Gambia: la integración africana también se construye más allá de las cumbres
Cuando en Europa hablamos de integración regional, pensamos casi inevitablemente en Bruselas, en los grandes acuerdos y en las cumbres de jefes de Estado. Hemos aprendido a explicar la construcción europea a partir de sus tratados, sus crisis y sus principales protagonistas. Esa mirada, sin embargo, deja fuera una parte esencial de cualquier proyecto de integración: el trabajo cotidiano de las instituciones que deben darle contenido y continuidad.
Entre el 15 y el 17 de septiembre, Gambia ha acogido la conferencia inaugural de la Autoridad Regional de la Competencia de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO). Participé en ella como ponente por videoconferencia. El encuentro invita a plantearse una cuestión más amplia que la política de competencia: ¿qué sostiene la integración de África Occidental entre una cumbre y la siguiente?
Gambia no ha sido solo el escenario de la conferencia. La autoridad, creada jurídicamente en 2008 y puesta en marcha en 2019, tiene su sede en Bijilo, en el área de Banjul. Esa trayectoria recuerda que la integración también exige instituciones capaces de asumir funciones compartidas y de sostener la cooperación entre países más allá de cada encuentro político.
Hay además un elemento que merece atención. Gambia es un país pequeño, tanto por su superficie como por su población, pero alberga una institución con responsabilidades para el conjunto de los Estados miembros de la CEDEAO. Esto no lo convierte en el centro político de África Occidental ni altera automáticamente su peso económico. Sí ilustra una dimensión importante de la construcción regional: las responsabilidades pueden distribuirse entre países de tamaño y capacidad muy distintos.
En Europa conocemos esta lógica. Las Instituciones Europeas o las agencias de la Comisión Europea aparecen dispersas entre ciudades y Estados miembro. Su ubicación responde a una trayectoria histórica de acuerdos y decisiones políticas. No se trata de sugerir que África Occidental deba reproducir nuestra experiencia, sino de reconocer que crear instituciones compartidas obliga también a decidir dónde se establecen, qué funciones asumen y cómo se sostiene su funcionamiento a lo largo del tiempo.
Sería ingenuo, sin embargo, confundir la existencia de organismos regionales con el éxito de la integración. La CEDEAO afronta dificultades profundas: la retirada de Burkina Faso, Mali y Níger, efectiva desde el 29 de enero de 2025, demuestra que estos proyectos también pueden fracturarse y retroceder. Pero quienes conocemos de cerca la construcción europea sabemos que sus instituciones tampoco nacieron terminadas ni están libres de contradicciones. Resulta extraño, por tanto, examinar otros procesos regionales como si debieran demostrar desde el principio una coherencia que en nuestro caso tampoco existe plenamente.
El encuentro de Banjul no es, por sí mismo, un avance decisivo. Su relevancia dependerá de lo que venga después: de la continuidad de los intercambios, de la cooperación que llegue a desarrollarse y, sobre todo, de la capacidad de las instituciones para producir resultados y rendir cuentas. Reconocer el trabajo institucional no equivale a dar por demostrada su eficacia. Precisamente por eso merece la pena observar estos procesos sin reducirlos a una sucesión de éxitos y fracasos. La integración también se expresa en las responsabilidades que los Estados deciden compartir y en las instituciones que consiguen mantener, incluso cuando el contexto político se vuelve adverso. Comprenderlos exige atender a sus protagonistas, sus debates y sus circunstancias, sin buscar constantemente equivalencias con Europa.
Banjul no necesita convertirse en otra Bruselas. Lo interesante es comprender qué se está construyendo allí, por qué y con qué dificultades. La integración regional no es una historia exclusivamente europea, aunque desde Europa todavía tendamos a contarla como si lo fuera.