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Dejarlo ir

a

Una estrella fugaz,
un deseo poder volver
locos a los cuerdos
para que puedan ver
que los locos son otros,
los locos son ellos.

David Ruiz

Recientemente se ha publicado un informe de Oxfam titulado Premiar el trabajo, no la riqueza, del que se concluye, según la revista PlayGround, que en Nigeria, por ejemplo, el hombre más rico podría sacar de la pobreza extrema a dos millones de personas. En Indonesia, los 27 hombres más ricos poseen la misma riqueza que 100 millones de vecinos. En Estados Unidos, las tres personas más ricas tienen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población de Estados Unidos, o sea, de unos 160 millones de personas.

No sé calcular qué significa eso, principalmente porque ignoro el valor de cualquier cifra en la que se incluya millones de euros. Aún así, lo que me preocupa no es el dinero, sino sentir la certeza del egoísmo. No es el dinero el problema, sino quienes lo tienen y no son capaces de mirar los ojos de las personas que se cruzan cada día y no sentir vergüenza por vivir una vida que solo los incluye a ellos.

Conozco a un hombre que paga 300 euros de alquiler y gana 600, una profesora que sabe cuatro idiomas y no tiene para cenar cada día, un cocinero que duerme en la calle y lucha por conseguir un trabajo; la primera vez que lo vi gritó un "te quiero" después de que alguien le comprara una barra de pan. Por eso definitivamente el dinero no es el problema.

Conozco a multimillonarios que devuelven todo lo que tienen, que generan transformación a favor de una justicia ausente. Pero también me conozco a mí misma y me asusta pensar que esos días en los que quisiera ganar más se conviertan en una constante. Sé que no soy la única, o al menos me consuelo en ello. Que al final de mes ya nadie quiere ser altruista nunca más, nadie quiere compartir lo que tiene porque deja de encontrarle significado, porque le consume la rabia de saber que hay otros que podrían inculcar un ejemplo sin esfuerzo, mientras existen quienes se entregan sin pensar el cómo y el cuándo.

Ahí está, como siempre, el valor de la voluntad. Cuando de pequeños nos advertían de que todo aquel que quería alcanzar un objetivo iba a tener que sacrificar algo nadie hablaba de dinero. Se referían al tiempo, a la libertad, a la verdad, al amor. Resignarse a perder una parte por un bien mayor. Y no hay recompensa más alta que darse al otro, principalmente porque la recompensa es doble y eterna y porque el esfuerzo es tan honesto que duele que no sea incesante.

Lo que más me alarma es que llegue ese momento en el que el desasosiego inunde las calles y todos pasemos a despreocuparnos de lo que creemos que no nos pertenece. Que llegue la fecha en que dejemos de luchar pensando que la muerte nos consume antes de tiempo. En entonces cuando me pregunto: ¿quién será suficientemente fuerte para ocupar la resistencia?

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