La ciencia de la felicidad

Puesta de sol

Ser feliz. Esas dos palabras se han convertido en la máxima aspiración de nuestras vidas. Es casi un derecho que damos por sentado, sin embargo, este concepto es algo relativamente nuevo. Hasta el siglo XVIII la mayoría de los humanos entendían la vida como un valle de lágrimas. Vivir venía ligado al sufrimiento y la felicidad era entendida como algo azaroso, prácticamente un capricho del destino. De ahí que no resulte extraño que la mayoría de vocablos que la definen estén relacionados con lo fortuito. Happiness, proviene del inglés happ que significa ocasión o fortuna; ocurre lo mismo con el francés, bonheur, cuyas raíces son bon (bueno) y heur (suerte). En italiano, español, portugués y catalán, tenemos felicità, felicidad, felicidade y felicitat, derivados del término en latín felix, que puede significar tanto suerte como destino. La felicidad, por tanto, era algo que sucedía accidentalmente y de improviso, ajeno a nuestra voluntad.

Hasta la aparición de pensadores como Voltaire y Rousseau, la dicha no se volvería algo terrenal, una promesa adquirible en vida. Así, la felicidad continuaría evolucionando hasta convertirse en el objetivo real que es hoy, donde “más que un emocionante derecho, parece haberse convertido en una mercancía, en un codiciado objeto de consumo que hay que poseer para no ser un paria social”, expone la escritora Rosa Montero. Las marcas la utilizan como reclamo y se esfuerzan en direccionarnos pero, ¿realmente la felicidad se puede comprar? Para Dan Gilbert, autor del best seller Tropezar con la felicidad, es todo mucho más sencillo que eso. Apodado por sus compañeros de Harvard como Profesor Felicidad, lleva más de treinta años investigando su naturaleza.

Los estudios de Gilbert han demostrado un componente sorprendente para ser feliz: la ausencia de decisión. Generalmente, la capacidad de elegir se asocia con algo bueno pero según los datos del investigador, demasiada libertad de elección nos hace infelices. La incertidumbre y el arrepentimiento que conlleva el elegir puede derrumbar lo positivo de la autonomía, pues nos obsesionamos con nuestras elecciones. Un tormento que no ocurre cuando la decisión venía impuesta.

Esto no quiere decir, por supuesto, que llevar una vida prefijada por otros sea la receta del bienestar, sino que la felicidad no está tan ligada a nuestras decisiones como creemos. Cambiar frente a aceptar las circunstancias, parecen alternativas opuestas, sin embargo, ambas podrían dejarnos igual de satisfechos. Ya que no es tanto una cuestión de voluntad como de sistema inmunitario psicológico. Es decir, al igual que poseemos un sistema que nos protege contra virus y bacterias, tenemos otro que nos ayuda a lidiar con los problemas y las adversidades. “Mi mujer jamás enferma y yo pillo todos los resfriados. Lo mismo ocurre con el sistema inmune psicológico. Hay personas que son resilientes ante la peor tragedia. Otras personas se entristecen a la mínima. Pero lo interesante es que la inmensa mayoría de los seres humanos son del primer tipo”, revela Gilbert. Es más, “el 75% de las personas vuelven a ser felices en los dos años posteriores al peor trauma que te puedas imaginar”.

¿Felicidad sintética o natural?

Gilbert ha identificado dos vertientes dentro de la felicidad. Por un lado está la denominada felicidad natural, aquella que experimentamos al obtener lo que queremos; y por otro encontramos la felicidad sintética, que es la que nos fabricamos al no conseguir lo que queremos. A simple vista podría parecer que la sintética es una versión degradada de la natural. Sin embargo, la primera es tan real y duradera como la segunda, produciendo los mismos beneficios sobre el organismo.

El mecanismo de la felicidad sintética ocurre porque vamos adaptando nuestra manera de pensar según lo que poseemos o lo que nos pasa. Por ejemplo, si nuestra pareja nos deja −una vez pasado del shock inicial−, empezaremos a asumir el cambio (“en el fondo no nos entendíamos”, “no teníamos cosas en común”…) y a convencernos de las ventajas de nuestra nueva situación. No se trata de un engaño, simplemente, encontramos la forma de ser felices con lo que está sucediendo.

La ciencia ha demostrado que nuestra capacidad de hacer frente a situaciones desfavorables es mayor de lo que imaginamos. Por eso, la brecha entre expectativas y realidad, no es tan importante. “La buena noticia es que ir a ciegas no va a hacerte tan infeliz como crees; la mala es que ganar la lotería tampoco te hará tan feliz como esperas”, afirma Gilbert. No es que estas situaciones no nos afecten, lo hacen, pero la mayoría de nosotros volveremos a nuestras líneas de base emocionales más rápidamente de lo que podríamos predecir.

La amnesia puesta a prueba

El equipo del profesor Gilbert realizó un curioso experimento para demostrar la efectividad de la felicidad sintética. Para ello, el investigador trabajó con un grupo de personas que sufrían amnesia anterógrada, una condición que les hace imposible adquirir nuevos recuerdos. Durante el experimento, Gilbert les mostró un total de seis pinturas de Monet y les pidió que las ordenasen según su gusto personal, de más a menos preferida. Una vez clasificadas, se les explicó que recibirían una copia por correo de una de las pinturas, pudiendo elegir entre las que ocupaban tercera y cuarta posición (justo el rango intermedio). Casi todos los sujetos eligieron la que habían enumerado en tercer lugar, ya que les había gustado un poco más que la cuarta.

Tomada la decisión, Gilbert abandonó la habitación y pasadas unas horas, volvió a repetir el experimento, con la ventaja de que los participantes no lo recordaban ni a él, ni a nada de lo sucedido. Inesperadamente, al pedirles que ordenasen las pinturas de nuevo, se produjo algo asombroso: los participantes cambiaron el orden original. En su lugar concedieron a la pintura que poseían (pero no recordaban tener) el segundo puesto y colocaron en quinto puesto la que habían rechazado, haciéndola retroceder. El chocante resultado fue que a los amnésicos les gustaba más la pintura que poseían, ¡pero sin saber que la poseían! Demostrando que la felicidad sintética produce un efecto tan importante, que es capaz de cambiar nuestra percepción de las cosas, sin necesidad de recurrir al autoengaño.

Desde luego, existen situaciones mejores que otras para desarrollar la felicidad sintética, pero en todas juega un papel importante la libertad; o lo que es lo mismo, la posibilidad de cambiar de opinión. A esto se lo conoce como el paradigma de la libre elección. Para demostrar que el sistema inmunológico psicológico funciona mejor cuando no tenemos opciones, Gilbert desarrolló el siguiente experimento con un grupo de estudiantes de Harvard. Éstos acababan de realizar un curso de fotografía y al terminar, se les pidió que escogieran sus dos mejores fotos. A continuación, tuvieron que decantarse por una de ellas: la elegida podrían llevársela a casa, la otra se la quedaría el centro.

Al primer subgrupo se les concedió un margen de cuatro días para decidir con que foto quedarse, mientras que el subgrupo dos tuvo que elegir en el acto. Como ya podríamos intuir, a los que se les dio la opción irreversible, les pareció que la foto de su elección había sido la mejor, sintiéndose más satisfechos; mientras que el grupo que tuvo la posibilidad de cambiar de idea, siguió pensando, incluso después del cuarto día, que podía haber decidido mejor, para incremento de su infelicidad.

Al año siguiente, Gilbert repitió el experimento, esta vez dejando elegir a sus estudiantes de antemano si querían estar en el curso que podría cambiar de idea respecto a la foto o en el que no. El 66% de los estudiantes eligieron la primera opción porque les permitía más posibilidades; ignorando que esa libertad sería más negativa a la larga. Por eso Gilbert insiste: Pensamos que la felicidad es algo que se encuentra, cuando en realidad, somos capaces de sintetizarla. “Nuestros anhelos y preocupaciones son, hasta cierto punto, pretenciosos porque tenemos dentro de nosotros la capacidad de hacer la materia misma que estamos constantemente buscando”.

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