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Un viaje a la Alcarria: Tinajas

Yolanda Martínez Urbina

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La víspera hice la maleta como quien prepara una ofrenda: la cerámica reconstruida de Puente del Arzobispo envuelta en un paño, el encaje de Mota del Cuervo con la Virgen de Manjavacas y el Glosario de la Despoblación encima de todo. Tres piezas que me acompañan en el camino a todas partes porque hablan del mismo gesto —recomponer lo roto, hilar lo suelto, nombrar lo que corre riesgo de apagarse en el silencio —.

Sabía a lo que iba: la VI Feria de Oficios y Tradiciones de la Alcarria conquense aterrizaba este año en Tinajas, y con ella regresaba también esa sensación que se repite cada verano y que sin embargo nunca se agota. La de saber que vamos a ver, otra vez, cómo un pueblo pequeño se pone en pie y se luce.

La carretera que sube hacia Tinajas es un poema en sí misma. Encinares recortados, esparto plateado, olivares en pendiente, el amarillo seco del cereal combinado con el dorado del girasol. Y de repente, una curva, y aparece el pueblo tendido al pie del monte de El Campillo, topónimo y nombre de la Patrona, con sus casonas de sillería, sus rejerías forjadas y esa luz dorada que solo tiene la Alcarria en el mes de julio. La vecindad unida y todo por delante.

Y allí estaba, esperándonos, la comarca hecha despensa. La miel en tarros de pequeñas lámparas ámbar, guardando dentro el zumbido de un verano entero. El aceite verde alcarreño, tan honesto que emociona. El vino de cueva-bodega, sereno y templado, que sabe a tierra buena y a paciencia. El queso curado, con esa nobleza larga en el paladar. Las bolsitas de especias aromáticas. Los licores artesanos de lavanda y de endrina, hechos en alambique doméstico, y las flores dulces de masiega, esos ramilletes comestibles con los que aquí llevan décadas convirtiendo lo humilde en fiesta.

No son productos: son cartas de amor al territorio. Detrás de cada tarro hay una explotación familiar. Detrás de cada botella, un olivar en pendiente que nadie quiere abandonar. Detrás de cada frasco de miel, unas abejas que solo pueden existir si el monte sigue vivo. Comer aquí es sostener territorio.

Y junto a la despensa, la artesanía viva, el encaje y el devaneo de la lana y el arte del telar, las mantelerías y el ganchillo. A dos metros, se trenzaba esparto con la naturalidad de quien lo lleva haciendo desde siempre, enfrente, cestos de mimbre de Villaconejos de Trabaque, pueblo peregrino del Camino de Santiago de la Lana; más allá, un encuadernador que cosía a mano un libro con papel marmoleado.

No son productos: son cartas de amor al territorio. Detrás de cada tarro hay una explotación familiar. Detrás de cada botella, un olivar en pendiente que nadie quiere abandonar. Detrás de cada frasco de miel, unas abejas que solo pueden existir si el monte sigue vivo. Comer aquí es sostener territorio

La comarca entera puesta a trabajar en directo mientras las dulzainas de Pipirigay alegraban los sonidos de la mañana; la exhibición de trilla, los coches clásicos brillando sobre el empedrado,; la conferencia sobre las «Bruxas de Tinajas», esas mujeres procesadas por la Inquisición cuatro siglos atrás, contadas hoy en el mismo pueblo donde ahora sostienen la feria sus tataranietas.

Escribo ya con la noche cerrada, con el bolso oliendo a espliego y las manos a romero y laurel. La Alcarria es oficio y tradición. Y eso, que parece un eslogan, no lo es. Es lo que crean sus gentes, que han aprendido a llenar de flores, miel, queso, licores y artesanía el encaje comarcal para hacer frente a la despoblación. La Alcarria conquense a veces arde de olvido, pero siempre vuelve, siempre resurge como el ave fénix, junto a este GAL —el CEDER Alcarria Conquense— que se empeña en rotar la feria pueblo a pueblo junto a personas que sostienen todo esto con horas invisibles y una hospitalidad que no se aprende porque se hereda.

Por eso lo digo sin dudarlo: todos los años hay que hacer este viaje a la Alcarria de Cuenca. Todos sin excepción. No hay receta más eficaz contra el vaciamiento que un tarro de miel, un aceite, un queso, un vino, unas flores, un producto agroalimentario, el que sea que nos alimenta en el día a dia y un pueblo pequeño que hace comarca decidido a ponerse guapo. Nos vemos el próximo verano en Cuevas de Velasco, una preciosidad de pueblo, que nos sorprenderá.