Lata Fest, una celebración de la cultura hispanoamericana en Barcelona con el lema 'Memoria en presente'
Unos minutos antes de las 17:00 horas del viernes, unas cuantas personas charlan animadamente en la puerta de la librería Letra Peinada de Barcelona. Está a punto de comenzar la segunda jornada del festival literario Lata Fest y se prevé que será animada, aunque la sala aún no esté llena. Es una hora perezosa, alguna siesta aún está en desarrollo y el calor pegajoso no ayuda al entusiasmo. Pero las buenas fiestas arrancan despacito. No hace falta esperar mucho rato para comprobarlo: a los pocos minutos del arranque de las actividades, apenas quedan asientos disponibles.
El festival nació hace siete años como parte intrínseca de la aparición de la librería en la escena cultural de España. El diseñador Fernando Rapa Carballo es el organizador de este tinglado, que presenta a este medio como “una forma de proponer lectura y dialogar con el público”. “Una extensión de lo mismo que hacemos todos los días en la librería con los lectores”, añade.
Con el paso del tiempo, el evento se amplió, se hizo más sólido y más festivo. “Quizá por eso también ha cambiado su denominación de festival de literatura latinoamericana por Lata Fest”, apunta.
La literatura es el eje central del festejo, pero también hay música, gastronomía y cine. En esta edición, el lema es Memoria en presente. Rapa explica que lo decidieron así porque “a cada paso que damos en los nuevos tiempos parecería que la historia no existe, que las luchas fueron en vano y que todo empieza desde cero”. Es necesario traer el pasado, mirarlo, entrar y entenderlo para no volver a repetir nuestras sandeces“, expresa.
Así, el jueves 24, la celebración arrancó con la inauguración oficial, un taller de escritura creativa con Claudia Paredes Guinand y la conferencia Diáspora, migración y música latina a cargo de José Arteaga. Después, música y celebración, qué menos para una fiesta.
Los escritores chilenos Juan Cristóbal Peña y Paulina Flores fueron los encargados de poner en marcha el motor de la segunda jornada con su mesa redonda Memoria y olvido. Sentados en taburetes, se fueron intercambiando la figura de entrevistador y entrevistado para indagar en las entrañas de sus respectivos libros Letras torcidas: un perfil de Mariana Callejas (Debate, 2026) y La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025). Son dos trabajos que aparentemente no tienen nada que ver —el primero es una historia real, el segundo ficción pura—, pero están unidos por el eslabón de su personaje principal, que en ambos casos es una mujer con filia por el crimen.
Mariana Callejas y Michael Townley, su marido, fueron agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta de la dictadura militar de Augusto Pinochet en Chile en los años 70 del siglo pasado. Se encargaron de cubrir importantes misiones internacionales y mataron, o intentaron hacerlo, a muchas figuras relevantes, como Orlando Letelier, ministro de Estado con Salvador Allende, en Estados Unidos. Pero, más allá de su faceta como asesinos a sueldo, lo rocambolesco de la historia es que Mariana Callejas quería ser escritora y dirigía un taller literario en Lo Curro, una casa grande que les había dado el dictador para que viviesen y utilizasen como centro de operaciones. Algo que sí hicieron, pero con literatos que pasaban por allí sin, al parecer, darse cuenta de nada. Algunos escritores, como Pedro Lemebel, Roberto Bolaño o Nona Fernández, escribieron sobre el tema cuando se enteraron de qué se cocía en aquel espacio.
Juan Cristóbal Peña indagó mucho para reconstruir la figura de los dos criminales e incluso llegó a entrevistar a Callejas varias veces en 2010. Un trago difícil de digerir que, a la vez, es una gran anécdota (lo que hace el paso del tiempo con los malos momentos). Fue en su casa y la primera vez ella le abrió la puerta con música del grupo gótico Dead Can Dance, había incienso y le saludó con un beso en la mejilla. “¿Cómo saludas al demonio?”, se preguntó Paulina entre risas, porque la manera de contarlo fue muy divertida. A la tercera sesión, Callejas le invitó a comer, un brete importante porque una cosa es ser entrevistador y otra compartir mesa con una asesina sanguinaria, que además era una pésima cocinera. Finalmente, aceptó y consiguió que se abriese mucho más que en los anteriores encuentros y comenzase a hablar de su marido de una forma más personal. El poder de la cuchara.
Su obra se enlaza con la de Paulina Flores, más allá de las aspiraciones asesinas, por el proceso de enajenación por el que puede llegar a pasar una persona. Bien sea por considerar que trabajar para la DINA fuese un oficio más o por un trauma postruptura como el de Javiera, la protagonista de la novela de Flores. “El libro habla del presente, pero me interesa trabajar sobre el olvido como el revés de la memoria. Olvidar es algo inevitable y un derecho”, dijo la escritora, que puso como ejemplo cómo casi al día siguiente de que se diese por terminada la pandemia del covid-19 nadie quería hablar de lo sucedido por pura necesidad. Este es solo un pequeño extracto de lo que se habló allí, porque la charla podría haber dado para un ensayo (puede que breve, pero más largo que una crónica) y, cuando se acabó el tiempo, hubo quien se quedó con ganas de más.
Mientras los fumadores salían a calmar su necesidad de nicotina, se presentó la organización Guernica37 Centre con Almudena Bernabeu, antes de dar paso a la dupla argentina formada por Alan Pauls y Rodrigo Fresán. Ya se habían abierto las primeras cervezas y definitivamente no quedaba apenas hueco libre en el interior de la librería: los asistentes coparon las sillas, la parte superior e incluso las escaleras del local para seguir la charla imparable de los dos escritores argentinos, titulada Walsh: esa otra mujer & Co. El punto de partida era la figura de María Elena Walsh, la autora de canciones y libros infantiles más famosa de su país, sobre todo a mediados del siglo XX. Su figura se convirtió en un icono allí e incluso Fresán llegó a afirmar: “Hay tres fenómenos inequívocamente multigeneracionales e inexplicables en Argentina: María Elena Walsh, Mafalda/Quino y el peronismo”.
En la charla, que se podría haber dado en la barra de un bar por lo distendida que resultaba, los escritores indagaron en la trayectoria de la creadora, cuya obra no traspasó las fronteras argentinas. Puede que el equivalente más cercano en España sea Gloria Fuertes, ya que ella tampoco hablaba a los niños como criaturas inferiores a las que hay que dirigirse con balbuceos. Lo hizo “sabiendo probablemente que eran niños de padres separados (los escritores son hijos de la primera generación que optó por romper la pareja), en vez de protegerlos y suavizarles la existencia, les zampaba textos muy complejos con figuras retóricas”, señaló Pauls acerca de la obra de Walsh.
La conversación tomó derroteros que los llevaron a la figura de Quino, autor que era amigo de los padres de Fresán y tenía la suerte de poder ver las tiras de Mafalda antes de que salieran publicadas. Él era más pequeño que Pauls cuando esa niña de pelo negro y lazo en la cabeza se hizo famosa, así que entendía menos los mensajes que el autor lanzaba en sus viñetas. Pero el segundo ya tenía la edad suficiente como para, al menos, intuir de qué iban esas historietas en el fondo y, gracias a ella, descubrió lo que era “la clase media”, según sus palabras. El intercambio de opiniones sirvió para hacer un recorrido por la historia de la cultura infantil de Argentina, con referencias a publicaciones como Anteojitos —dirigida, curiosamente, por el español Manuel García Ferré— o a las filias y fobias personales de la obra de Walsh.
La fiesta siguió después con brindis con mezcal a cargo de Trademex, un final de jornada, pero no de festival. El sábado, el programa también está cargado de nombres reconocidos y temas candentes: María O’Donnell y Ángel Mestres en un diálogo sobre el libro Montoneros, una historia visual; Liliana Muñoz, Juan Pablo Villalobos y Laura Fernández en conversación sobre el humor y el poder en la literatura hispanoamericana, y la proyección de la película de Michel Gómez La pena máxima, seguida de una sesión de preguntas y respuestas con Santiago Roncagliolo. Como broche final, la propuesta gastronómica Perú a bocados de Grupo Ceviche y una selección de canciones de la DJ Hija de la Coca. Larga vida al Lata Fest.