El derecho a una vida pequeña

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Si observamos detenidamente nuestra sociedad, resulta difícil escapar a la sensación de que todo parece girar en torno a una misma idea: subir al siguiente peldaño. Más estudios, más ingresos, más responsabilidades, más prestigio, más patrimonio. Como si nunca fuera suficiente. Detenerse resulta casi impensable.

Durante décadas, miles de familias transmitieron a sus hijos una convicción aparentemente indiscutible: estudiar era la llave del ascensor social.

Nuestros padres querían que tuviéramos un despacho en lugar de una obra. Un horario fijo en lugar de la incertidumbre. Un trabajo de oficina en lugar de uno físicamente agotador. Querían, en definitiva, que viviéramos mejor que ellos. Y durante mucho tiempo, esa fue la imagen misma del progreso. Cualquier alternativa al camino universitario parecía una opción de segunda categoría.

No era una conclusión caprichosa. Era la experiencia de una generación que había conocido trabajos duros, salarios bajos y escasas oportunidades de promoción. Para muchos padres, estudiar no era un capricho intelectual, era una forma de protección.

Sin embargo, los años han introducido algunos matices incómodos. Nunca habíamos acumulado tantos títulos ni dedicado tantos años a prepararnos: grados, másteres, idiomas y una preparación técnica impensable hace apenas unas décadas. Pero la realidad laboral ha resultado ser mucho más compleja de lo que prometía aquel viejo ascensor social.

Mientras la sobrecualificación sigue formando parte de nuestro mercado laboral, sectores enteros continúan buscando sin éxito profesionales para ejercer oficios esenciales. Algo no termina de encajar.

Muchos jóvenes descubren que el mercado laboral no se parece al que imaginaron cuando comenzaron sus estudios. Algunos terminan alejándose de la profesión para la que se formaron. Otros llegan a una conclusión más incómoda: que quizá esa confusión nunca fue solo suya, sino nuestra.

Dimos por hecho que aprender y vivir iban de la mano. Que una buena formación desembocaría necesariamente en una buena vida. Hoy sabemos que la relación no siempre es tan sencilla. La cuestión nunca fue únicamente qué queríamos aprender o a qué queríamos dedicar nuestra vida. Era también cómo queríamos vivirla. Quizá por eso olvidamos que una vida digna puede adoptar formas muy distintas, algunas de ellas deliberadamente pequeñas. Poco a poco, la educación comenzó a valorarse menos por lo que enseñaba y más por la vida que prometía: mejores condiciones laborales, mayor estabilidad económica y una posición social que pareciera justificar el esfuerzo realizado.

Sin embargo, cuando esas expectativas no llegan a cumplirse, muchos se descubren formulando una pregunta que apenas se habían permitido hacer durante años: si la vida que están construyendo es realmente la que desean vivir.

Y esa pregunta suele conducir a otra. ¿Por qué algunas vidas parecen merecer más admiración que otras? No todas reciben el mismo prestigio social. Tampoco todas las profesiones.

Paradójicamente, admiramos a quienes ocupan puestos directivos y acumulan responsabilidades sin fin. A quienes sacrifican tiempo con su familia o amigos para seguir progresando. Al emprendedor que convierte cada hora de su vida en una oportunidad de crecimiento a costa de su salud.

Pero prestamos mucha menos atención a quienes, sin hacer ruido, sostienen la vida cotidiana de todos los demás. Son personas que rara vez aparecen en los discursos sobre el éxito y que, sin embargo, siguen estando presentes cada mañana, sosteniendo silenciosamente la vida del resto.

A quien regenta una ferretería y conoce a sus clientes por su nombre. A quien lleva décadas levantando una persiana de una pescadería antes del amanecer. A la persona que limpia una escalera antes de que el edificio despierte. A quien pone en marcha una línea de autobús cuando la ciudad todavía duerme.

Profesiones discretas, imprescindibles y, con frecuencia, observadas como estaciones provisionales de una carrera que siempre debería conducir hacia algo más importante. Como si la dignidad de una persona dependiera de la posición alcanzada y no del valor de su trabajo.

Hemos aprendido a respetar casi cualquier proyecto vital, pero seguimos observando con cierta extrañeza a quien afirma que ya tiene suficiente.

No hablamos de personas que hayan renunciado a mejorar sus vidas. Hablamos de personas que no necesitan un cargo más para sentirse valiosas, que no viven cada año como una carrera hacia el siguiente ascenso y que han descubierto que una existencia digna puede consistir, sencillamente, en llegar a fin de mes, disfrutar de su trabajo, compartir tiempo con quienes quieren y dormir en paz por la noche.

Tal vez por eso nos incomodan tanto. Porque cuestionan una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: que siempre deberíamos estar aspirando a algo más. Y, sin embargo, hay una forma de ambición que rara vez reconocemos. Con frecuencia pasa desapercibida. Pero existe.

La ambición de construir una vida serena. La ambición de formar una familia. La ambición de recuperar el tiempo. La ambición de simplemente tener un trabajo digno.

No se trata de resignación ni de conformismo. Se trata de personas que han dejado de definir su vida por la velocidad a la que ascienden y han decidido organizar sus prioridades alrededor de aquello que consideran importante.

Porque una vida pequeña no es una vida pobre ni una vida fracasada. Es la vida de quien ha dejado de medir su valor por comparación constante con los demás, de quien entiende que el trabajo es importante, pero no el único lugar donde encontrar sentido, y de quien encuentra satisfacción en aquello que sucede cuando termina la jornada: una conversación en familia, una cena tranquila, un paseo sin prisa o la simple sensación de que el tiempo le pertenece un poco más que ayer.

Por eso el verdadero progreso de una sociedad no consiste únicamente en ofrecer oportunidades para llegar más lejos. También consiste en devolver la dignidad a quienes han encontrado sentido en quedarse donde son felices.

Y quizá por eso mismo el éxito no siempre está en el siguiente peldaño. A veces espera al otro lado de la puerta de casa, en una mesa compartida, en una conversación sin prisas o en la tranquilidad de quien deja de correr por un instante y descubre que la vida que buscaba ya estaba allí. Quizá entonces descubra que llevaba años persiguiendo algo que únicamente podía encontrar cuando dejó de correr. Que la paz, por extraña que parezca en una sociedad obsesionada con el movimiento permanente, también puede ser una forma de éxito.

David Escobar es Secretario de Organización y Comunicación de FeSMC-CV Federación de Servicios, Movilidad y Consumo de UGT-PV