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Barullo semántico

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El clima de incertidumbre que respiramos en la espesa atmósfera política no hace más que recrudecerse, cuando parece que resulta complicado añadir más elementos de tensión a una trama trepidante -banquillos, imputados, conspiraciones- aparecen más elementos de desconcierto. Pero, en paralelo, en el ruido constante, se corre el peligro de normalizar este acostumbrado y permanente estado de tensión dramática. De hecho, la intemperie se ha convertido en cotidiana.

Falta menos de un año para que se celebren elecciones autonómicas en diez comunidades autónomas, entre ellas Cantabria, y en todos los ayuntamientos de España. La política ya no es un escenario de campaña permanente sino de acoso sin tregua más allá del debate y el diálogo. Pero en Cantabria todo transcurre en el idílico pretérito del clásico bombardeo de propaganda que antecede a toda elección. La primavera ha dado el pistolezato de salida a la carrera electoral y en los cuarteles políticos intensifican los remitidos, las exigencias y los reproches para recordar a los ciudadanos que siguen vivos, tras el barbecho legislativo que -salvo excepciones- tiende a adormecer el ánimo de los representantes de lo público.

La campaña se libra desde todos los frentes con algunas características propias -añadidas al exceso de protagonismo sin justificación- como cierta abundancia del eufemismo de la tecnificación. Una tendencia estrella, una especie de barrullo semántico para el disimulo que permite lucir siglas, desempolvar y hacer notorios los futuros e inminentes candidatos electorales. Los titulares nos hablan de enigmas lingüísticos tales como paraguas estratégicos, tritubos, hibridaciones de proyectos digitales, compactadoras de alta estanqueidad y triángulos curvilíneos. Éste último sintagma -de complicada digestión- se comunicó desde la Autoridad Portuaria con absoluta gravedad, como un término de uso común.

Uno de los aparatos de propaganda y difusión más intenso es precisamente el del Puerto de Santander donde el otro día fue noticia que se han empezado a poner las losetas de una nueva marquesina de hormigón armado que están distribuidas en 91 filas. Como si tal operación fuese un acontecimiento de interés público. El presidente se fue el otro día a Palma de Mallorca para presentar el proyecto de 'reordenación integral' de Marina del Cantábrico. Eso que no tiene, que se sepa, la categoría de candidato electoral.

Entre hitos, polivalencias y saltos cualitativos -y sostenibilidad a granel, ingrediente fundamental de cualquier cocina eufemística- se nos anuncia una 'helisuperficie' en Campóo de Suso, un proyecto de 'valorización de residuos de construcción en el Alto Asón o la renovación del compromiso estratégico para consolidar el posicionamiento MICE de Santander y Cantabria. Todo lo 'ponen en valor' con mucha 'sensibilización' y con la estusiasmada proliferación de 'actuaciones estratégicas'. El urbanismo aporta su propio toque con románticas expresiones como flujos de vehículos y peatones o zonas de estancia, que es como se bautiza ahora a los bancos de las calles.

Algunas expresiones que nos suministran los comunicados políticos resultan difíciles de descrifrar. Cuesta percibir con claridad que será un orquestador de procesos que mejora la integración de la información. Quizá ahí está el truco. Envolver la realidad para que en realidad escuchemos que alguien habla, pero no entendamos de qué para ahorrarse las quejas por si la cuestión no convence al personal.

Los mensajes políticos se han vuelto cada vez más crípticos. Pero el rey de los eufemismos modernos siguen siendo el ERE, ¿por qué lo llaman regulación de empleo cuando quieren decir despido? El esfuerzo de traducción es cada día más complejo pero probablemente es una perturbación provocada para que nos enteremos lo menos posible de la realidad.