Mirar al otro: el deber cívico del 'buenos días'
Hace unos días entré en un ascensor. Éramos cuatro personas. Durante los pocos segundos que duró el trayecto nadie levantó la vista del teléfono ni pronunció una sola palabra. Al salir pensé que quizá la cortesía no está desapareciendo por mala educación, sino por falta de atención. Nos hemos acostumbrado tanto a vivir encerrados en nuestro propio mundo que, a veces, quienes están a nuestro lado parecen simplemente parte del paisaje.
Cada generación cree asistir al declive definitivo de la buena educación. Nuestros abuelos aseguraban que los jóvenes ya no respetaban a los mayores. Nuestros padres lamentaban que se estuvieran perdiendo las formas. Y hoy volvemos a escuchar que la cortesía ha desaparecido. Quizá haya algo de verdad en cada una de esas quejas, pero el problema de nuestro tiempo no es que hayamos olvidado los buenos modales. Es mucho más profundo: hemos dejado de prestar atención a quienes nos rodean.
Vivimos acelerados. Caminamos mirando la pantalla del teléfono, respondemos mensajes mientras esperamos el autobús y entramos en un comercio sin levantar la vista. No es mala educación en el sentido clásico; es otra forma de invisibilidad. La prisa, el individualismo y la crispación han ido erosionando esos pequeños gestos que hacen más amable la vida en común. Resulta paradójico que, precisamente en una época en la que hablamos tanto de derechos, igualdad e inclusión, nos cueste algo tan sencillo como mirar a alguien a los ojos y decir: “Buenos días”.
Es una realidad que suele percibirse con mayor intensidad en las grandes ciudades, donde el anonimato y el ritmo acelerado favorecen esa distancia entre las personas. En nuestros pueblos, en cambio, todavía pervive la costumbre de saludar al cruzarse por la calle, de intercambiar unas palabras con el dependiente o de dar los buenos días al entrar en un establecimiento. Lo preocupante es que ese modo de vivir más impersonal empieza también a extenderse a los pequeños municipios, llevado, en parte, por quienes trasladan allí unos hábitos aprendidos en la ciudad. Sería una lástima que esa sencilla cultura del saludo acabara convirtiéndose también en una especie en peligro de extinción.
La amabilidad se confunde con frecuencia con la sumisión o la debilidad. Parece que quien levanta la voz tiene más personalidad que quien sonríe y que el cinismo resulta más inteligente que la cortesía. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Ser amable con quienes queremos es relativamente fácil; lo verdaderamente difícil es serlo con el desconocido, con la persona que nunca volveremos a ver, con quien no puede ofrecernos nada a cambio.
La cortesía no es hipocresía ni sumisión. Es inteligencia social. Es autocontrol. Es empatía.
En una sociedad cada vez más digital y acelerada, esos gestos pueden parecer insignificantes. Sin embargo, nunca habían sido tan necesarios. Sucede cuando cedemos el paso, cuando escuchamos sin mirar el teléfono, cuando pedimos disculpas tras un tropezón involuntario o cuando saludamos al conductor del autobús. Son gestos mínimos, casi invisibles, pero poseen un enorme valor cívico. Transmiten un mensaje silencioso y rotundo: “Te veo. Reconozco que existes. Compartimos este espacio y mereces el mismo respeto que yo”. La cortesía tiene la extraordinaria capacidad de humanizar los lugares donde solo parecía haber prisa.
Quizá por eso estos gestos sean hoy más necesarios que nunca. Vivimos rodeados de discursos que alimentan la desconfianza, el enfrentamiento y la polarización. Se nos invita con demasiada frecuencia a clasificar a las personas entre los nuestros y los otros, entre quienes piensan como nosotros y quienes merecen nuestro desprecio. La cortesía rompe esa lógica binaria. Nos recuerda que, antes de ser votantes, consumidores o usuarios de una red social, somos, simplemente, personas.
Tal vez estemos midiendo el progreso con las métricas equivocadas. Nos fijamos en el crecimiento económico, en el número de títulos universitarios o en los avances tecnológicos. Todo eso importa. Pero la verdadera madurez de una sociedad se descubre en algo mucho más humilde: en la naturalidad con la que sus ciudadanos siguen diciendo por favor, gracias, perdón o buenos días.
Esas palabras no cotizan en bolsa, no aparecen en los índices macroeconómicos y apenas consumen un segundo de nuestro tiempo. Sin embargo, tienen un poder profundamente subversivo: rebajan la tensión, dignifican a quien las recibe y también a quien las pronuncia. Nos recuerdan que nadie debería sentirse invisible.
Porque, al fin y al cabo, la verdadera comunidad no se construye con grandes declaraciones. Empieza cada mañana, cuando decidimos mirar al otro y decirle, simplemente: “Buenos días”.