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El Brahms expresivo y luminoso de Renaud Capuçon

València —

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El violinista francés Renaud Capuçon (Chambéry, 1976), ofreció el pasado día 29 un gran concierto con la Orquestra de València, en el que, además de mostrar su reconocido virtuosismo con el violín, actuó como director, actividad en la que se prodiga en los últimos tiempos. Hermano del chelista Gautier Capuçon, es artista residente del Palau de la Música la presente temporada, y el día anterior había ofrecido un programa de cámara en la Sala Rodrigo con solistas de la OV. El concierto de la Sala Iturbi presentaba una buena entrada, aunque con notables claros. Probablemente se deba a la amplia y variada oferta musical que presenta Valencia en los últimos tiempos.

El programa se abría con la muy célebre Obertura trágica de Brahms, estrenada por el propio compositor junto con la Obertura para un festival académico, que lleva el número de opus anterior, en Meiningen en 1881. Contemporáneas en la composición, tienen un carácter opuesto: sombrío la Trágica, festivo y alegre la Académica. Capuçon ocupó el podio, batuta en mano, para ofrecer una versión intensa, por momentos apasionada, dirigiendo con continuos y animados movimientos corporales, siempre con elegancia. La orquesta respondió con entrega y muy bello sonido en todas las secciones.

Tras los aplausos y la retirada del podio, Capuçon volvió con su violín. Se trata de un extraordinario Guarneri del Gesù de 1737, el denominado Panette, que perteneció durante 50 años al violinista norteamericano Isaac Stern. En los atriles, una obra poco frecuentada por los violinistas, el Concierto de Schumann. A diferencia de lo que ocurre con los conciertos para piano o para violonchelo del mismo autor, el de violín no goza de la misma fama. Compuesto en 1853, tres años antes de su muerte, fue dedicado a Joseph Joachim, quien nunca lo interpretó. Clara, la viuda de Schumann, lo excluyó en la edición que hizo de su obra y no se ejecutó en una sala de conciertos hasta 1937, cuando Georg Kulenkampf lo estrenó en una versión revisada por él mismo. De la escasa popularidad de la obra puede dar una idea el hecho de que la OV no lo haya tocado hasta fecha muy reciente: el 25 de mayo de 2015, en aquella ocasión con Isabelle Faust como violín solista.

Muy bien acompañado por una Orquesta de Valencia algo aligerada en la cuerda con respecto a la obra anterior, Capuçon tocó con entrega la obra maldita de Schumann. Si bien es cierto que no está a la altura de conciertos como el de Beethoven, el de Mendelssohn o el de Brahms, el violinista francés desplegó con brillantez su gran dominio técnico e hizo una exhibición de sonido con su Guarnerius. Muy redondos agudos, maravillosas dobles cuerdas y precisas agilidades siempre con exacta afinación. Intenso lirismo en el segundo tiempo (Langsam). El público aplaudió con intensidad, pero no hubo bis.

Con ser interesante lo escuchado, quedaba aún la obra más densa del programa. Mucho se ha dicho que Brahms tardó en acabar su primera incursión en el mundo sinfónico, cohibido por la sombra musical de Beethoven, “ese gigante cuyos pasos siempre escucho a mis espaldas”. Cuando su Primera sinfonía fue estrenada en Karlsruhe en 1876, el compositor contaba 43 años. El éxito que tuvo lo animó a componer enseguida una nueva sinfonía. Lo hizo el verano siguiente en Pörtschach, a orillas del Wörthersee, un bello lago en el Land austriaco de Carintia, junto al cual años después Gustav Mahler escribiría varias sinfonías y en 1935 Alban Berg su célebre Concierto para violín “A la memoria de un ángel”. La obra tiene un aire pastoral y optimista, y es una impresionante muestra de la extraordinaria capacidad de construcción musical de Brahms a partir de la pequeña célula de tres notas (re-do sostenido-re) con que se inicia. Sobre esa obra el compositor dijo en una ocasión al crítico Eduard Hanslick que “vuelan alrededor tantas melodías que uno ha de tener cuidado para no pisarlas”.

Tras el descanso, Capuçon volvió a ocupar el podio y dirigió la sinfonía de Brahms con movimientos más contenidos. Sonó misterioso el inicio en los violonchelos y contrabajos, con la deliciosa respuesta de las trompas. Extraordinario el fraseo de la cuerda y los vientos, con el solo de trompa de Santiago Pla. Toda la obra presentó una interpretación cuidada, profunda, con una magnífica articulación de la cuerda, adecuada respiración y vientos de redondo sonido. La orquesta sonó siempre brillante, luminosa, en una perfecta conjunción con el director. El público aplaudió con intensidad.