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Francisco Javier Marcos Izquierdo: el arte de servir

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Hay personas que acumulan méritos. Otras, además, cosechan afectos. Y unas pocas, muy pocas, consiguen algo todavía más difícil: que quienes las conocen hablen de ellas con respeto y con cariño al mismo tiempo. El teniente general Francisco Javier Marcos Izquierdo pertenece a esa rara estirpe.

La reciente concesión del Premio 2026 de la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha constituye un reconocimiento plenamente merecido a una trayectoria profesional extraordinaria y, sobre todo, a una forma de entender la vida que trasciende uniformes, empleos y responsabilidades.

No sé si es el militar más prestigioso de España. Los prestigios son difíciles de medir y no existen cintas métricas homologadas para calibrar el respeto. Pero sí me atrevo a afirmar que pocos militares españoles reúnen hoy una combinación semejante de autoridad profesional, reconocimiento institucional y afecto humano. Y eso, en una época en la que abundan los expertos en darse importancia, tiene un mérito extraordinario.

Castellanomanchego como don Quijote y toledano por los cuatro costados, lleva en su carácter algunas de las mejores virtudes de esta tierra: la tenacidad manchega, la serenidad de las llanuras y la capacidad de mirar lejos; y también esa mezcla tan toledana de historia y convivencia que enseña a respetar al diferente y a medir las palabras antes de pronunciarlas.

Toledo deja huella. Lo sabe cualquiera que haya paseado sus calles, donde las piedras parecen recordar siglos enteros. En Toledo se aprende que el tiempo no corre: permanece. Y quizá por eso las personas nacidas al amparo de sus torres y en el entramado de sus estrechas calles suelen conceder más valor a lo permanente que a lo efímero, a los principios más que a las modas y a la palabra dada más que al aplauso pasajero.

Si hubiera que resumir la trayectoria vital de Francisco Javier Marcos en tres verbos, estos serían: ser, saber y hacer.

El ser: la raíz invisible

Vivimos tiempos en los que muchas personas dedican enormes esfuerzos a parecer algo. El general Marcos pertenece a la vieja escuela de quienes primero procuran serlo.

En el ser se anclan los principios los valores humanos, el concepto del deber, la lealtad, la responsabilidad, la integridad y esa ética a prueba de bombas de la que tanto se habla y tan pocas veces se encuentra.

A lo largo de su carrera, Marcos ha ejercido mandos de enorme relevancia, pero da la impresión de que nunca ha confundido autoridad con superioridad. Son conceptos muy distintos: la autoridad se gana y la superioridad se presume. Él parece haber optado siempre por lo primero. Quizá por eso resulta tan fácil encontrar soldados, compañeros y colaboradores que hablan de él con admiración sincera.

Frente a quienes creen que mandar consiste en hablar más alto, golpear la mesa o exhibir permanentemente el músculo de la jerarquía, el teniente general Marcos ha desarrollado otra forma de liderazgo más inteligente, más eficaz, más efectiva y más humana.

Hay quienes hablan como los caballos relinchan, quienes rugen como los leones para hacerse notar y quienes apelan a las gónadas como argumento supremo de autoridad. El general Marcos pertenece a otra especie mucho más escasa: la de quienes convencen. Posee el don de la palabra educada, la expresión correcta y la persuasión razonada. Escucha antes de responder. Reflexiona antes de decidir. Y eso, lejos de disminuir la autoridad, la fortalece.

Resulta paradójico que, siendo un hombre tan alto físicamente, nunca mire a nadie por encima del hombro. Tal vez porque sabe que la verdadera altura no se mide desde el suelo hasta la cabeza, sino desde la cabeza hasta el corazón.

El saber: la inteligencia al servicio del deber

La segunda columna basamental de este hombre es el saber. El militar moderno hace mucho tiempo que dejó de ser una caricatura de sable y charretera. El mundo contemporáneo exige dirigentes capaces de comprender una realidad extraordinariamente compleja. Francisco Javier Marcos lo ha entendido siempre así. Su formación es amplia y rigurosa. Además de sus estudios militares, es diplomado de Estado Mayor, graduado en el United States Army War College, posee diferentes especializaciones nacionales e internacionales y es licenciado en Derecho por la Universidad de Castilla-La Mancha. Habla varios idiomas y mantiene una permanente vocación de aprendizaje.

Pero el saber no consiste únicamente en acumular títulos. Hay coleccionistas de diplomas que siguen siendo analfabetos de la vida. El verdadero conocimiento tiene otro objetivo: comprender más para decidir mejor. Quien debe asumir responsabilidades de enorme trascendencia necesita cultivar la reflexión. Estudiar. Comparar. Escuchar. Analizar. Dudar incluso. Porque las buenas decisiones no suelen nacer de la ocurrencia instantánea sino del pensamiento pausado.

En un tiempo dominado por la velocidad, el saber exige paciencia. Y en eso también destaca el general Marcos. Su trayectoria demuestra que ha entendido la formación no como un adorno curricular sino como una herramienta para el servicio público. Aprender para servir mejor. Conocer para proteger mejor. Pensar para actuar mejor.

No es casualidad que en sus intervenciones públicas aparezcan con frecuencia referencias a valores, responsabilidad, ciudadanía o servicio. Detrás de esas palabras se percibe una concepción profundamente humanista de la profesión militar. Un militar humanista. Dos palabras que algunos consideran incompatibles y que, sin embargo, él encarna con naturalidad. Podemos decir que ha hecho suya la expresión “nada humano me es ajeno” del dramaturgo romano Publio Terencio Africano.

El hacer: cuando llega la hora de actuar

De poco servirían el ser y el saber si no desembocaran finalmente en el hacer, pues la vida acaba examinándonos en el terreno de los hechos. Y aquí, en el hacer, aparece la tercera columna de sus cimientos vitales.

La actual responsabilidad al frente de la Unidad Militar de Emergencias constituye probablemente la mejor expresión de esa capacidad de acción. Desde ese puesto ha estado vinculado a intervenciones en incendios, inundaciones, catástrofes naturales, búsquedas y múltiples situaciones en las que cada minuto resulta decisivo. La UME representa una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos porque aparece cuando las cosas van mal o muy mal. Cuando el fuego devora montes y hogares, cuando el agua invade calles y pueblos, cuando el barro sepulta las certezas, cuando la desesperación llama a la puerta, entonces llegan esos hombres y mujeres uniformados cuya misión consiste en devolver esperanza, organización y seguridad. Y al frente de ellos se encuentra Francisco Javier Marcos.

Hay una frase que resume bien su trayectoria: servir para salvar. Un principio que él mismo ha reivindicado públicamente al explicar el sentido de la misión de la UME, porque actuar no es simplemente moverse, actuar es hacerlo con eficacia, con preparación y con responsabilidad. La acción sin inteligencia genera problemas. La inteligencia sin acción genera excusas. La combinación de ambas produce resultados.

Un general que pasea por Toledo

Sin embargo, lo más admirable quizá sea que, después de tantos cargos, responsabilidades y reconocimientos, siga conservando una cercanía desarmante. Uno puede encontrárselo caminando por la senda ecológica de Toledo como cualquier vecino. Sin escoltas teatrales, sin cortejos innecesarios, sin esa pompa que algunas personas adquieren a medida que aumentan sus galones. Esa normalidad es, precisamente, una de las señales más fiables de la grandeza auténtica.

Una elección acertada

Por todo ello, la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha ha acertado plenamente al concederle su Premio 2026. Ha distinguido a un soldado y a un intelectual; a un hombre de acción y de reflexión; a un profesional brillante y a una persona cercana. A un militar de talento, sí, pero también de talante. Y eso quizá sea lo más importante.

Hay personas a las que toda madre querría para marido de su hija. Hay personas a las que cualquier institución seria o gobierno decente confiarían las responsabilidades más delicadas. Y hay personas cuya trayectoria invita a pensar que el mérito todavía existe. El teniente general Francisco Javier Marcos Izquierdo pertenece a estas categorías.

Desde esta columna solo cabe felicitar a la Academia por el acierto de su decisión y transmitir mi más cordial enhorabuena a este general toledano, castellanomanchego y español, cuya trayectoria constituye un ejemplo de servicio, humanidad y excelencia.

Cuando el ser, el saber y el hacer caminan juntos, el resultado suele parecerse mucho a una vida bien vivida.