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La memoria histórica obvia la Ciudad de los Muchachos, el orfanato franquista que maltrató a miles de niños: “Nos olvidarán”

Sandra Vicente

Barcelona —
25 de abril de 2026 22:30 h

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“Es aquí”. Pero aquí no hay nada. Solo una valla a un lado de la carretera y el tupido bosque de Collserola al otro. Valentín, un hombre de 59 años, ha aparcado el coche justo donde estaba la entrada de la Ciudad de los Muchachos, el orfanato en el que pasó buena parte de su infancia. “Si, ya verás como sí”, dice, mientras se encarama al vehículo y muestra, casi de puntillas, la parte alta de un edificio. “Allí estaban las aulas”, dice, señalando una casa con un dintel en el que se puede leer: Ayuntamiento de Barcelona. Beneficencia Casa Puig. Ciudad de los Muchachos.

Esa valla es relativamente nueva, cuenta. La instaló el consistorio hace menos de un año, coincidiendo con el momento en que los exalumnos de este orfanato franquista se empezaron a organizar para regresar a las instalaciones. Esas visitas nunca fueron promovidas por la nostalgia, sino por la sed de justicia y reparación: en este centro, miles de niños desde 1951 hasta 1977 pasaron hambre y fueron maltratados física y emocionalmente. Algunos incluso habrían sufrido abusos sexuales por parte de educadores y de los Hermanos de la Salle, encargados del centro en su etapa final.

El Ayuntamiento de Barcelona, que es titular del edificio aunque este se encuentre, técnicamente, en el término municipal de Sant Cugat del Vallès, es también la Administración que ha colocado las vallas que impiden el paso a lo que fue la Ciudad de los Muchachos. El consistorio asegura que es por seguridad, pero los exalumnos consideran que es otra manera de enterrar lo que les pasó. Otra excusa para “no castigar a los responsables de arruinar la infancia a tantos niños”, dice Valentín. “Éramos muy pequeños; sólo necesitábamos que nos protegieran y nos destrozaron”, remacha.

Esta escuela, que hoy se encuentra en ruinas, está engullida en su totalidad por el bosque. Las paredes de lo que fue el edificio que albergaba las aulas y el salón de actos están o bien derrumbadas, o bien llenas de grafitis pintados por chavales que suben hasta el lugar para pasar el rato o para beber, tal como atestiguan las latas tiradas por el suelo.

Hay pocas pistas de lo que sucedió entre esas ruinas. Sólo se puede intuir que allí hubo niños si se presta atención a la piscina que hay en lo alto de la loma –y que construyeron los mismos alumnos, obligados y bajo coacción– o a la portería, ya sin red y descolorida por el sol. La escena lúgubre y el pasado convulso del lugar ha atraído incluso a influencers de lo paranormal, quienes han dedicado diversas producciones a la Ciudad de los Muchachos, llegando a afirmar que allí se pueden encontrar “espíritus de niños atormentados”.

“Los espiritistas se preocupan más por lo que pasó en este orfanato que el Ayuntamiento de Barcelona, que es el propietario del recinto”, se lamenta Joan Moya, un vecino de la zona, activista de la plataforma Som Collserola y responsable de una queja emitida ante el Síndic de Greuges (Defensor del Pueblo) en la que se apuntaba a la decadencia de las ruinas y reclamaba que se recuperara la memoria del lugar.

Esta “casa de los horrores” –como la definen algunos exalumnos– alojó a miles de niños durante más de tres décadas. Y, aunque fue el proyecto personal del teniente de alcaldía de la época, Alfredo Casanova, el Ayuntamiento de Barcelona se desentiende de ese patrimonio. De hecho, durante años negó tener nada que ver con el mismo, argumentando que se encuentra en territorio del municipio vecino de Sant Cugat.

Ahí fue donde entró el Síndic de Greuges, que pidió diversos informes e investigó si la titularidad de los terrenos era del consistorio de la capital catalana, como así lo insinúa el nombre del Ayuntamiento en el dintel de la entrada y un escudo de Barcelona grabado en el suelo. El organismo consultó a diversas áreas municipales, que llegaron incluso a constatar que “no se puede determinar si este edificio pertenece al Ayuntamiento”. “Sea como sea, no se trata de un edificio en nuestro distrito”, apuntaron en 2024, según consta en el informe de la Sindicatura, al que ha tenido acceso este medio.

Pero resultó que el edificio sí es propiedad del consistorio. De hecho, posee todo el complejo, que comprende no solo lo que fueron las aulas de La Ciudad de los Muchachos –ahora también en ruinas–, sino también la capilla –todavía en pie– y la masía de Can Puig, actualmente protegida y que funciona como un centro de atención a las drogodependencias.

Así se constató en un informe solicitado en 2021 por Barcelona Infraestructures Municipals SA (BIMSA) para decretar el estado de ruina de los edificios abandonados. En el texto se apunta que la titularidad del conjunto corresponde al Ayuntamiento, con gestión compartida con el Consorcio de Servicios Sociales y el del Parque de Collserola. El informe asegura que las edificaciones no pueden ser rehabilitadas a corto plazo y se insta a su derribo.

Resulta que el consistorio compró los terrenos a un particular en 1923 y durante la República los usó para crear unas ‘colonias permanentes’ para que niños con problemas respiratorios estuvieran en contacto con la naturaleza en el bosque. Luego, durante la Guerra, se convirtió en un refugio para huérfanos para luego ser confiscado por el régimen. Durante los primeros años del franquismo, fue un internado y luego un lugar de encuentro para los campamentos de la Sección Femenina.

No fue hasta 1951 que se convirtió en la Ciudad de los Muchachos. La institución estuvo en funcionamiento hasta 1977, cuando los Hermanos de la Salle, que tuvieron la gestión durante su última etapa, abandonaron abruptamente a los niños, de un día para otro, cuando el centro dejó de reportarles beneficios económicos tras la muerte del dictador. Con su marcha, los niños fueron reubicados y el espacio empezó a quedar a merced del bosque.

Acabar con toda evidencia

Exalumnos como Valentín, que sufrió “palizas diarias” y maltrato emocional, se horrorizan cuando ven que lo que les hicieron pasar, simplemente por ser hijos de rojos o de familias pobres, va a quedar en el olvido. “No hay ni una placa, ni un memorial ni nada. No pedimos que nos compensen, sino simplemente que reconozcan lo que nos pasó”, sostiene. “Esto parece una ciudad fantasma”, dice Lale, otro de los exalumnos durante una visita a las ruinas. “No reconozco casi nada”, lamenta.

Estos hombres que fueron niños maltratados sienten no solo que sus agravios están siendo olvidados, sino que están siendo “tapados”. Este sentir empezó cuando el Ayuntamiento instaló la valla y culminó cuando, de un día para otro, desapareció el marcador de Google Maps que indicaba la ubicación de la Ciudad y cómo llegar a ella.

Los exalumnos y las asociaciones vecinales acusan al Ayuntamiento de haber pedido a la plataforma que elimine la ubicación –igual que pidió, en su momento, que eliminara algunas líneas de autobús masificadas por el turismo–. Pero el consistorio niega cualquier acción en este sentido. No se conoce el responsable, pero sí las consecuencias. Este gesto no sólo dificulta el acceso al centro, sino que además ha borrado todas las reseñas en las que los exalumnos escribían sus experiencias.

“Todo eso es un patrimonio perdido de un gran valor”, considera Teresa Roig, autora del libro La Ciudad de los Muchachos (Navona Editorial), una de las pocas obras que explica la historia de este orfanato. La publicación de su obra atrajo a exalumnos y les animó a explicar historias que jamás habían contado, ni siquiera a sus familias. Tanto, que se celebraron diversas presentaciones del libro en lo que fue la Ciudad de los Muchachos, antes de que estuviera restringido el acceso.

“Fue poco después de esas presentaciones que se puso la valla y se eliminó la ubicación de Google”, relata Roig, que también denuncia la “inacción” del Ayuntamiento y la falta de voluntad de “reconocer y reparar la vida truncada de estos niños”.

La Sindicatura de Greuges dio la razón a la queja que se interpuso e instó al consistorio a hacer precisamente eso: dignificar el espacio y crear un memorial que explicara qué pasó allí. “La ONU reconoce la memoria como parte de la justicia transicional, juntamente con la verdad, la justicia, la reparación y la garantía de no repetición”, recuerda el Síndic al Ayuntamiento. Esta resolución tiene más valor si cabe habiéndose publicado en el año en que se celebra el medio siglo de la muerte de Franco, durante el cual tanto el gobierno municipal, como el catalán y el central están inmersos en una serie de actividades de memoria histórica.

A preguntas de este medio, desde el Ayuntamiento aseguran que, en el marco de esta efeméride, se “estudia algún formato de actividad o acción por el reconocimiento de las personas que han denunciado este espacio como centro de internamiento de menores”. Ahora bien, añaden que “no hay previsión de hacer ninguna otra intervención” debido a que “su estado actual hace muy costosa su rehabilitación”.

“Si te castigaron es porque lo mereces”

Este medio ha podido entrevistar a cuatro personas que vivieron en La Ciudad de los Muchachos en épocas diferentes. Todos ellos coinciden en las “torturas” y el “sufrimiento”, en el aislamiento al que les sometían y cómo les apartaban de sus familias, a las que el régimen consideraba una “mala influencia”. Hambre, palizas y un adoctrinamiento que llegaba al punto de que el papel higiénico era canjeable por puntos conseguidos por “buena conducta”.

El único de los testimonios que cuenta una historia diferente es Pere, que estudió en este orfanato durante sus primeros tres años de existencia, cuando sí fue realmente un centro pedagógico innovador, una “anomalía dentro del régimen” que consiguió llevar a la gran mayoría de los chavales, provenientes de familias obreras, a la universidad. “Por eso me duele tanto en lo que se convirtió después”, apunta este exalumno a elDiario.es.

Aquella escuela fue un pozo de traumas que muchos niños se callaron para siempre. “Hay cosas que nunca contaré a mi familia, para no hacerles sufrir”, dice uno de ellos. Ahora bien: hay un lugar en el que podían compartir sus historias. Aparte de las reseñas de Google, que funcionaba como una especie de confesionario, también existe un grupo de Facebook.

En este se conservan fotografías de archivo y actuales. Imágenes que suelen ir acompañadas de comentarios de diversos usuarios que comparten nombres de maestros y de los religiosos que les marcaron, literal o figuradamente. Como en casi cualquier grupo de exalumnos, se buscan antiguos compañeros de promoción o recuerdos de infancia. Pero, de vez en cuando, el espejismo de la nostalgia se rompe con mensajes publicados casi de madrugada. “No puedo olvidar la Ciudad de los Muchachos. Me robó mi infancia y tenía sólo 6 años”, dice uno de los post.

El grupo tiene como frase de cabecera “Si te castigan es porque lo mereces”, la misma cita que, según cuentan exalumnos, se repetía durante su día a día en el orfanato. “Yo pensaba de verdad que lo merecía”, cuenta Valentín. Muchos de los niños asumieron el mantra de que se les pegaba “lo normal”, pero con el paso de los años se han ido asumiendo a ellos mismos como víctimas de maltrato. “No entendíamos por qué nos hacían eso. Y sigo sin entenderlo. Si nadie hace nada, se olvidará lo que pasó. Todos nos olvidarán a nosotros”, se lamenta Valentín.