La finca Gerramolino, el misterioso jardín secreto de estilo inglés que esconde Comillas
Gerramolino es un edén escondido. Una finca que esconde cierto misterio que los paseantes no alcanzan a descifrar. Apenas es visible desde el camino que circula en paralelo a la ría de La Rabia, a donde se asoma en medio del Parque de la Naturaleza de Oyambre. Cuentan que, en sus orígenes, animales exóticos disfrutaban en libertad del jardín hasta que acababan sus días en el zoológico de Londres.
La finca de Comillas, a menos de dos kilómetros del centro de una villa marinera tradicional lugar de veraneo de cierta élite burguesa de pedigrí, va a ser catalogada como Bien de Interés Cultural (BIC) con la categoría de Lugar Cultural. No se sabe exactamente cuándo se construyó. Una fotografía de 1880 ya muestra la casa terminada. A día de hoy las imágenes del recinto son escasas. El lugar sigue protegido y reservado.
La importancia reside en su jardín histórico, un vergel de estilo inglés con evocación romántica que aloja una villa de aires victorianos con cierta inspiración oriental. La fachada principal está cubierta de celosías de madera por donde trepan enredaderas. Todo muy poco común al tradicional patrimonio arquitectónico cántabro. Una arquitectura muy singular con una estética diferente al del resto de construcciones comillanas de la época, que seguía una corriente propia del modernismo catalán.
El lugar atesora más de un siglo de historia desde que se construyó en 1880. Un año después, el rey Alfonso XII reunió al Consejo de Ministros en Comillas, que atesora la singularidad de ser la primera localidad española en tener luz eléctrica. Las visitas reales atrajeron a personajes de la aristocracia de la época hacia esta villa, que aún hoy conserva una nómina de ilustres veraneantes en un entorno discreto.
El jardín de Gerramolino es un privilegiado perímetro privado, a refugio de miradas indiscretas, concebido como un vergel natural con praderas recorridas por las cicatrices de veredas que serpentean el terreno donde hubo un pequeño lago que sus propietarios utilizaron como piscifactoría —bautizada como “Great Fishery of La Rabia”—, entre las vistas a la ría y los árboles con una compuerta que controla la entrada de agua y de peces al estanque según las mareas.
El jardín es todo lo contrario a un conjunto de parterres ordenado con vistosas flores. Es, por contra, un espacio anárquico intervenido para simular la naturalidad de un paisaje anglosajón. En torno a la vivienda hay pequeños parterres dibujados con líneas curvas donde crecen plantas de flor y rosales que trepan por las celosías de la fachada oriental.
Había plantas de aloe vera frente al Cantábrico y otros arbustos de flor. Salvo la fila de fresnos que custodian los senderos, el resto de la vegetación del jardín recrea la espontaneidad de la naturaleza que también atrapa al ábside de una iglesia derruida. Los árboles más frondosos dibujan el perímetro de la finca pero deja abiertas las vistas hacia la ría. Sólidos robles de gran antigüedad, cuatro magnolias de envergadura o los sauces que rodean el estanque son algunos de los árboles más veteranos y destacados de la finca.
Una finca protegida
Varias generaciones de comillanos conocen la existencia de este paraje que ahora va a proteger el Gobierno de Cantabria, aunque pocos vecinos han penetrado en un recinto construido a finales del siglo XIX por un matrimonio inglés -James Pontifex-Woods (Southwark, Londres 1834-Comillas 1912) y su esposa Charlotte Goodrich (1851-1932)- figuras ligadas a la historia industrial, científica y paisajística de Cantabria que recrearon su particular cottage en uno de los lugares más emblemáticos de Cantabria. En un tiempo en que, en paralelo, Comillas empezaba a destacar por su arquitectura modernista -y el impulso del propio marqués de Comillas- de catalanes como Gaudí o Domènech i Montaner.
Un arquitecto inglés desarrolló el proyecto que encargó Woods, geólogo, minero, naturalista y también aventurero. Salió de Inglaterra en 1840 y llegó a Cantabria con destino a los Picos de Europa para investigar la existencia de minerales. En uno de sus viajes conoció en París a una joven inglesa que decide acompañarle, comienza a trabajar con él y acaban por casarse cuando él se queda viudo.
El nuevo matrimonio se instala en Tresviso, el pueblo más aislado de Cantabria. Para sus vecinos, durante mucho tiempo él fue 'Jaime el de Tresviso' que simplificaba su apellido británico. En el libro de viajes, “The Highlands of Cantabria” —que publicaron dos ingleses en 1884—cuentan que vivía en una casa de madera con su esposa, dos hijos y dos criadas, una inglesa y otra española, y que se dedicaba a la investigación y beneficio de los yacimientos minerales existentes en los alrededores.
Tiempo después abrió otras explotaciones mineras —en Cabrales, Reocín, San Felices de Buelna y la propia Comillas— y buscó un paraje para construirse una casa. Lo hizo en el lugar con las mejores vistas que encontró. A diferencia de otras propiedades de personas influyentes que eligieron Comillas, la suya, su vivienda, fue permanente, no solo una casa de veraneo.
Su original diseño se atribuye a un arquitecto anglo-indio amigo de los Woods que utilizó materiales importados de Inglaterra, entre ellos una chimenea Adam y una sólida escalera de roble.
Herencia actual
Cuando en 1912 falleció su propietario, Santiago Güell y López, sobrino del Marqués de Comillas, le compró la casa a su viuda —que regresó a Inglaterra— seducido por el eclecticismo de su arquitectura y el armónico diseño de su jardín botánico donde aún conviven múltiples especies exóticas, lo que incrementa el valor de esta finca referente del paisajismo romántico en la región. La 'casa de la baronesa', como se conoce popularmente, sigue protegida por los muros que provocan curiosidad sobre su esplendoroso interior.
Güell dirigía la fábrica textil de la Colonia Güell y participó, junto con su hermano, en los negocios de algunas explotaciones mineras y en la gestión de la compañía Asland de cementos y de la Compañía Trasatlántica. El empresario fue un gran aficionado al deporte y miembro del Comité Olímpico Internacional desde 1921 hasta su muerte en 1954 así como presidente del Comité Olímpico Español entre 1924 y 1926.
Cuando fallece en 1954 hereda la casa su hija Adela Güell y Ricart, baronesa de Güell, casada con Pedro Ybarra McMahon, Marqués de McMahon, quien también fue miembro del Comité Olímpico Internacional entre 1952 y 1985 y asesor en la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. La finca está ahora en manos de sus descendientes.
La Finca de Gerramolino se ideó de una forma casi visionaria y adoptó el modelo de jardín paisajista inglés, asentado ya a lo largo del siglo XIX en buena parte de Europa. Los jardines paisajistas de este tipo se empezaron a diseñar en la primera mitad del siglo XVIII para intelectuales burgueses y aristócratas atraídos por una filosofía de armonía con la naturaleza, conocimiento y razón. Es el primer ejemplo en Cantabria al que se sumaron otros espacios en el parque de Sobrellano en Comillas (1883-1893), el Palacio de los Hornillos de Fraguas (1897-1904) y el palacio de la Magdalena de Santander (1909-1911), todos con una fuerte impronta anglosajona.
Gerramolino fue tan singular que incluso recreó artificialmente una ruina: un ábside con un esbelto ventanal rematado con cornisa y almenas escalonadas de cerámica vista. Un elemento que evoca la tradición anglosajona del gusto por lo medieval, las ruinas e incluso ciertas iconografías relacionadas con la muerte. De hecho, se dice que allí estuvieron las tumbas de los hijos muertos de James y Charlotte, que, por ser anglicanos, no podían ser enterrados en el cementerio católico de Comillas.