Gente bien pasándolo mal

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La demoscopia es traicionera y caprichosa. Las llamadas clases acomodadas están incómodas. Les calientan la oreja para que se vuelvan fachaspudientes. A estos deben sumárseles los fachapobres. A estos con cuatro piropos lisonjeros al oído en las redes sociales les embaucaron, luego siguieron con los más pobres del lugar y con los parados, más tarde lograron atraer a su verborrea xenófoba a los vecinos del extrarradio y ahora siguen, erre que erre, con las clases medias en vista de que puede agotarse la veta insana del yacimiento de votos.

La estrategia es desplumarles como sea. Primero les estrujaron los alquileres que proporcionaban los locales comerciales que han menguado, con cuyas rentas pagaban la carrera y los caprichos de la hija influencer que deseaba subir al Facebook una foto suya desde Sri Lanka. También les embistieron con las dichosas preferentes, dejando esquilmados a los padres de orden, ahora ya muy abuelos. Tras una apoteósica burbuja inmobiliaria que lo cambió todo, dejaron de rentar los huertos y las benditas naranjas, y muchas viudas comenzaron a ponerse a dieta financiera con números rojos campaña tras campaña. Gente bien empezando a pasarlo mal ¡Vaya! Los lechugueros de Torre Pacheco, subexplotando a sin papeles, sembraron la cizaña racista. Los todopoderosos fondos se esmeraron en sacar tajada. El Titanic de las clases medias comenzaba a escorarse. Demasiados contenedores procedentes de China surcaban el mar destino a los cada vez más empobrecidos hogares valencianos. El impulso atávico por las compras desmesuradas y por el consumismo descontrolado se fundía los penúltimos ahorros de personas con una economía que en otro tiempo se denominaba holgada. Todos escuchaban más de lo debido a Vito Quiles y otros pirados y se autoproclamaban de forma incauta personas bien informadas. Comenzaba el declive: ya comparan precios de supermercados y a beber vino de tres euros. Lo nunca visto. La clase media hace aguas. Hay que sacrificar los ahorros en aras de las fortunas obscenas y descomunales que sufragan con la calderilla del bolsillo inframedios como OKdiario. Hay que ofrendar los pocos ahorros que van quedando a las élites del planeta que te dan el Internet, una nueva APP o el Instagram a bajo coste con el propósito oculto de hundir tu confortable estatus anterior.

Quizá pronto haya un cataclismo en la bolsa, llámenme agorero, para succionar todavía más los ahorros flotantes. Las clases medias de antes están en el punto de mira, asomadas al precipicio de todos los ajustes. Son las víctimas propiciatorias de políticos despiadados que con los recortes sociales les van a hacer aumentar el gasto mensual en alarmas, en pensiones privadas, en la dichosa asistencia sanitaria a lo Quirón o en universidades privadas si, por ejemplo, Ayuso culmina la demolición de la Complutense. Los de la clase media creían que los ajustes eran solo para los pobres de solemnidad con las llamadas paguitas. ¡Pobres ingenuos! Con los recortes de impuestos… ¿no ven los muy ilusos que todo lo ahorrado les tocará reinvertirlo en compensar las privatizaciones onerosas que piensa hacer de forma torticera la derecha que se avecina? Las clases medias, Dios los asista, bajarán otro peldaño en el escalafón social.  

Y eso lo saben los bufetes de abogados de campanillas acampados en la Castellana, y no en Sol, los dueños de los yates atracados en Ibiza y los gestores de fondos multimillonarios que pillaran cacho con las privatizaciones como cuando Aznar. Esta semana Milei (el Figaredo, pero en boludo) nos dará una charla de cómo debe hacerse el harakiri la clase media con el menor dolor posible y sin que la sangre ensucie la moqueta de los bancos. Han previsto llevárselo crudo, carajo. Las clases medias aplaudirán entusiastas al argentino, a la Ayuso y a los depredadores de la pradera de Vox, mientras revisan de reojo el ticket del Carrefour. Los cervatillos de la clase media no conocen a su depredador; está camuflado en programas electorales equívocos, agazapado detrás de un gigantesco bulo como una catedral.

La premisa es clara: cuántos más damnificados más lucro, cuanto más generalizado sea el timo social más ganancia para los ultrarricos. Hay que expoliar sin cesar. La cuenta de beneficios no puede detenerse por tonterías, por remilgos de la clase media venida a menos.