturado, encarcelado y desterrado y murió con la dignidad de quien nunca se doblegó.
Llevar su nombre al hemiciclo para convertirlo en arma arrojadiza contra su hijo es, cuando menos, una falta de respeto y de escrúpulo. No es política. Es otra cosa, que nada tiene que ver con un juicio implacable contra la corrupción documentada, no contra la inventada. Es Feijóo en estado puro. El que, con parecidas artes, logró arrebatar el poder de la Xunta a un bipartito formado por el PSdG y el BNG. El que participó en una operación impulsada por Ayuso para tumbar el liderato de Pablo Casado por denunciar las comisiones cobradas por su hermano con la venta de mascarillas en plena pandemia. El que es capaz de convertir en munición a los muertos olvidando que en política también caben la decencia y el límite. El que ha perdido la memoria con el calendario judicial que tienen todavía por delante quienes militan en sus mismas siglas: 31 causas entre 2026 y 2030 y 6 sentencias pendientes. Y el que pretende seducir a los socios del Gobierno llamándoles “indecentes”.
Sobre este blog
Un boletín de Esther Palomera exclusivo para socias y socios. Donde la verdad no se maquilla ni se suaviza. Una opinión directa sobre lo que esconden los micrófonos de la política.
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